Los gatos y los políticos automáticamente se sienten amos y señores del lugar donde pululan. Cuando visitas la casa de alguien que fue empleado de una paraestatal, encuentras bienes que eran parte de la paraestatal que supuestamente servía el personaje. Eso, sumado al servilismo innato del mestizo mexicano, hace que las familias de mandatarios y funcionarios tengan a su disposición lo que se les antoje de los bienes. Cualquier subordinado, ante solicitud del hijo del señor, servilmente facilita lo deseado.
Todos sabemos que todo ese ambiente es delito: el mandatario, por pretender ignorarlo; el subordinado, por permitirlo (en el momento en que lo permite, él ya está cometiendo el delito); y el descendiente (haya sabido o no que era un delito), ya por el concepto universal de la prohibición de gozar o disponer de algo que no le pertenece.
Cuando los hijastros de Fox hicieron negocios, aprovechando el parentesco con don Gigante, sabían que estaban faltando a la ley. Si hubieran aprovechado los personajes de la oposición, tenían un sólido caso; no actuaron por traer el morral cargado de culpa, seguramente.
Los principios democráticos crecieron basados en la molestia que provocaban los reinos y el feudalismo: el ver que el poderoso, por estúpido que fuera, tenía derecho a que sus caprichos y abusos se permitieran, gracias a la obediencia de sus súbditos, al cabo, que la prole debe aguantar. Cabe agregar que esas aberraciones se cometieron repetidamente en el fascismo socialista de China, URSS y repúblicas socialistas.
Con otros nombres, tenemos una situación idéntica, ondeando banderas y creyendo en la soberanía nacional.
Notas Relacionadas
Hace 13 minutos
Hace 31 minutos
Hace 31 minutos
Más sobre esta sección Más en Nacional