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Coahuila

La democracia empieza con los comicios

Por Xavier Díez de Urdanivia

Hace 5 años

Vuelve a presentarse, en medio de una muy severa descomposición y, lo que resulta peor, encono, el momento de decidir el rumbo de México.

El panorama deja muy poco espacio para el optimismo, porque entre campañas y candidatos se han dado más cumbias y circo que programas y proyectos, tanto como han proliferado los insultos y vejaciones en vez de los argumentos que debieron esgrimirse.

Los afanes por dividir al país en dos bandos contrarios, irreconciliables, casi consiguen su propósito y los comicios de este día están signados por la división, por el propósito de obstruir más que el de construir.

La descomposición es notoria, pero no reciente. Responde bien a la definición que ofrece el diccionario de la Real Academia Española como tercera acepción de la voz “corrupción”: “Vicio o abuso introducido en las cosas no materiales”.

Ese vicio, que conduce a la putrefacción, no es exclusivo, como algunos pretenden a su conveniencia, de las corporaciones públicas, sino que ha infectado a la sociedad toda y es el campo de cultivo en el que se nutren los partidos y sus candidatos.

Quienes llegan a ocupar los puestos de elección popular salen de entre los ciudadanos y son votados por ellos. En el mismo hábitat han vivido; comparten, aunque alguno lo niegue, los mismos valores (quizás con intensidad variable), y hasta tienen intereses convergentes.

Cuando los candidatos y los partidos colocan su esmero en ganar la elección para después, ya en los círculos del poder, estar en posición de negociar canonjías y prebendas, pierden de vista que la democracia es gobierno y que la elección no es otra cosa que la puerta de acceso. Lo pierden de vista también los electores cuando van a votar conmovidos por los gestos festivos y las dádivas de candidatos que ofrecen cumbias y danzones o explotan rencores y emociones, en vez de pensar en lo que sigue a la jornada comicial. Eso también es corrupción, que no se piense otra cosa.

Llegamos hoy, otra vez, a esa puerta, que parece haber sido giratoria, porque una y otra vez intentamos ingresar sin poder entrar, de modo que los recintos en los que la democracia discurre como gobierno han permanecido, por lo general, vedados.

Esta vez, gane quien gane, tendrá que gobernar para todos y la única pauta para que tal cosa ocurra es hacerlo con apego a las normas y con la mira puesta en los derechos y libertades fundamentales para toda persona, sin distinción alguna, pero con los matices necesarios para compensar las desigualdades de origen ¿Quién es el más capaz para lograrlo? Difícil será vislumbrarlo si no se conoce bien a quienes pretenden ser elegidos y sus trayectorias.

¿Qué hacer frente a esa realidad? Lo primero es salir a votar, porque quien no vota concede; lo segundo, hacerlo pensando que la democracia no termina ahí, sino que apenas comienza, y se va a verificar cada día, cada instante, en cada acto de gobierno; en tercero, tener presente que la única posibilidad de prever las condiciones que deberán prevalecer y, por lo tanto, permitir seguridad en el futuro, está en garantizar que, quien gobierne, se apegará a las normas previamente establecidas y que estas sólo podrán cambiarse cuando sea necesario, por quienes estén autorizados para hacerlo y siempre mediante los procedimientos establecidos previamente.

Es inexacto que el futuro de México ofrezca solo una disyuntiva entre dos bandos opuestos e irreconciliables. Hay una tercera vía, llena de posibilidades y matices, en la que están incluidas todas las personas que, de buena fe y con ánimo solidario, creen firmemente en un humanismo inclusivo y fortificante a la hora de enfrentar los retos contemporáneos en la que Brecht ha llamado, no en balde, “sociedad de riesgo”.

Así hay que votar, y permanecer atentos después de hacerlo, porque si la democracia empieza con los comicios, sólo se activa cuando se convierte en gobierno que se mantiene legítimo.

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