Todas las personas amamos y queremos recibir amor.
Como en otras ocasiones, no quiero referirme únicamente a la idea clásica del amor romántico, entendida como una relación idealizada de pareja basada en la pasión, la exclusividad y la búsqueda de la “media naranja”. Quiero aludir, más bien, a una emoción y a un vínculo profundo construidos desde la conexión, el cuidado hacia las otras personas, la empatía, la responsabilidad y el compromiso.
Esta idea de amor puede manifestarse de múltiples formas: desde la protección incondicional que nos brindan nuestros progenitores, pasando por un proyecto de vida en pareja, hasta la confianza que sostiene las amistades más genuinas.
El amor es, en esencia, la conexión que todas las personas buscamos, de una u otra manera. Queremos amar y recibir amor, pero parece que hemos olvidado cómo hacerlo.
Vivimos en la era de la indiferencia: la enorme cantidad de información que recibimos cada día, a través de múltiples canales, nos satura. Frente a crisis constantes, tratamos de defendernos emocionalmente, desconectándonos emocionalmente.
Se trata, en cierto modo, de una falta de empatía que desarrollamos como mecanismo de protección ante el exceso de estímulos y miedos. Sin embargo, esta estrategia deriva en insensibilidad social y en la búsqueda de relaciones superficiales, donde predominan el individualismo y el narcisismo. Nos concentramos tanto en nuestras propias necesidades, que dejamos de interesarnos por las de las demás personas.
En días pasados leí Proyecto Hail Mary, una novela de ciencia ficción del autor estadunidense Andy Weir. Entre ciencia, humor y emoción, se narra la historia de Ryland Grace, un maestro de ciencias que tiene la tarea de salvar a la humanidad de una amenaza de extinción.
Más allá de los recursos económicos, científicos y humanos invertidos en la misión, los elementos clave para que el protagonista logre su objetivo son la inteligencia, el humor y, especialmente, la amistad.
Al despertar en la nave espacial Hail Mary con amnesia, Ryland descubre que está solo: sus dos compañeros de viaje han fallecidos. Pronto entra en contacto con Rocky, un alienígena cuyo aspecto es una mezcla entre una roca, un cangrejo y una araña.
A pesar de sus múltiples diferencias, Ryland y Rocky comparten algo fundamental. El mundo de Rocky, Erid, y su especie, los eridianos, enfrentan la misma amenaza que la humanidad. Al principio, ambos lidian con miedos y obstáculos, pero la voluntad de superarlos es mucho más fuerte. Así aprenden a comunicarse aun sin compartir un idioma y construyen una fuerte amistad.
Seguramente podemos pensar que se trata de una amistad que surge de la necesidad porque ambos entienden que colaborar y confiar son las únicas maneras para mantener viva la esperanza de salvar a sus respectivos mundos, incluso en las condiciones más adversas.
Sin embargo, la conexión que construyen va mucho más allá de la necesidad. Ryland decide regresar para salvar a su amigo alienígena cuando ya se habían separado y cada uno emprendía el camino de vuelta a su planeta. Al descubrir que en la nave de Rocky existe una amenaza potencialmente letal para él, toma una decisión radical: renunciar a su propio regreso a la Tierra —asegurándose, eso sí, de enviar la información necesaria para salvarla—, aun sabiendo que probablemente morirá en el intento, sin recursos ni comida suficientes.
Rocky, por su parte, responde con la misma generosidad: crea un ambiente en su planeta que permite a Ryland vivir de manera muy digna los años que le quedan.
Esta historia nos deja una lección incómoda, pero necesaria: para colaborar, confiar y construir vínculos profundos con otras personas —por distintas que puedan parecer—, no es necesario esperar a encontrarnos en situaciones límite.
Conectar implica también, en ocasiones, tomar decisiones valientes. Decisiones que quizás no nos favorecen en el inmediato, pero que protegen a alguien más.
Esa es la conexión que todos necesitamos.
Más sobre esta sección Más en Coahuila