Hace muchos años que muchos tuvimos oportunidad de conocer, aunque sea de lejos a izquierdistas, eran muy diferentes a los declarados socialistas actuales.
Sin previa solicitud, declamaban lo inicuo del capitalismo, lo banal de los satisfactores, y declaraban victoriosos que no necesitaban muchas cosas que al ciudadano de la sociedad de consumo apaciguan.
Refrescos embotellados, carros de lujo, ropa de marca, accesorios de los autos, etc., adicionalmente, varios de esos izquierdistas se preocupaban por tener conocimientos. Hubo algunos izquierdistas famosos como Heberto Castillo, Porfirio Muñoz Ledo, Castañeda, Alberto del Rio Rius, y varios, (no muchos) más,
Don Heberto Castillo, un profesionista altamente preparado, brillaba en sus opiniones sobre el medio ambiente, pero, disfruté enormemente, a vez que leí como pendejeaba a López Portillo.
Muñoz Ledo era sádico al exhibir las debilidades de quienes discutían con él, ambos, siempre tuvieron el respeto de muchos, porque en sus prioridades estaba primero México, no había filias exóticas.
En cambio, ahora los declarados izquierdosos tienen una exuberante necesidad de demostrar que cuentan con un monto infinito para derrochar dinero público como sirvientas de mansión, o nuevos ricos, presumen lugares, precios o marcas, se lucen vociferando, o como respondones, pero, en su plática, nunca aparecen dichos o razones,
Coronando su ausencia en el tema de la congruencia, defienden su derecho a derrochar el dinero percibido, olvidando que no hace mucho, al criticar los gastos de algún personaje antagónico, se hacía, obligadamente el ejercicio de comparar el valor de lo derrochado, con el ingreso semanal o mensual de un mexicano de escasos recursos, o el costo del tratamiento de un niño o mujer, cancerosos, por ejemplo.
Entre luchador social y aristócrata naco, la distancia mide unos cuantos milímetros
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