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|  La artista busca el diálogo entre la pieza y el espectador, una reflexión profunda a través de la abstracción.

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Irma Palacios, la creadora de una obra abstracta que observa el alma; conoce su trayectoria pictórica

  Por Agencia Reforma

Publicado el lunes, 12 de enero del 2026 a las 04:03


Habla la ganadora del Premio Nacional de Artes 2025

Ciudad de México.- A Irma Palacios le gusta visitar sus propias exposiciones para descubrir la reacción de los espectadores, entre los cuales no ha faltado quien diga: “Ay, no le entiendo”.

Reconocida como una de las grandes exponentes del abstraccionismo en el país, la pintora incluso recuerda que uno de los directivos del banco en el que trabajaba antes de dedicarse profesionalmente a la plástica, alguna vez le pidió que lo invitara a una de sus muestras para que ella misma le explicase de qué se trataba el arte abstracto.

Su respuesta fue: “Híjole, no creo que tenga yo que explicarle mucho; hay que ver qué pasa ahí. Nada más hay que ver qué te dice, qué te está diciendo eso, esas manchas, esas rayas…”, relata Palacios (Iguala, 1943) en entrevista.

No se trata de entender, más que de sentir. Dejar la mente que fluya por toda la superficie del cuadro, y algo, algo aprende uno de todo eso”, prosigue la recién distinguida con el Premio Nacional de Artes 2025 en el ámbito de las Bellas Artes. “Una superficie a veces dice mucho más que todos los intentos de hacer un arte figurativo”, apunta.

Una experiencia semejante, la de la intuición pictórica que sondea entre las posibilidades inagotables del lienzo, guía la creación de sus piezas, cuyo personal estilo ha sido calificado como “lírico”.

De repente, uno mismo va descubriendo, conforme va pintando, un cuadro. (A veces) me tengo que retirar mucho para poder asimilar qué estoy haciendo. Y eso es parte de uno”, continúa. “Es el corazón realmente de uno que llega ahí, abriéndose”.

Si bien por ahora ha estado alejada de la pintura de gran formato que realizaba desde el estudio compartido con su esposo, el fallecido artista Francisco Castro Leñero (1954-2022), Palacios procura seguir blandiendo los pinceles tanto como le sea posible.

Entre lo más reciente de su producción está una serie de acuarelas tamaño carta en las que resalta esa fuerte relación con la tierra y los elementos naturales, tan característica de su quehacer artístico; “son recuerdos”, dice al mostrarlas a REFORMA en la planta superior de su casa en Tlalpan.

Me recuerdan cuando yo vivía en el campo, cuando vivía pensando en esos lagos, y, bueno, uno de chico inventa mucho, pero eso lo recuerda cuando es mayor”.

Sobre aquello aún pendiente por acometer, responde al instante: “¡Uy, cuántas cosas!”, pero quizá lo que más le urja sea intervenir el óleo de grandes dimensiones, hecho en una paleta de ocres suaves y terrosos, que luce en su estancia; “de repente vi allí una cosa, una cara horrible que no quiero, y que siempre la quiero quitar y no he podido porque no he podido bajar el cuadro”, cuenta, aunque más allá de eso, está su ya confesado deseo por decir cada vez menos y “llegar a la nada”.

Me gustaría, por ejemplo, hacer unas superficies casi que no dijeran, que no gritaran. Unos niños muy educados”, ilustra Palacios al referir una anhelada visión que, por supuesto, no es una proeza sencilla. “Tengo que planearlo bien, tengo que ver qué materiales voy a usar”, pondera quien ahora mismo tiene suficiente obra para mostrar en una gran exhibición, y acaso el Premio Nacional sirva como pretexto para ello. Oportunidad para poner ante la mirada pública estos trazos que comunican mucho más a cualquiera que, lejos de racionalizar, se permita sentir.

