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Publicado el martes, 8 de junio del 2021 a las 05:49
Ciudad de México.- La arqueóloga Linda Manzanilla despeja enigmas del pasado con la meticulosidad y la perspicacia de una detective forense atenta a cualquier indicio, microscópico o de mayor tamaño, que revele la identidad de quienes ocuparon un sitio; de dónde provenían, qué hacían allí, qué comían y hasta si estaban o no expuestos al sol.
Mediante análisis geofísicos, químicos, genéticos, pictóricos, botánicos y de lapidaria, entre muchos otros procedentes de diversas disciplinas, ha revelado la efervescencia multicultural y el laborioso trajín de los barrios que formaron la portentosa Teotihuacan, urbe de 20 kilómetros cuadrados que fue habitada por 125 mil personas, en su momento equiparable a Roma, Constantinopla o Alejandría.
Durante 13 temporadas de excavación estudió exhaustivamente Teopancazco, centro regido por nobles teotihuacanos que auspiciaban caravanas hacia Veracruz y de regreso.

Las tensiones en esta megalópolis multiétnica y corporativa, dirigida por un cogobierno enfrentado con las élites de los barrios, como ha propuesto la investigadora, hicieron arder la ciudad en una revuelta cuyo fuego consumió templos y recintos de poder hacia el 550 después de Cristo. Fue el principio del fin, tras 350 años de convivencia.
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Detecto áreas de actividad, como si fuera detective forense. Qué pasaba en cada cuarto, en cada espacio arquitectónico. Cuáles restos de actividad quedaron, tanto microscópicos como macroscópicos. Eso es emocionante: armar el rompecabezas de qué cosas pasaron en cada espacio me encanta”, dice en entrevista.
Manzanilla enfatiza el carácter excepcional de la megalópolis, pues ciudades mayas o zapotecas, como Montealbán, fueron gobernadas por individuos concebidos como deidades, mientras en Teotihuacan los grupos sociales resultaron más importantes que los individuos.
Nacida en Nueva York hace 70 años, su técnica de trabajo le granjeó ser la primera mexicana en ingresar a la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, y su minucioso y sistemático método de excavación ha dejado escuela.
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He formado a muchísimas generaciones en la excavación, que es como la cirugía de la corteza; somos cirujanos muy precisos: es básico que aprendan a excavar bien”, dice.
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Si uno no excava bien, no puede salir una buena interpretación del pasado; el pasado no constituye un campo de anécdotas. Somos parte de un proceso de cambio de las sociedades, y Teotihuacan, como fenómeno urbano, el primer gran fenómeno urbano multiétnico del centro de México, es pertinente entenderlo, saber cómo funcionaba esa excepción, ese asentamiento tan complejo, tan diverso, porque nosotros vivimos en la Ciudad de México, que es el final del proceso urbano; el primero fue Teotihuacan.
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Es muy emocionante entender cómo se dio esta primera vida en urbes de gente de muchas procedencias. Y sin textos que nos digan cómo funcionaba esta excepción, tenemos que entenderlo mediante la ciencia: con genética, con isótopos, con química, con biología, con restos óseos. Es muy interesante develar parte de esa historia así y de manera contundente. No podemos hacer ciencia ficción con el pasado”, sentencia, cautivada lo mismo por la aventura que implica el trabajo de campo y exploración arqueológica, que por la labor de “cirugía” que acompaña este.
Aunque durante la ceremonia de ingreso de Manzanilla a El Colegio Nacional, en 2007, el fallecido historiador Miguel León-Portilla aseguraba que ella abrazó la arqueología porque sus padres provenían de dos antiguas civilizaciones –su madre de origen francés, nacida en Egipto, y su padre procedente de Yucatán–, la investigadora atribuye este interés a su libro de la SEP de quinto año de primaria.
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Lo que sí le puedo decir es que mi papá nos llevaba a las zonas arqueológicas desde que éramos chicos, a visitarlas, a emocionarnos con ellas, por supuesto. Pero no fueron tanto mis orígenes (los que determinaron mi vocación): fue la lectura del libro de texto gratuito de quinto año, porque me hablaba de civilizaciones fascinantes: Egipto, Mesopotamia, India, China; hablaba de lo desconocido e invitaba a ir más en el conocimiento, y ahí se abrió mi vocación”, dice quien también ha sido lectora de Julio Verne y otros autores.
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Me encantaba leer; había colecciones de libros para niños y jóvenes en la casa, pero, además, mi papá y mi mamá, los dos, me dijeron: ‘Estudia lo que quieras, pero hazlo muy bien’”.
Salir al mundo
Cuando entró a la Escuela Nacional de Antropología, en 1970, no se vio impedida, como mujer, a hacer prácticas de campo; era parte de su necesidad de entender la profesión.
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Nunca tuve problemas, otras compañeras sí, porque los papás no las dejaban salir fácilmente. A mí nunca me pusieron una traba. Es más: en 1976 fui por primera vez a excavar a Turquía Oriental, y en 1978 a Egipto, con la Universidad de Roma. Nunca tuve problemas, nunca me dijeron ‘No puedes ir’”.
Junto con el reconocimiento que obtuvo al ingresar a la Academia Nacional de Ciencias de EU vinieron también mezquindades. ¿Cómo lo afrontó?
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Desde ese momento en adelante fueron obstáculos, tratar de tirar tierra. En México y en todos lados sucede lo mismo, pero en México creo que cuesta mucho trabajo darle a cada quién su lugar, es decir, no meterse en competencias, no tiene caso competir; lo que cada quien tiene que hacer es su trabajo, y lo mejor que pueda.
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Dicen que somos como cangrejos y a quien sobresale lo jalamos. Yo creo que en general se comportan como cucarachas, reptan sobre inmundicia, porque no es justo que a las personas que trabajamos más nos traten de bloquear.
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México tiene que sobresalir por su creatividad, y como me ha sucedido a mí le ha sucedido a muchísimas personas. México tiene que madurar más y ser menos destructivo con las personas que trabajan y lo hacen bien”.
Al preguntársele si esto se ha traducido en entorpecimiento del desarrollo de sus investigaciones, ella responde que “se ha traducido en crear tensiones, intrigas alrededor de uno, y que a la larga sí entorpece. Duele ver que tus colegas se comporten así, pero, como me he puesto una meta enfrente, duele, pero sigo adelante.
“Este tipo de destructividad, de perversidad, no me van a detener. Lo único que les puedo decir a todos los que viven algo así es que sigan adelante, y sigan haciendo las cosas bien. Si no se puede con un grupo, que hagan otro grupo interdisciplinario, y continúen. Y es lo que yo he hecho y continúo.
En cambio ha sabido equilibrar su trayectoria profesional con su vida personal.
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Mi pasión es la arqueología. Una vida como mujer (que aspirara) a un casamiento no estaba en la mira, porque no encontré a la persona y porque esa persona no era más importante que mi profesión. No se dio en el camino y, por lo tanto, seguí entregada a mi pasión original: La arqueología”.
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