El Saltillo donde la historia y la leyenda se funden
Viendo caer la lluvia desde mi ventana me recreo pensando en aquel Saltillo de mi infancia que un día dejaron los colonizadores como una sonajita olvidada en un recodo del camino, donde existía la intimidad y la amistad entre su gente.
Con tradiciones mitad hispanas, mitad tlaxcaltecas, como el misticismo de la Cuaresma y la Semana Santa, con su Sábado de Gloria tan esperado por los chicos y los grandes. El clásico Judas colgado y destruido con pequeñas porciones de pólvora en cuyas entrañas bien escondidos y protegidos había billetes de diferentes denominaciones. Los escenarios: cualquier esquina o calle de los barrios de la Pedrera, la Guayulera, el Ojo de Agua, el Águila de Oro, Saltillo Oriente, el Topo Chico, entre otras barriadas más.
De mayo a septiembre las puntuales lluvias que, a pesar de las grandes avenidas, no causaban tantos estragos como ahora. El agua tenía su cauce normal hacia los arroyos que circunda la ciudad, mal canalizados y sobre ellos construcciones que han sido víctimas de las inundaciones.
En diciembre la fragancia del heno y religiosidad para rendir cálido homenaje al niño Jesús, con auténticas posadas de casa en casa y en andas la figuras de Virgen María y José buscando un aposento, donde ella pudiera dar a luz al Salvador.
La ciudad de trazo caprichoso que contaba con casas solariegas de amplios patios y traspatios donde se cosechaban frutas y hortalizas y algunos hasta animales domésticos tenían, incluyendo vacas para producir la pura y deliciosa leche, que dejaba “una natota” que muchos disfrutamos en un pan francés o en una concha.
Sus edificaciones centenarias: Catedral, el Casino, el Teatro García Carrillo, la Casa Purcell, el Colegio de San Juan, San Esteban y otros que forman parte de nuestro acervo.
Fuimos partícipes de un pequeño pueblo donde el comercio se hacía sobre la banqueta. Ahí sobre la banqueta exhibía y vendía su mercancía: calcetines y pañuelos a tostón y a peso, uno que luego fue empresario inmensamente rico: Jorge Masso. E Inocencio Aguirre y los Gutiérrez que tuvieron el mismo sistema para vender y atraer la clientela.
A pesar de que no teníamos ni Chrysler ni General Motors, nadie se moría de hambre.
Una ciudad chiquita, sí, con carencias, que fueron resueltas paulatinamente como la electricidad, en un ámbito que permitía la actuación del “sereno”, aquel vigilante nocturno que con su silbato daba la hora a los trasnochadores para regresar a casa, de lo contrario dormirían en el “bote” (la cárcel).
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