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Coahuila

Inciertamente

Por Fernando de las Fuentes

Hace 2 semanas

Si la única constante en el universo es el cambio, lo único realmente inevitable para el ser humano es la incertidumbre. No, así, la reacción común ante ella: el miedo, esa poderosa e invasiva sensación de malestar y desasosiego ocasionada por el pensamiento, que pretendiendo protegernos, nos remite a dolores del pasado o catástrofes imaginarias.

La incertidumbre es intolerable para la mayoría de las personas, de ahí que preferimos certezas y seguridades endebles, armadas a partir de mentiras colectivas y autoengaños personales, antes que “no saber”.

Podemos transcurrir así toda nuestra vida. Millones de personas lo hacen en todo el planeta. La vida nos sacudirá de vez en cuando y nosotros tendremos la alternativa de cambiar o reforzar nuestro refugio mental.

Comencemos por entender que está bien sentir incertidumbre, puede ser de hecho emocionante si la vemos como una oportunidad. No lo es, generalmente, porque las personas prefieren evadir la responsabilidad de su condición interna, culpando a los demás de la misma y, en consecuencia, eligen las respuestas prefabricadas de las creencias colectivas, sobre la búsqueda personal

Entre estas últimas, la incertidumbre es mala, no lleva a ninguna parte, nos confunde, nos debilita. Todo carácter que apreciemos como fuerte debe ser seguro, ir por la vida de certeza en certeza, con paso firme, cualidades de las que solo gozaban los superhéroes de antes, porque los de hoy son afortunadamente mucho más humanos, aunque sean los mismos.

Así pues, huir de lo único que es inevitable en nuestras vidas solo nos ha llevado a la ignorancia en un mundo lleno de información y, por tanto, al sufrimiento en una época en que la certeza, la seguridad y la felicidad han sido impuestas como obligación y misión de vida.

La verdad es que sin la incertidumbre todos estaríamos muertos. Nadie en realidad querría vivir una vida absolutamente predecible, visualizable en su más mínimo detalle. La monotonía mata, la certeza absoluta destruye, nos despoja de toda libertad, del ingenio, la capacidad de resolver problemas, la curiosidad y el asombro; en resumen, de nuestra naturaleza como seres vivientes: la evolución.

Sin cambio no hay vida, sin incertidumbre no hay crecimiento, energía vital, diversidad, posibilidades; ni siquiera futuro, vaya, porque la esencia de éste es su impredecibilidad.

Cuando la incertidumbre nos haga sentir vulnerables y asustados, pensemos, más que en tolerarla, en fluir con ella, pues eso nos llevará, necesariamente, a abrir nuestra mente, ser más dubitativos, curiosos, inteligentes, creativos. Escapar de ella nos llevará a encontrar la respuesta más inmediata, la que tengamos a mano y nos deje tranquilos, que será, por supuesto, la errónea, la que nos mantendrá en la ignorancia.

Y a mayor ignorancia, más seguros nos mostraremos, más vehementes en las discusiones, más impositivos en las relaciones, más controladores y más vanidosos. Se llama síndrome de Dunning-Kruger. Toda nuestra energía se irá en reforzar día con día la burbuja en la que nos ocultamos de la incertidumbre, pues por su fragilidad estará constantemente amenazada.

La incertidumbre, vista como una situación natural, despojada de características negativas, puede ser de hecho lo mejor que nos pase. Tolerarla nos hace inteligentes, pero fluir con ella, surfear sobre ella, nos vuelve brillantes. Es por eso que, como decía Stephen Hawking, todos podemos ser genios.

Reconocer la incertidumbre, el malestar que nos ocasiona, aumentado quizá por las presiones de quienes nos piden soluciones inmediatas o definiciones instantáneas, es apenas el principio; gestionar nuestro malestar y estar abiertos a todas las posibilidades, aprovechar o generar incluso las oportunidades, crear nuevas rutas mentales y hacer las cosas de manera diferente, es lo que nos distinguirá de los demás.

Se trata, entonces, más que de tolerar, acoger la incertidumbre como un impulso en nuestras vidas para mejorar, y no para volver a experimentar dolores del pasado, para realizar nuestros deseos, y no para vivir catástrofes.

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