Para algunos fue un rotundo fracaso; para otros, un vibrante ejercicio de democracia participativa. Cada quien lo toma conforme a sus propias filias y fobias, sus particulares intereses y peculiares formas de interpretar el entorno, pero en el fondo, esto de la votación para ratificar el mandato de Andrés Manuel López Obrador fue gasolina para avivar la llama de la retórica y de la política, como la entienden los que hoy gobiernan, y de ello habremos de pagar la factura todos los mexicanos, para bien o para mal.
En el terreno jurídico no había nada en juego. Nadie esperaba realmente que se alcanzara el número de sufragios necesarios para que resultara vinculatorio, ni algo distinto a lo que ocurrió, con todos sus detalles y asegunes.
Se trató de un ejercicio puro y llano de ratificación de mandato con la única finalidad de blindar en el imaginario popular la retórica del que gobierna. Se trató de un complejo vitamínico para fortalecer las defensas de un organismo que vive permanentemente en campaña y que ha convertido el discurso tronador, excluyente y muchas veces hasta ofensivo, en el modo de gobierno.
Sí, fue un ejercicio histórico, por inédito, de política pura, sin consecuencias jurídicas, y también fue un ejercicio, por innecesario, francamente y en términos prácticos, inútil, especialmente si tomamos en cuenta que el país sigue sumido en los grandes problemas de siempre y enfrenta cotidianamente grandes retos que se siguen acumulando y que amenazan con estallar, más temprano que tarde, como los derivados del clima de inseguridad y violencia: los del rezago educativo que se acentuó por la pandemia y los de los crecientes problemas económicos que agobian a cada vez más familias.
En fin, ya se cumplió el capricho, ahora sigue la batalla por imponer la reforma eléctrica, de la que, dicho sea de paso, todos los que la cuestionan resultan “traidores a la patria”, y posteriormente la batalla por terminar de desmantelar al INE, tal como lo conocemos.
Le seguirán decenas de batallas más, ya que es en esa arena, la de las batallas contra molinos de viento, la única en la que se siente cómodo el que nos gobierna y que lo hará hasta el 2024, si es que el pueblo bueno y sabio, y él, el único que puede hablar en su nombre, no dispone otra cosa.
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