Coahuila
Hace 3 años
En esta ocasión, dejamos los temas nacionales y, adentrados en el túnel del tiempo, nos vamos “pa’l pueblo.” Esto lo decidimos cuando, al observar las imágenes de aquellos escalones que muchísimas veces recorrimos, el barandal de ayer que hoy ha cambiado su color, el patio, la fachada del edificio, todo fue de pronto un “flashback” y surgieron los recuerdos de lo vivido ahí en aquellas aulas hace medio siglo y un rato. Eso nos sucedió cuando veíamos el video en donde nuestro profesor de biología de entonces, hoy rector de la Universidad Autónoma de Piedras Negras, Xavier N. Martínez Aguirre, desde el primer piso dirigía unas palabras a los alumnos de ahora con motivo del 83 aniversario de la fundación de la Escuela Preparatoria de Piedras Negras, hoy Escuela de Bachilleres Fausto Z. Martínez incorporada a la universidad mencionada.
Si, ya sabemos que nuestros paisanos nigropetrenses se sentirán ofendidos porque al pueblo lo calificamos de pueblo. Sin embargo, que le vamos a hacer, así era cuando vivíamos allá, ni modo que vayamos a presumir que nacimos y crecimos en una metrópoli. A principios de los 1970s, la población de Piedras Negras, Coahuila no rebasaba los 47 mil habitantes, todos sabíamos quienes éramos; practicábamos nuestro deporte favorito mientras aprendíamos que en eso, al igual que en la vida, lo mismo se gana que se pierde, pero siempre hay un mañana por enfrentar; los chamacos aun podían jugar libremente en las calles; la diversión de los jovenes era irse al cine y/ o al beisbol los domingos para posteriormente por la tarde-noche dar de vueltas por la plaza o bien en auto de, ida y regreso, por la calle Allende-Avenida Carranza. Estamos ciertos de que había otras actividades sociales, pero la narrativa sobre ellas se la dejamos a los especialistas en la materia, de lo que habremos de ocuparnos es de cosas más mundanas como lo es en entorno en que se daba la formación intelectual de la juventud de entonces. En ese contexto, para los de nuestra generación, de las que nos antecedieron y las que vendrían, hay un personaje que fue fundamental en la formación académica, y en el desarrollo del pueblo, por todo lo que realizó. Antes de continuar hemos de aclarar que no pretendemos hacer un recuento exhaustivo y cronológico, habremos de contar nuestra versión de cómo se dio todo aquello basada en la narrativa de nuestros mayores, charlas con quien posee información de primera mano y los recuerdos propios de lo vivido en ese recinto educativo durante una fase fundamental para todo lo que vendría después en nuestra formación académica-profesional. Procedamos.
Actualmente, en Piedras Negras, Coahuila, operan un número amplio y variado de instituciones que ofrecen instrucción a nivel superior. Sin embargo, hay algo que, probablemente, algunos lo desconozcan o bien, si lo saben, no han hecho una pausa para ponerse a reflexionar lo que representó para la vida del pueblo que, justo al inicio de la década de los 1930s, llegará ahí un hombre joven, neolonés de nacimiento y maestro de profesión quien respondía al nombre de Fausto Zeferino Martínez Morantes. Pero no arribaba en plan de paseo, estaba decidido a jugase su destino con aquel pueblo. Esto, no es una figura retorica sino una verdad objetiva. Entonces nadie apostaba un centavo por el futuro de Piedras Negras. En 1929, como parte del proceso de privatización acordado al amparo de los Acuerdos De La Huerta-Lamont, los talleres de los ferrocarriles fueron trasladados a Monterrey, Nuevo León. Esa es la realidad y no la leyenda negra, que escuchamos desde la infancia, y que algunos aun repiten, culpando al estadista Plutarco Elías Calles Campuzano de haberse vengado porque no tuvo una recepción aceptable cuando visitó el pueblo. Pero retornemos a los acontecimientos de 1929 cuando se iba la fuente principal de empleo en el pueblo y la crisis era tremenda. Así que había que tener mucho valor para irse a apostar el futuro personal ahí. Sin embargo, para alguien quien se jugó la vida en la Revolución Mexicana, sabía lo que era el olor de la pólvora y las balas no las conocía de oídas, las había visto de cerca hasta el punto de que una se le alojó en la pantorrilla derecha, pues aquello era un riesgo menor.
