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Coahuila

Juventud universitaria con dirección

Por Alfonso Yáñez Arreola

Hace 2 meses

Hay algo muy particular en la energía de los juventud universitaria, su intensidad, su frontalidad y su entusiasmo. Cuando creen en una idea, la defienden con fuerza. Cuando se organizan, lo hacen con pasión. Cuando participan, lo hacen sin medias tintas. Esa intensidad es una de las mayores riquezas de cualquier universidad.

Sin embargo, con frecuencia se comete un error: confundir esa energía con desorden. Se interpreta el cuestionamiento como rebeldía innecesaria y la participación activa como un intento de confrontación. Ante eso, la reacción más común suele ser intentar controlar. Poner límites más rígidos, cerrar espacios, reducir la participación. Pero controlar no es lo mismo que dirigir, y ahí está la diferencia que marca el rumbo de una comunidad.

Controlar nace del miedo a perder orden. Dirigir nace de la confianza en que ese impulso puede transformarse en algo constructivo. Controlar limita; dirigir orienta. Cuando una institución apuesta por el control excesivo, la energía no desaparece, sólo se contiene momentáneamente. Cuando apuesta por la dirección, esa misma energía se convierte en liderazgo, en proyectos, en propuestas que fortalecen.

La vida universitaria ofrece ejemplos claros de esto. Cada semestre aparecen estudiantes que no se conforman con cumplir horarios o entregar tareas. Quieren organizar actividades, representar a sus compañeros, impulsar cambios, abrir debates. Esa inquietud no debería verse como una amenaza al orden institucional, sino como una enorme oportunidad de crecimiento colectivo. Es señal de que hay interés, compromiso y sentido de pertenencia.

Por supuesto, dirigir no significa dejar todo a la improvisación. La dirección requiere estructura, reglas claras y límites razonables. La libertad sin orden puede convertirse en caos, pero el orden sin libertad se convierte en rigidez. El equilibrio está en ofrecer un marco institucional sólido donde la participación tenga cauces definidos y donde las ideas puedan expresarse con responsabilidad.

La juventud universitaria, por naturaleza, cuestiona, es una etapa necesaria del aprendizaje. Cuestionar es querer entender, es buscar mejorar lo que existe. Cuando el cuestionamiento se escucha y se encauza, puede derivar en propuestas maduras. Cuando se ignora o se reprime, suele transformarse en frustración. La diferencia radica en cómo se responde desde la autoridad.

Dirigir jóvenes universitarios implica aceptar que el error forma parte del proceso. Implica acompañar sin asfixiar, implica confiar incluso cuando aún están aprendiendo. No se trata de vigilar cada paso, sino de establecer principios claros y permitir que, dentro de esos límites, desarrollen criterios propios. La responsabilidad no se impone; se construye a través de la experiencia.

Las universidades forman profesionistas y ciudadanía capaz de convivir, de debatir y de liderar en distintos ámbitos; los ejercicios de participación, con sus emociones, desacuerdos y entusiasmo, son parte de esa formación. La energía joven es una fuerza poderosa, puede dispersarse o puede mover estructuras. Sin dirección, se diluye en intentos aislados. Con dirección, puede traducirse en cambios reales, en comunidades sólidas y en estudiantes conscientes de su papel.

Dirigir no significa apagar la intensidad, significa darle sentido. No significa imponer silencio, sino enseñar a argumentar. No significa restringir participación, sino ayudar a que esa participación sea responsable y constructiva. Cuando se entiende esto, la relación entre institución y estudiantes deja de ser una tensión constante y se convierte en una colaboración efectiva.

 

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