Raúl Vera y Jaqueline Campbell comparten con pasión el trabajo que por 21 años realizaron desde la Diócesis de Saltillo. El Obispo eleva su voz y golpetea la mesa con su dedo cuando revive las luchas que ha enfrentado con su cómplice. Ambos han sido aliados y portavoces de las denuncias de los movimientos sociales en Coahuila”, escriben Hazel Zamora y Angélica Jocelyn Soto, de Cimanoticias, sobre la periodista y activista, publicado por Espacio 4 (671 y 672).
Jackie resulta más incómoda para los poderes públicos y fácticos que para la Iglesia. Este es un fragmento del perfil.
“En 2001 el obispo fundó el Centro Diocesano para los derechos humanos Fray Juan de Larios, dedicado a la defensa de los derechos laborales, migración y desapariciones; también aportó con el padre Pedro Pantoja en la construcción de la Casa del Migrante Saltillo; asumió en su agenda los derechos de la comunidad lésbico-gay con la organización San Aelredo; y en 2006 promovieron el acompañamiento legal para las familias de los 65 mineros que quedaron sepultados tras una explosión en la mina Pasta de Conchos, del municipio de San Juan de Sabinas en Coahuila.
“Esta defensa y acompañamiento a los Derechos Humanos en el norte del país, ha costado a Jaqueline en total, un desplazamiento, un allanamiento, amenazas, robo de información, persecución judicial, y el desprestigio y la difamación en medios de comunicación.
“Sus detractores representan cuatro poderes distintos: el Gobierno municipal y estatal, las fuerzas armadas, los medios de comunicación y los grupos conservadores dentro de la Iglesia. No obstante, con su trabajo y el de su aliado, el obispo Raúl Vera López, la Diócesis de Saltillo se convirtió en poco tiempo en la más radical que ha habido en México después de la de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, cuando el obispo Samuel Ruiz acompañó el alzamiento zapatista.
“Pero uno de los casos que marcó la carrera de la defensora fue la violación y tortura de 13 mujeres por parte de 12 elementos del Ejército en la comunidad de Castaños, en julio de 2006, una semana después de que Felipe Calderon Hinojosa ganara las elecciones presidenciales. Cuando se enteraron de los hechos, Jaqueline hizo que el Obispo se presentara en el lugar y ayudó a las víctimas a vincularse con distintas actoras y actores sociales para que pudieran emprender una defensa sobre sus casos.
“Yo lo hice todo tan mal que fue la primera vez que los militares (ocho que fueron juzgados) tocaron una cárcel, que fueron juzgados por el fuero civil. Ya sabemos que la violación sexual no existe en el fuero militar. Y ahí estuvo mi terquedad”, reflexionó sarcástica. Gracias a su insistencia, el Ejército se vio presionado para presentar en Coahuila a los soldados culpables, a quienes en primera instancia no se les localizaba.
“Yo tuve que de pronto organizarme una maleta y, bueno, traje 11 de regreso, porque hice la vida en Argentina y aproveché para estudiar. Realmente es donde los golpes nos rehacen y nos recuperan. Una no muere sino que se siembra, florece, revive con cada mal trago, con cada mal sabor de boca”, relató la defensora.
“Pese a su condición de exilio siguió floreciendo en Argentina. Estudió una maestría de Derechos Humanos en la Universidad Nacional de la Plata y decidió abordar un tema nada común: conocer las condiciones de vida de las personas con la enfermedad de Hansen (lepra) que estaban internadas en el último leprosario de Argentina. ‘No one is free when others are oppressed’ (‘Nadie es libre cuando otras personas son oprimidas’), dice un tatuaje visible en el brazo izquierdo de Jaqueline y que define la etapa que siguió para la defensora de regreso de Argentina, en 2011”.
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