Todo se inició cuando el profesor Fausto fundó una escuela secundaria, la cual después habría de llamarse Escuela Secundaria Federal Benito Juárez. El miércoles 1 de octubre de 1930, fue la fecha en que se sembró la semilla de lo que sería la revolución educativa no solamente en Piedras Negras sino en todo el norte de Coahuila. Aquí, debemos de apuntar que eso de dar impulso a la educación era un asunto que le venía por la vía genética. Su bisabuelo materno fue el militar y Liberal, José Silvestre Aramberri Lavín quien fungiera como gobernador de Nuevo León y Coahuila entre el 25 de septiembre y el 5 de diciembre de 1859. En ese lapso tan corto, se dio tiempo para fundar el Colegio Civil que al trascurrir de los años se convertiría en la Universidad Autónoma de Nuevo León. En aquel Colegio, se impartía la instrucción secundaria y preparatoria. Asimismo, se crearon las carreras de Jurisprudencia, Farmacia y Medicina, esta última con seis años de duración, la cual se fundó el 30 de octubre de 1859. Con esos antecedentes, ni modo que el profesor Martínez Morantes fuera a permanecer en estado de quietud.
Cuando logró que el terreno en el cual se ubicaba la Plaza Juárez, localizada en el cuadrante de las calles Rayón, Padre De Las Casas, Guerrero y Xicoténcatl, pasara a convertirse en la sede de la escuela secundaria, aparecieron resistencias inexplicables. Escuchábamos de nuestros mayores como hubo varios quienes se opusieron a ello, eran los de visión corta y la inmediatez. No alcanzaban a comprender lo que aquello implicaría para el futuro educativo y el desarrollo económico del pueblo y la región norte de Coahuila. Finalmente, la razón se impuso y la Escuela Secundaria Benito Juárez contó con un edificio propio por cuyas aulas abríamos de pasar miles de alumnos. Ese sería el inicio de una obra educativa de valor incalculable.
Consciente de que no todos quienes cursaban la secundaria habrían de continuar con estudios a niveles superiores, el profesor Fausto tuvo la visión de que a la par de las actividades académicas se les impartieran talleres entre los que nos acordamos eran los de electricidad, carpintería, mecánica, radiotécnica, taquimecanografía, fotografía, cocina, así como corte y confección. Esto permitía que quienes interrumpieran sus estudios, por cualquier motivo, tuvieran las bases técnicas para desempeñar un oficio con el cual pudieran empezar a ganarse la vida. Recordemos que en aquellos tiempos no existían las facilidades de ahora para poder realizar estudios a niveles superiores. Pero la secundaria solamente sería el inicio.
No era posible dejar a quienes egresaban de la educacion secundaria sin una opción para continuar el camino hacia carreras universitarias. La situación en el pueblo había mejorado y los estudiantes apuntaban hacia el futuro. Ante ello, el profesor Martínez Morantes decidió que habría de fundar una escuela preparatoria o lo que entonces era conocido como nivel de bachilleres. Invitó a varios profesionales del pueblo para que formaran de la plantilla de maestros la cual se integraría con 3 damas y 8 varones.
De esa manera, el martes 19 de septiembre de 1939, abría sus puertas una institución que permitiría, a través de los años, que miles tuviéramos acceso al paso previo antes de cursar una carrera al nivel profesional. Se trataba de un evento singular, recordemos que en aquellos tiempos obtener el grado de bachiller era algo extraordinario y pocos eran quienes lo alcanzaban como preámbulo para ingresar a la universidad con todo lo que ello significaba. Los estudiantes inscritos en la primera generación fueron 29, 7 mujeres y 22 hombres.
