Nadie, con un poquito al menos, de bondad, de empatía, de buenos sentimientos, puede sentirse ajeno al dolor que hoy embarga al pueblo de Israel.
Las escenas que fueron llegando desde el primer momento de que Hamás, iniciara el ataque han sido por demás de una crueldad extrema.
Cuánto odio debe albergar el corazón de cada individuo que se atreve a cometer un acto donde el terror se ha hecho presente. Odio que se extiende a una población vulnerable, que apenas empieza a vivir y a la que se debe proteger.
¿Por qué dirigir el odio y la venganza hacia los niños? ¿Por qué exceder sus acciones hacia ellos al privarlos de la vida de una manera tan cruel y despiadada?
Esos individuos desalmados, que van sembrando el terror a su paso, no merecen la menor consideración. Nadie tiene derecho a poner en riesgo la vida de otra persona, menos aún, si se trata de niños que ningún mal habían hecho.
El peor sentimiento que el ser humano puede permitir que penetre en su corazón es el odio, que sin duda quien tiene ese antivalor lo alimentó de resentimientos, de coraje, de frustraciones a lo largo de su existencia.
Quien es capaz de odiar, se va alejando de las Enseñanzas Divinas al grado de llegar a carecer del Santo Temor de Dios; por lo tanto, es capaz de las peores bajezas, de las más crueles acciones en contra de otros.
Lo que hoy sucede en el mundo nos debe preocupar a todos, no importa donde vivamos. La crueldad existe; el odio existe y va creciendo porque se permite que la semilla de la intolerancia penetre y crezca en el corazón de las personas.
Las consecuencias, tarde o temprano se dejarán sentir sin importar el tiempo transcurrido.
La humanidad está en crisis, de eso no hay duda. Estamos todos inmersos en una guerra injusta, aunque en realidad ninguna guerra es realmente justa. Nos hemos puesto a reflexionar ¿quién realmente gana en un conflicto bélico? ¿Quién resulta triunfador si la economía se derrumba y nos afecta a todos? Lo peor de todo ¿Quién puede sentirse ufano si se pierden vidas humanas? ¿Y si en ese grupo de fallecidos van niños?
Créame, que de recordar las escenas que recibimos del brutal ataque a Israel y compartir el dolor y sufrimiento de un pueblo que llora a sus deudos, no he podido borrar la imagen de los pequeñitos sacrificados.
He orado, sí, y he pedido perdón a Dios por la parte que me corresponde hacer porque tal vez no he hecho lo suficiente para hacer de este mundo, algo mejor.
Triste y lamentable que se ocasionen conflictos promovidos por el odio, sin que medie la menor intención de respetar la vida humana. Difícil cambiar el corazón de las personas cuando el amor y el respeto a sus semejantes se ha ausentado.
Porque quien no muestra el menor sentimiento de afecto por un niño y respeta su vida, no solo es un cobarde, sino que no merece consideración alguna.
Los conflictos, las guerras se prolongan. Aunque los daños materiales sean incalculables nada se compara con la pérdida de una vida. Ese ser, siempre le hará falta a alguien.
Y no es justo.
No todo lo debemos enfocar desde los conflictos existentes en otros países. El odio se extiende cuando encuentra terreno fértil; ya sea por el mal desempeño de gobernantes o porque el que llega a gobernar intencionalmente propaga acciones que no existieron, pero que, en función de repetir una mentira creada, logra que sus seguidores la acepten como verdad.
Eso es lo que está ocurriendo en nuestro México. Con toda intención, quien hoy ostenta la Banda Presidencial, inició una “guerra” de descalificaciones hacia quienes no son afines a su movimiento.
Un pésimo gobierno que ha permitido que la criminalidad avance y nos ponga en riesgo a todos los mexicanos.
La ambición por el poder no tiene límites. Un individuo que no respeta la Constitución, ni las leyes, ni las instituciones no merece gobernar. Sus seguidores -diputados, senadores- lo celebran convirtiéndose en lacayos y no en representantes de los ciudadanos.
No hay que olvidar que todos somos corresponsables de lo que ocurre en nuestro entorno; debemos cuidarnos unos a otros y es nuestro deber cuidar lo que a todos nos pertenece, empezando por nuestra ciudad, por nuestro país, por el Medio Ambiente, aunque hay que reconocer que todo lo hemos descuidado y no hemos visualizado las consecuencias de ese lamentable error.
México es de todos los mexicanos, no es de un solo hombre por muy gobernante que sea. No permitamos que el odio siga alimentando corazones. Unamos nuestras fuerzas y oraciones por nuestro amado país que tanto nos ha dado.
Y sigamos unidos en oración por la paz en el mundo. Dios bendiga a todas las naciones.
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