El 8 de mayo de 1948 se celebró por primera vez en todo el mundo el Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, fecha del nacimiento de su fundador.
Henry Dunant, nacido en Ginebra el 8 de mayo de 1828 –proveniente de familia calvinista y muy caritativa–, presencia en 1859, la batalla de Solferino, en Italia, donde al mando del emperador Napoleón III, los franceses se enfrentaron a las tropas austriacas.
Al regreso a su tierra natal publica el libro Recuerdos de Solferino, en donde relata que con la ayuda de las mujeres del lugar va a curar a los heridos y a los moribundos durante tres días y tres noches, en la iglesia de Castiglione, sin hacer distingo del ejército al que pertenecían.
Dunant propone la formación de sociedades de socorro en tiempo de paz, con personal médico capacitado para atender a los heridos en tiempo de guerra, además de la protección que debía darse por los estados, a los voluntarios que colaboraran con los servicios sanitarios de los ejércitos mediante acuerdos internacionales. Incluso señala la total neutralidad con la que debían operar de estos servicios médicos, quienes para ser
reconocidos, llevarían el emblema de una cruz roja sobre fondo blanco.
Hasta 1863 se fundó el Comité Internacional de Socorro a los Militares Heridos, que posteriormente se convertiría en el Comité Internacional de la Cruz Roja.
En México, en 1898, el presidente Díaz recibe una carta de la Cruz Roja Española, solicitando información acerca de los servicios de ambulancia existentes en el país y su relación con la Unidad Sanitaria del Ejército Mexicano en caso de conflicto armado, de conformidad con lo establecido por el Convenio de Ginebra, firmado en 1864.
El general Díaz encarga al doctor Fernando López, director del Hospital Militar, que haga el estudio para dar respuesta a la solicitud, concluyéndose que no existe un servicio de asistencia médica en casos de conflicto, por lo que propone la creación de una Sociedad Nacional de la Cruz Roja en México.
Al no dar respuesta el Gobierno de México a las sugerencias del doctor López, y tras alegarse las grandes sumas de dinero que solicitaría a los gobiernos la Cruz Roja Internacional, su esposa, la señora Luz González de Cosío –zacatecana e hija del general Manuel González Cosío–, retoma de manera personal el proyecto, solicitando audiencia con el presidente y defendiendo la idea de la ilimitada confianza que la Cruz Roja lograba inspirar a todas las sociedades del mundo para que sus miembros –voluntarios– proveyeran los fondos para su sostenimiento, participando solo en pequeña escala el erario público.
Fue hasta 1907 que el general Porfirio Díaz expidió el decreto por el cual México se adhiere a la Convención de Ginebra de 1864, para el mejoramiento de la suerte de los heridos y enfermos de los ejércitos en campaña, y ordena a la Secretaría de Hacienda cubra la aportación de 15 mil pesos para a la organización de su fundación.
Sin embargo, los días 27 y 28 de agosto de 1909, la ciudad de Monterrey se ve envuelta en una tromba que afectó a más de 50% de la población al desbordarse el río de Santa Catarina, por lo que doña Luz y su esposo acudieron con voluntarios a atender a más de 5 mil damnificados, por lo que el acontecimiento aceleró la creación de la Cruz Roja Mexicana. Expidiéndose el Decreto Presidencial No. 401, con fecha 21 de febrero de 1910, en que se le da reconocimiento oficial a la Cruz Roja Mexicana.
Alejada físicamente de Cruz Roja en los últimos años de su vida, por razones de salud, doña Luz conservó inalterable su pensamiento de que la Institución debería crecer tanto en servicio como en capacidad de respuesta y nunca dejó de invitar a la población a ayudar a Cruz Roja, así como sumarse a ella.
Por ello, la próxima ocasión en que algún voluntario se acerque a nosotros solicitando apoyo para la benemérita institución, recordemos que la Cruz Roja Mexicana es uno de los desinteresados auxilios con los que aún contamos en este país. Que al igual y sin distinción acudirá en nuestra ayuda ante grandes catástofres o peticiones privadas de emergencia. Hagamos como ellos –como los voluntarios–, bordemos en color escarlata –mucho o poco– la aportación con la que podemos contribuir a la humanidad.
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