Coahuila
Hace 2 horas
Gran orgullo, sin duda, es ser tu hija. Agradezco a Dios tu vida y la de mi mamá, 64 años juntos hasta hoy en día. Una gran bendición que juntos hayan estado en este bello homenaje de toda una trayectoria profesional incansable hasta hoy, papá, siempre aportando tu sabiduría, tus conocimientos, tus valores y principios, no sólo a tu familia, sino a tus queridos alumnos y alumnas, compañeros y compañeras, amigos y amigas que tu profesión te ha regalado. Todo ese acervo de investigación, un legado invaluable nacional e internacional.
Haber sido de los Investigadores Nacionales de México, grado 2, no es nada fácil, y serlo por más de una década aún más difícil. Medalla nacional por ser de los mejores botánicos de México, recibida en el Palacio de Minería en Ciudad de México; haber podido estar contigo ahí, qué fabuloso. Así como el día que te nombraron Maestro Emérito de la Universidad Autónoma de Nuevo León. No cualquiera. Con mucho orgullo lo menciono. Has recibido, sin duda, un centenar de reconocimientos y preseas, acumulados en tus 90 años.
Muy agradecidos con el apreciado amigo gobernador Manolo Jiménez, que en su representación asistió la estimada química Diana Susana Estens Garza, secretaria de Medio Ambiente, por su presencia y calidez en su mensaje a mi papá, muchas gracias.
En el marco del Día del Biólogo, el sábado 24 de enero, el Colegio de Biólogos de Coahuila, al que pertenece mi padre, tuvo a bien hacerle un familiar y emotivo homenaje. Agradecidos de corazón por tantas muestras de cariño y respeto a nuestro padre. Gracias a los amigos que vinieron de varias partes de la República. Al presidente de la Federación de Colegios de Biólogos, Adolfo Mejía Ponce de León, de quien recibió el reconocimiento mi papá.
Ahora les dejo el escrito que dijo mi hermana mayor, la Dra. Mirna Marroquín Narváez, dirigido a nuestro amado papá en tan emotivo evento.
Agradezco al Colegio de Biólogos de Coahuila por la invitación a participar en este homenaje a mi padre en el marco de la celebración del Día del Biólogo y la Bióloga.
Soy de pocas palabras, pero esto que escribí engloba la esencia de un padre biólogo en la vida familiar.
Desde que éramos niños, hablando también de mis hermanos, tanto mi madre como mi padre nos inculcaron el respeto y la disciplina; en la casa nunca se oyeron malas palabras, nos asustaba el hecho de oírlas en la calle o en la escuela. Nacimos con el gusto por la lectura, y en casa siempre había libros de cuentos y de literatura juvenil. No íbamos a las bibliotecas, pues todos los libros de consulta y enciclopedias los teníamos en casa. Las tareas escolares listas para entregar que le mostrábamos a mi padre nos las regresaba con mucho tinte rojo; teníamos que volver a hacerlas, pero con la satisfacción de que siempre obteníamos un 100.
Mi padre es un apasionado de la música; compró su primer disco LP cuando todavía no tenía una consola donde tocarlo. En casa se oía muy seguido la música clásica, la instrumental y otras varias. Algunos domingos por la mañana nos despertábamos oyendo la Tocata y Fuga de Bach. Mi padre nos alentó a aprender música a mis hermanos y a mí con clases de piano; yo le seguí y también aprendí guitarra estando en la secundaria.
Apasionado del beisbol, mi padre jugó desde niño hasta formar parte de los equipos de trabajadores en la universidad, siempre como cátcher. Jugamos y aprendimos todas las reglas del juego y términos como “Doña Blanca” o “mordiendo la almohadilla”. Jugábamos en el “campito” que teníamos enfrente de la casa. Acompañamos muchas veces a mi padre a los estadios a ver a los Saraperos y a los Sultanes, comiendo semillitas para no acabar con las uñas. El último juego al que fuimos fue en Monterrey a ver a sus dos equipos favoritos, Sultanes contra los Medias Rojas de Boston, el año pasado.
Como abuelo, disfruta mucho de sus nietos y nietas, desde jugar interesantes partidas de ajedrez hasta escuchar recitales de violín y dejándose querer.
Admiramos siempre el noble trabajo de mi padre: conocimos herbarios, laboratorios, salones de clase, fuimos a congresos y simposios y una que otra excursión.
Conocimos grandes personajes de la ciencia como el doctor Eduardo Aguirre Pequeño y otras importantes personas de la biología. De mis hermanos, sólo yo me fui por el lado de las Ciencias Naturales; siempre me gustó desde niña. Nunca pedí muñecas Barbie, pero sí juegos de química. En un cumpleaños, mi padre me regaló El Gran Libro de los Océanos, un libro grande e ilustrado que leí de principio a fin y más se acentuó mi gusto por la biología.
Cuando ya me tocaba ingresar a la universidad, mi padre me mostró dos trípticos donde venían los planes de estudio de las carreras que se ofertaban en Ciencias Biológicas de la UANL en aquel tiempo. Finalmente decidí estudiar Químico Bacteriólogo Parasitólogo, que, dicho sea de paso, mi padre aperturó esta carrera cuando fue director de dicha facultad. Me apasionó el mundo microbiano desde primer semestre, cuando la maestra, la doctora Libertad Leal, nos encargó hacer un resumen del fascinante libro Cazadores de Microbios, y terminé haciendo una tesis en genética microbiana.
Ya jubilado, mi padre sigue muy activo; en la biblioteca de la casa revisó muchas tesis y textos diversos, redactó artículos científicos, así como libros, escribió biografías y muchos escritos aislados de diversa índole. Imparte conferencias o pláticas en ceremonias diversas o de premiaciones tanto en la UANL como en otros lugares aquí en Saltillo o en la República.
Finalmente, mis hermanos y yo agradecemos todo el apoyo que nos has brindado y lo sigues haciendo, y aunque algunos de nosotros somos poco expresivos, sabes que te queremos mucho. Gracias, padre.
Atte.: Dra. Graciela Mirna Marroquín Narváez
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