Nadie hace referencia a la neurosicología de Jesús. Al presentarlo como un hombre que tuvo que luchar contra los mandatos naturales de su sistema límbico humano, formado por un conjunto de estructuras cerebrales profundas – que incluyen el hipocampo y la amígdala -, y se encarga de gestionar las respuestas emocionales, la memoria, la motivación y los comportamientos de supervivencia, como la alimentación y la reproducción.
Este sistema es conocido como el “cerebro emocional”, está situado en la parte media del cerebro, y regula los estados de ánimo, los instintos y las respuestas de lucha o huida.
Jesucristo tuvo una contienda muy intensa específicamente con su amígdala humana, que es muy pequeña, pero es de vital importancia, porque es clave para nuestra supervivencia, ya que regula las emociones y su gestión, pero además es la encargada de dar o no una respuesta conductual o fisiológica, ante distintos estímulos.
Por ello una emoción como el miedo, – cuando no se gestiona adecuadamente -, puede derivar en un trastorno grave de ansiedad, generando problemas para poder tener una vida funcional.
La tarea principal de la amígdala es dar una respuesta rápida y automática a la gestión del miedo en los 3 tipos de reacción ante el temor o un peligro: bloqueo, lucha o huida.
La amígdala está diseñada para ayudarnos a sobrevivir, se encarga de procesar la información de las circunstancias de nuestros diferentes contextos, y así puede determinar si es relevante o no un hecho sucedido, realizando un análisis para decidir si existe un peligro inminente.
La amígdala puede provocar tanto como una intensa ansiedad, y un alto grado de estrés extremo, al luchar Jesucristo contra todo este sacrificio voluntario de dolor y sufrimiento, experimentándolo y viviéndolo en su perfil, capacidades y carencias de un simple ser humano, nos permite comprenderlo y amarlo como un ser mucho más cercano a nosotros, más heroico, pero, sobre todo, alcanzable, digno y posible de intentar imitarlo y seguir su ejemplo hasta el límite de nuestras posibilidades.
A través de su vida, trayectoria y doctrina, Jesucristo nos demostró que no somos esclavos de nuestras circunstancias, genes, instintos, ni de nuestro pasado. Él nos enseñó que la mente es una herramienta muy poderosa, que puede remodelar incluso nuestras reacciones más primitivas.
La resurrección, más allá del tema religioso, es el símbolo del triunfo definitivo: la prueba de que la conciencia y la voluntad pueden vencer incluso a la muerte biológica.
Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros en pleno siglo 21? ¿Es posible que una persona común, con sus problemas, sus dudas y sus traumas, pueda aprender algo de esta “maquinaria” mental de Jesús?
El legado de Jesucristo en el siglo 21, -aunado a los recientes descubrimientos de la neurociencia-, es que podemos a voluntad propia “reconfigurar nuestra mente”.
Vivimos en un mundo que nos bombardea implacablemente con miedo, estrés, ansiedad y enojo. Nuestro cerebro biológico está saturado y agotado; reacciona a los problemas del tráfico, del dinero, del trabajo, o de la familia, como si fueran leones a punto de devorarnos. Vivimos “secuestrados” por nuestras emociones negativas. Pero el mensaje de Jesús, -visto desde la ciencia de la mente-, es que tenemos el poder de cambiar eso.
Jesús nos enseñó tres pasos que yo aplico en mi técnica de mi sicoterapia del proceso de transmutación emocional:
Desvelar la verdad: Jesús decía: “La verdad os hará libres”.
En sicología, esto significa dejar de engañarnos. Si sientes odio, admítelo y desactívalo.
Si tienes miedo, reconócelo, confróntalo, y véncelo. No puedes cambiar lo que no te atreves a mirar de frente. Jesús desvelaba la hipocresía de su tiempo, y nosotros debemos desvelar la nuestra y ser realmente auténticos.
Desactivar el instinto: Cuando te insulten o te traicionen, tu cerebro te comandará atacar. Ahí es donde entra la mente.
Haz una pausa, respira y reflexiona. Recuerda a Jesús ante sus jueces y verdugos: él no les respondió con la misma moneda, el Transmutó el mal por bien. Desactivar significa no permitir que tu “cerebro animal” tome las decisiones por ti.
Transmutar (Cambiar la polaridad de la energía negativa a positiva): Este es el paso final.
Es convertir la basura en abono. Jesús convirtió la cruz (un símbolo de muerte y vergüenza) en el acto más grande de sacrificio y amor por su prójimo.
Tú puedes hacer lo mismo: puedes tomar ese trauma, esa decepción o ese fracaso, y decidir que no te va a destruir, sino que te va a servir para ser más fuerte, más sabio y más compasivo.
Si tú, querido lector, cada día, decides practicar el perdón en lugar del rencor, si decides agradecer lo que tienes en lugar de quejarte por lo que te falta, estás “reconfigurando” tus neuronas, tus pensamientos, sentimientos y emociones.
Jesús no quería que simplemente lo admiráramos; quería que hiciéramos lo mismo que él.
Él nos mostró el nivel más alto, pero añadió que es posible que el ser humano lo puede alcanzar y lograr. En este siglo 21, seguir a Jesús no se trata de repetir oraciones de memoria, sino de tener la valentía de tomar el mando de nuestra propia mente, Porque cuando la mente cambia, el mundo cambia.
Cuando logras perdonar a quien no se lo merece, cuando decides amar en un mundo de odio, cuando te levantas de una caída con más ganas de vivir y luchar que antes, estás usando la misma “tecnología mental” que Jesús usó.
Jesucristo el “hombre”, existió para decirnos: “Tú también puedes ser como yo”.
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