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Coahuila

II Jesucristo cerebro y mente

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 1 semana

La semana pasada en este espacio inferimos cómo Jesucristo fue entrenando su mente para mandar sobre su cerebro y sus instintos biológicos. El cerebro humano tiene una propiedad maravillosa llamada neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para cambiar y reorganizarse a lo largo de la vida, formando nuevas conexiones neuronales (sinapsis) en respuesta a circunstancias adversas, experiencias, aprendizaje, estimulación sensorial o lesiones, permitiendo la adaptación y recuperación funcional, y demostrando que el cerebro no es una estructura estática, sino dinámica y maleable. Este proceso implica desde fortalecer conexiones existentes hasta generar nuevas neuronas (neurogénesis) y es fundamental para adquirir habilidades, recuperarse de daños cerebrales y modificar reacciones negativas naturales ante la adversidad, con actitudes valerosas y resilientes para confrontarla y vencerla.

La técnica de sicoterapia que yo descubrí, y he estado desarrollando durante más de 25 años, se llama “proceso de transmutación emocional”, y en próximas ocasiones explicaré que es y como funciona, pero para efectos de esta columna especifica, basta afirmar que esta técnica logra la acción de “transmutar”, que en contraste con “transformar”, que es la acción de cambiarle la “forma” a algo, la transmutación cambia la “esencia”, o la “naturaleza íntima” de ese “algo”, logrando que se convierta totalmente en “otro algo” completamente distinto al original, llegando incluso a ser exactamente lo contrario de lo que era en un principio. Por ejemplo, en el plano de las emociones, a través del Proceso de la técnica que mencioné párrafos arriba, se “transmuta” el miedo en valor, la tristeza en alegría, la depresión en entusiasmo, etc. Lo negativo se “transmuta” en positivo. Es parecido a una metamorfosis como las que se llevan a cabo en algunas especies de nuestro planeta.

Jesús de Nazaret ha sido el ejemplo de “transmutar” y de “transmutación” más grande de la historia, porque nos enseñó, con su propio ejemplo, cómo reaccionar ante estímulos negativos, positivamente, amorosamente, con el poder y la voluntad de su mente y corazón.

En uno de los pasajes bíblicos donde se representa claramente la capacidad de Jesucristo de “transmutar”, es el de Lucas 22:44, en el que se relata lo sucedido una noche antes de su crucifixión, en el Huerto de Getsemaní, adonde llego Jesús con sus apóstoles, y se apartó con Pedro, Santiago y Juan, pidiéndoles que velaran y oraran, pero ellos se durmieron. Jesús consciente del gran suplicio que tendría que enfrentar al día siguiente, cuando seria crucificado, oró intensamente, pidiendo al Padre que, si era posible, apartara de él esa “copa” (su sufrimiento), Jesús estaba en profunda oración, enfrentando el tormento de la crucifixión y la separación de Dios por el pecado, lo que lo llevó a un estado de angustia extrema, y “su sudor era como grandes gotas de sangre que caían a la tierra”, reflejando su profundo sufrimiento físico y emocional. Este evento, conocido como hematidrosis, (médicamente, el estrés extremo puede romper los capilares en las glándulas sudoríparas, mezclando sangre con el sudor), resalta la extrema angustia humana de Jesús ante la carga de los pecados del mundo y la copa de su pasión, sin embargo, Jesucristo humildemente aceptó su destino, diciéndole al Padre: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Este pasaje muestra la plena humanidad de Jesús, su miedo natural humano, y su sumisión a la voluntad de Dios, a pesar de su divinidad.

Analizando este relato psicológicamente, el cerebro biológico de Jesucristo estaba en alerta total. Su instinto de supervivencia le gritaba: “¡Huye! Te van a traicionar, te van a matar, corre a las montañas”. Cualquier otra persona habría hecho caso a su cerebro y habría escapado. Pero aquí es donde se muestra la “transmutación” en su estado más puro. Jesús, en medio de ese miedo biológico, tomó una decisión mental: “No se haga mi voluntad (la de mi cerebro que quiere vivir a toda costa), sino la tuya (la de mi propósito superior)”. En ese momento, Jesús “desactivó” su miedo y “transmutó” su angustia en una paz absoluta.

Cuando los soldados guiados por el traidor Judas llegaron a arrestarlo, él no reaccionó con violencia. Su cerebro de supervivencia pudo haberle pedido pelear, pero su mente ya había decidido que el camino era el perdón. Incluso, cuando Pedro intentó defender a Jesús, cortando la oreja a un guardia del sacerdote Caifás llamado Malco, Jesús reprendió a Pedro, y milagrosamente sanó al hombre. Este es el punto más alto del desarrollo humano: poder mirar a quien te va a hacer daño y no sentir odio, sino compasión.

¿Cómo lo lograba? A través de lo que hoy llamamos empatía profunda. Cuando Jesús miraba a un enfermo, su mente se conectaba tanto con el otro que el dolor del prójimo le importaba más que el suyo. Sus neuronas no estaban configuradas para el egoísmo, sino para el servicio. Por eso, incluso clavado en la cruz, con el dolor físico más intenso que un cuerpo puede soportar, tuvo la fuerza mental de decir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Desde el punto de vista de la psicología, eso es un milagro de la voluntad. El cerebro, ante el dolor, solo quiere gritar e insultar. Pero la mente de Jesús estaba tan por encima de su biología, que pudo usar sus últimos alientos para pedir clemencia por sus verdugos. Él no murió como una víctima; murió como el dueño absoluto de su propia mente y de todo su ser.

 

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