El anuncio del galardón le ha servido para confirmar, una vez más, que convertirse en artista resultó más promisorio que aquello que quizás le hubiera deparado de haber seguido como banquera, muy a pesar de las inquietudes de su madre ante el súbito cambio de rumbo: “Mi mamá me dijo: ‘Irma, yo sé que los artistas se mueren de hambre’”, rememora, y entre risas añade: “Le dije: ‘Mira, esta no se va a morir de hambre. Te lo prometo. No, esta no’”.

Era una treintañera cuando decidió dejar el banco, a donde había llegado por su interés inicial de ser contadora, y apostar de lleno por la plástica, deseosa de descubrir qué podía crear con sus propias manos; “yo estaba realmente decidida”, subraya.

Fue una pulsión completamente propia y natural, pues en su familia no había antecedentes de alguien con esa misma inclinación. Para ella, no obstante, el dibujo había constituido un refugio desde que, siendo niña, llegó a un colegio en Tlalpan luego del divorcio de sus padres.

Formada en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, y también con el pintor Alfredo Guati Rojo, fue abriéndose camino a través de certámenes y apoyos. Obtuvo el premio de la primera emisión de la Bienal de Pintura Rufino Tamayo, en 1982, y más adelante becas como la Guggenheim y la otorgada por el Sistema Nacional de Creadores.

De ahí su puntual recomendación para las nuevas generaciones: “Siempre tienen que participar en todos los concursos de arte que existan en su país o en su tierra o en su pueblo, donde sea”.

Tienen que buscar becas a través de las embajadas de donde quieran ir a estudiar, porque se puede”, exhorta. “Todo eso lo puede uno hacer, y claro que si se ve que a uno le encanta la pintura, y que puede ser buen pintor, que puede ser un maravilloso pintor, eso tienen que no soltarlo. Y acordarse siempre de eso, de cuando uno quería y no podía (.) Yo he luchado mucho para conservar ese deseo de ser pintora”.

Existen, le parece, muchos ejemplos de gente extraordinaria. Y a la pregunta sobre si ella misma se considera una creadora ejemplar, responde, riendo nuevamente: “No ejemplar, (pero sí) una que quisiera hablar mucho a través del arte. Eso sí”.

 

Cómplices

Retratados por su cuñado Alberto Castro Leñero en tonos verdes y cálidos que los asemejan a una ensoñación primaveral, Irma y su esposo y colega Francisco están frente a frente, casi mirándose, en dos muros del hogar que compartieran al sur de la Ciudad.

Al preguntársele cómo fue la vida a su lado, explicó que “Una maravilla porque no tiene uno ni que discutir nada. Yo sabía qué quería él, a qué librerías queríamos ir en Nueva York, por ejemplo, o a qué papelerías para buscar los materiales para trabajar (.) Nos entendíamos muy bien en muchos aspectos”.

Aunque el también pintor abstracto, heredero de La Ruptura y apasionado de la paleta cromática, falleció en octubre de 2022, por momentos su viuda todavía lo nombra en presente.

Es increíble Francisco … él es una persona muy humana. Le encanta dar. Le encantaba dar clases en sus escuelas”, compone luego Palacios, quien no oculta que ha sido dura su ausencia. “He sufrido muchísimo”.

El matrimonio no concibió ningún hijo, pero llegó a contemplar otra posibilidad. “Yo quise adoptar unos; no uno, unos”, recuerda, divertida. Al no concretar esto, compartieron sus días con diferentes compañeros cuadrúpedos, de quienes hoy todavía queda Sancho, el perrito mestizo que corretea juguetonamente por toda la casa.

Pese a la complicidad y lo mucho que congeniaban, Palacios y Castro Leñero vivían su práctica artística de forma muy independiente, y jamás crearon a cuatro manos.

Parte de la obra de ambos se puede ver en la muestra colectiva La muerte y los muertos en la poética de José Gorostiza, abierta al público en la Casa Jaime Sabines (Av. Revolución 1747, San Angel) hasta abril.

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