Pues sí, con todos sus asegures y problemas, se dio el primer gran paso para el regreso a clases presenciales en agosto. Por lo pronto miles de alumnos asistieron a los cerca de 70 planteles que empezaron a operar en Coahuila en este plan piloto con el que se pretende explorar qué y cómo funcionará en los hechos el próximo ciclo escolar. Estamos pues en fase de experimentación.
Y el tema no es menor; hay muchas cosas qué explorar, afinar, corregir, pero lo importante es aterrizar en los hechos, en los planteles, todo lo que se ha proyectado desde los escritorios de la alta burocracia para garantizar clases presenciales seguras, especialmente para los niños y jóvenes que, hay que recordar, no tendrán acceso a la vacuna por lo menos en lo que resta del año.
Este primer gran paso se dio con toda la cautela posible: se establecieron protocolos, tanto para los padres de familia, los alumnos, como los responsables de la logística en cada escuela. Se estableció cupo máximo de aproximadamente 25% en cada aula, así como un horario restringido. Incluso, se estableció como obligación para el personal docente y administrativo, el monitoreo anímico de los alumnos.
Y este es un asunto muy interesante. Tanto especialistas, como las propias autoridades prevén un regreso a las aulas muy complicado en el aspecto emocional; se anticipa que los alumnos podrían presentar indisciplina, aislamiento, rechazo a recibir órdenes y seguir reglas de conducta en los planteles, tras un año de recibir “educación” en sus casas.
Sí, todo un reto, pero lo importante es que se da este primer gran paso.
Efectivamente, estamos en una etapa de experimentación, un poco de ensayo, de identificar aciertos y errores, una suerte de juego a la escuelita, pero que, sin duda, resultaba indispensable.
Que todo salga bien; que se corrija y ajuste todo lo que se requiera y que juntos logremos avanzar lo suficiente para que en el próximo ciclo escolar se reanude, ahora sí, en forma y fondo, la educación de nuestros niños y jóvenes.
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