Somos una sociedad que, a fuerza de su cotidiana repetición, hemos ido perdiendo, poco a poco, la sensibilidad, la capacidad de asombro y de indignación ante la violencia, en todas sus formas, que nos rodea.
Violencia en los hogares, en las calles, en los estadios. En los últimos 20 años, el hampa se encargó de extender y exhibir los límites de lo que creíamos posible que un ser humano le puede hacer a otro.
Y ahora, el sábado, en el estadio Corregidora de Querétaro, fuimos testigos, por ese par de docenas de videos que circularon en las redes sociales, cómo un grupo de los llamados hinchas, esas bestias que integran las barras bravas, arremetía con salvajismo contra hombres, mujeres y niños.
Las escenas son muy fuertes, de hombres que roban y desnudan a sujetos inconscientes, a los que golpean con saña.
Sí, por si hiciera falta alguna confirmación, lo del sábado despejó toda duda: estamos inmersos en la barbarie, un escenario en el que cada vez a más les importa menos la integridad y la vida de quienes los rodean.
Es una época terrible, en la que se pierde a pasos acelerados humanismo e inteligencia, ese mínimo de respeto y empatía social, y en la que las bestias recorren las ciudades reclamando a golpes espacios, en los hogares, en las calles y hasta en los estadios.
¿Qué nos está sucediendo? Se podría preguntar. Bueno, pues que los imbéciles, los violentos, los que buscan cualquier pretexto para sacar todas sus miserias en forma de ira asesina, están ganando.
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