La aproximación higienista de la sexualidad es quizás una de las primeras manifestaciones de la sexología y educación sexual, antes de que fuera una ciencia establecida y con una epistemología adecuada.
En el siglo 19 se educaba en la sexualidad o se tenía una primitiva educación sexual prensada en el cuidado de las relaciones sexuales para evitar las infecciones de transmisión sexual. Esto no solo se limitaba a la higiene, sino también se reflejaba en advertencias de no utilizar los servicios de trabajadoras sexuales y a fomentar el uso de métodos de barrera para protegerse de las ITS. Estamos hablando de países europeos nórdicos, quienes al tener una tradición comercial de navegantes y marinos mercantes, era necesario mantener un control de la salud sexual.
Realmente la orientación higienista se trataba de educar en la limpieza, pero también en la idea de que las relaciones sexuales estaban acotadas al espacio de una pareja casada y, que las demás formas de ayuntarse eran ilícitas.
Sin embargo, la higiene sexual ahora se trata además de procedimientos sencillos con los cuales las personas pueden asegurar un entorno saludable en sus relaciones sexuales y coitales.
Durante el encierro más largo de la pandemia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió muchísimas recomendaciones para una actividad sexual sin riesgos, pero una de las primeras instrucciones se trataba de que se evitaran las relaciones sexuales con personas desconocidas, que se privilegiara el sexting, la masturbación y hasta cierto punto, la abstinencia, porque la idea era de que se redujeran, por precaución, los intercambios de fluidos. De la saliva en particular.
En los meses de encierro y pandemia, la aproximación higienista de la educación sexual, volvió a ser el punto central de la misma.
Este abordaje tiene el objetivo de evitar riesgos relacionados a la actividad sexual, pero la inconveniencia del mismo es que insiste en la abstinencia fuera del matrimonio, lo cual limita la visión sobre la ética de la sexualidad y de alguna forma también potencia la noción de que el riesgo se asocia a las prácticas sexuales. En sí, la orientación higienista en la actividad sexual tiene que ver con restricciones morales también sobre lo que es el sexo. Lo cual refuerza también la antigua idea de que la actividad sexual es algo sucio, asociado con el pecado, en particular los que inventó y creó la religión católica.
Pero es fundamental que la higiene sexual sea parte del cotidiano de todas las personas: lavar los órganos sexuales pélvicos externos con agua y jabón, en la zona del pene, el prepucio, los testículos, el perineo y la zona del ano. En la zona de la vulva no es necesario usar jabón, salvo espuma de jabón neutro, y cualquier champú, loción, crema o desodorante que se desee aplicar a esa zona: no. El delicado, pero preciso balance que realiza el cuerpo femenino para limpiarse, debe ser preservado al no agregar sustancias químicas en la vulva.
Una práctica de higiene y salud sexual es que en un coito haya un método de barrera o condón, y tras el coito, es recomendable orinar para “lavar” o enjuagar la zona del vestíbulo vulvar para desechar las bacterias que puedan haberse compartido en la penetración.
El hombre eyacula y emite sus fluidos (líquido preeyaculatorio y semen), y las mujeres no necesariamente expulsamos todo y, producimos muchos fluidos durante el acto sexual. La micción ayuda a que se enjuague la zona, se expulsen bacterias e incluso el semen, si no se ha utilizado un condón.
Es importante recalcar que de ninguna forma esta práctica es un método anticonceptivo.
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