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La desigualdad

Por Juan Latapí

Hace 1 mes

Una epidemia recorre el planeta y se ha enquistado entre nosotros, es un mal que avanza silencioso haciéndonos creer que no existe, a pesar de que los síntomas están a la vista nos rehusamos a verlos y reconocerlos. Son pesadas cadenas que nos atan y nos ciegan a la vez: es la desigualdad.

Como nunca antes, vemos a gobernantes y magnates actuar como si fueran inmortales, sintiéndose indispensables, como amos y señores de nuestros destinos, creyéndose muy superiores al resto de nosotros los mortales. Carentes de autocrítica olvidan que todo es pasajero aunque de momento se crean el centro del universo y dueños de la verdad.

Para obtener gracia y beneficios de esa autoridad- tanto gubernamental como laboral-, la encumbramos sobre un altar para rendirle culto mediante la lambisconería, actuando para quedar bien evitando el conflicto con el jefe, pasando por encima de los demás, creyéndonos superiores, pero se olvida que para cumplir con nuestra obligación no hace falta la adulación.

El individualismo generado por la rabiosa sociedad de consumo nos ha hecho creer que el egoísmo es una virtud que nos hace superiores a los demás sin notar que así somos más fácilmente manipulados.

Trabajar en equipo, sumando esfuerzos, se ha vuelto una práctica cada vez más en desuso. Día a día conocemos menos a nuestros semejantes, vecinos y hasta seres queridos; vivimos en pequeños feudos aislados y aunque nos sentimos superiores al resto, todos somos idénticos en la soledad que nos acecha.

Con tal de pretender ser diferentes somos expertos en aparentar lo que no somos, luciendo ropa de marca, artículos de lujo, conduciendo autos nuevos, como miembros de exclusivos clubes y viajando a San Antonio, aunque las tarjetas de crédito estén tronadas. Ya nadie recuerda que el hábito no hace al monje.

Somos expertos en tener dos caras; somos obedientes y sumisos adoradores del “qué dirán” y le tenemos pavor a que alguien vea lo que hay adentro de nosotros. Este juego perverso nos hace creer superiores entre quienes nos rodean pero solo nos exhibe. Es como el cuento de “El traje del emperador”.

Nos han hecho creer que entre más se tiene y se acumule, mayor éxito se alcanza; que lo importante es tener, no ser.

La manía por acumular hasta lo que no se necesita es un vicio que no solo genera desigualdad, sino que también genera complicadas necesidades absurdas.

La manía por aparentar también nos ha hecho creer que si acumulamos títulos académicos y reconocimientos somos superiores, aunque esta colección de diplomas a menudo no alcanza para cubrir ni ocultar la ignorancia. Creemos que cursos, manuales y fríos procedimientos son herramientas del progreso, de acartonada funcionalidad, que entre más complicados sean nos hacen superiores, pero se nos olvida que la frescura, la creatividad y el sentido del humor marcan la diferencia que nos acerca con nuestros semejantes.

El culto al egoísmo nos aleja de la solidaridad haciéndonos olvidar que la unión hace la fuerza y por lo mismo somos fácilmente manejados.

La dolorosa falta de empatía nos ha llevado al grado de sentir gusto ante la tragedia del rival en lugar de buscar la manera de ayudar o servir. El placer por sentirse por encima del semejante, y mejor si se le puede aplastar, nos ha hecho creer que así somos superiores.

Ante las tragedias humanas decimos solidarizarnos, pero de dientes para afuera, de dicho y no de hecho, para que todos nos vean y crean que somos mejores. Pero en el fondo estamos alejados del dolor ajeno, diciendo “eso a mi no me puede pasar” o “eso le pasa a otros porque se lo buscaron”.

Mientras la solidaridad y la empatía se van extinguiendo, el corazón se va endureciendo hasta convertirse en piedra. Por eso la sensibilidad es mal vista, ridiculizada y encasillada como parte de las telenovelas.

Y pobre de quien nos cae mal o se interpone ante nuestros intereses porque lo devoramos vivo, colgándole todos los chismes y rumores habidos y por haber. Comer prójimo siempre ha sido el deporte nacional por excelencia que se practica en la cancha del rumor y el quemón.

Y para no sufrir pensando en nuestros semejantes y sentirnos a gusto creyéndonos superiores, las autoridades y la las redes sociales se han especializado en cultivar el egoísmo y la desmemoria que padecemos para así evitarnos la molestia de pensar y cuestionar.

Ante todo esto valdría la pena recordar que la solidaridad y la humildad son dos cualidades que deberíamos recuperar como opción ante la desigualdad.

(Las ideas aquí expresadas están tomadas de un discurso pronunciado por Bergoglio, en Roma).

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