No era el jueves 1, era justo una semana después, el 8 de octubre en punto de las ocho de la noche, en la residencia de la embajada de Francia; en la cual la embajadora, Mme. Delphine Borione, ofrecía una cena en honor del escritor Emmanuel Carrere (París, 1957). A lo largo de 15 días antes de la recepción me sumergí en la obra y vida de uno de los escritores más influyentes de las últimas décadas y con mayor proyección internacional. Seguí por YouTube entrevistas, mesas redondas, programas dedicados al autor, empecé a devorarme una de sus novelas titulada “De vidas ajenas”, las otras las conseguí en francés con grandes dificultades y vi con fervor dos de sus películas basadas en sus libros, las más taquilleras: “El adversario” y “El bigote”. Me encantaron.
Conforme pasaban los días me volvía de más en más adicta a la obra de Emmanuel Carrere, Premio Femina, Premio Médicis, Premio Grand Continent, finalista del Premio Goncourt, Premio Princesa de Asturias y Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Era evidente que me faltaban muchos libros por leer de Carrere, pero esta falta la compensaba leyendo sus artículos en el diario “El País”, el “Nouvel Obs”, “The Guardian”, etcétera. De su obra más reciente, “Koljós”, ha vendido hasta ahora 140 mil ejemplares y ha sido traducida a decenas de idiomas. Hemos de decir que no milita en ningún partido ni se presenta como escritor comprometido al estilo clásico francés, su postura habitual es la de un observador que intenta entender incluso a quien no comparte su visión.
Ante tal trayectoria quise llegar a la cena hiperpreparada y lo más puntualmente posible. Y así fue el jueves 1 de octubre. Llegue a la residencia al diez para las ocho. Me abrieron las rejas de la espléndida residencia estilo francés con un gran protocolo. No obstante la asistente que me recibió muy amablemente se veía un poco desorientada. “No está la señora embajadora, pero pase usted, por favor”.
Me instalé en la sala, en medio de un sofá perfectamente bien tapizado y de muy buen gusto. Todo se veía impecable. Un pequeño ramo de flores colocado sobre una pequeña mesa de centro parecía dar la bienvenida a los invitados. Ya habían pasado diez minutos y yo era la única convocada, la asistente entraba y salía con una gran sonrisa y me decía que la embajadora ya estaba en camino. Los minutos pasaban y pasaban. El mesero, de toda la vida de la embajada y a quien conocía desde hacía años, me atendía lo mejor que podía, primero un vaso de agua mineral y después otro. Sobre mis piernas tenía en mi gran bolsa negra de piel cuatro libros de Emmanuel Carrere, dos para mi hija y dos para mí, para que me los dedicara el autor.
Por un momento me sentí en el escenario de una película de Buñuel, todo a mi derredor parecía una puesta de escena. Los minutos pasaban y la anfitriona y otros invitados no aparecían. “¡Qué extraño!”, me dije. “A lo mejor la cita era a las 9:00 pm. El escritor ha de estar cansadísimo después de su gira por Montevideo y Buenos Aires. Que no se me olvide decirle que su madre, Helene Carrere d’Encausse, historiadora y experta en la Unión Soviética y secretaria perpetua de la Academia Francesa, fue maestra de mi hijo mayor en Ciencias Políticas en París”. En su libro “Koljós” escribe sobre una Europa del siglo XX y su herencia, entrelazando los orígenes rusos y georgianos de su familia con el desarrollo de la guerra en Ucrania. También habla mucho de su mamá y de qué manera le afectó su muerte. “Estaba seguro que al fallecer, nunca más volvería a escribir”, ha confesado en varias entrevistas.
El tiempo pasaba y yo seguía sumida en mis pensamientos totalmente sola en esa maravillosa sala perfectamente decorada. Eran las 8:25 pm, cuando de pronto apareció la asistente de la residencia y me dijo: “La embajadora ya está en camino de la UNAM, dice que si se quiere quedar a cenar con los académicos, con mucho gusto”. “¿Cómo? ¿No era una cena para Emmanuel Carrere?”, pregunté. “No. Es hasta el próximo jueves, pero se puede usted quedar a la cena de los académicos”.
Le dije que muchas gracias, que mejor me retiraba y que nos veíamos en ocho días. Antes de dormirme me sentí como los protagonistas de las novelas de Emmanuel Carrere, vulnerable, insegura y sin saber exactamente qué fue lo que había sucedido. ¿Había estado realmente en la residencia de la embajada francesa para homenajear a Emmanuel Carrere o todo había sido una historia de mi imaginación, como una construcción literaria?
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