Entre los miembros de ese grupo, se encontraba una adolescente de quince años poseedora de una sonrisa cantarina y una inteligencia singular que le permitía soñar con alcanzar niveles de estudios superiores en una época en donde eso era una meta extraña entre las mujeres, su nombre era Estela Ríos Schroeder quien con el trascurrir del tiempo habría de convertirse en nuestra madre. Plena de entusiasmo acudía a las clases una de las cuales la impartía su abuelo materno, José Fernando Federico Francisco del Corazón de Jesús Schroeder Ramírez del Coy, ya saben que en Siglo XIX registrar el nombre de alguien era un reto para ver si alcanzaba el contenido de un tintero, a quien identificaban como el doctor Schroeder. Era un hombre con 67 años a cuestas, aun cuando lucía de edad mayor, sobre la testa llevaba un sombrero oscuro, portaba espejuelos detrás de los cuales aparecía una mirada adusta, lucía una barba encanecida que le llegaba casi al pecho, vestía de traje color negro con la corbata consabida, en la siniestra cargaba un maletín negro y en la diestra portaba un bastón de carey. Es el mismo cuyo nombre lleva una vía, allá en el pueblo, en la Colonia de los Doctores que abarca nueve cuadras que van del Libramiento Venustiano Carranza hasta la calle Dr. Armando Treviño. Pero volvamos a aquella joven quien no obstante la capacidad intelectual que poseía hubo de enfrentar circunstancias familiares que la obligaron a abandonar sus estudios. Para ella fue un revés serio, pero eso lo enfrentó con entereza como lo haría con todas las situaciones que se le presentaron en la vida, así estaba escrito en el Libro de los Tiempos. Treinta años después, el segundo de sus hijos ingresaría a esa misma escuela en donde adquiriría las herramientas que serían el soporte que le permitió transitar por diversas instituciones de educacion superior de México y los Estados Unidos hasta alcanzar el grado máximo académico que se puede lograr. Pero repasemos algo de lo que vivimos en esa Escuela Preparatoria.
La generación número treinta y dos, 1970-1972, la integrábamos 86 alumnos, 58 del turno diurno y 28 del nocturno. Del total, 27 por ciento eran damas. Aquel era un grupo básicamente compuesto por jovenes clasemedieros, en sus estratos diversos, pero al final entre todos se daba una relación de respeto, lo cual no impedía que en ocasiones las diferencias de perspectivas provocaran discusiones. Aun cuando no podemos dejar de señalar que hubo un momento en que las cosas estuvieron a punto de salirse de cauce. Era el principio del segundo año, en septiembre de 1971, y los estudiantes decidimos que habríamos de elegir mesa directiva de la sociedad de alumnos. Como es lo usual, se formaron las planillas que fueron identificadas una por el color rojo y la otra por el azul, ya podrá usted lector amable en cual nos integramos. La primera, se hacía llamar Partido Estudiantil Preparatoriano (PEP). Todo empezó con la típica competencia, pero las cosas empezaron a descomponerse. De pronto las rivalidades subieron de tonalidad y amistades antiguas a resquebrajarse, aquello pintaba para problemas. Ante eso, el profesor Fausto debió de intervenir para evitar un desaguisado. Ello, no impidió que en una ocasión este escribidor hiciera un reclamo público al profesor Martínez Morantes por estar en desacuerdo con las medidas tomadas. Lo hicimos enfrente de todo el grupo, lo expusimos respetuosamente con voz firme, nos escucharon, nos llevamos el aplauso de los compañeros, y el destinatario de las palabras nos contestó. El proceso continuó, pero el dia de la votación los ánimos amenazaban subir de tono y se hizo necesario que la elección fuera conducida por el director de la escuela para evitar un desaguisado. A la hora de contabilizar los votos, la mayoría fueron para la planilla azul encabezada por quien había sido nuestra condiscípula y amiga desde el primer año de primaria, pero con la cual en esa ocasión no compartíamos preferencias de color. Quedaron resquemores entre algunos miembros de ambos bandos, pero nada que evitara la convivencia diaria. En ese contexto, una joven y dos varones pertenecientes al grupo no victorioso se dieron a la tarea de editar una especie de boletín, en cuyo cabezal se leía “periódico estudiantil,” eran dos o tres páginas impresas en mimeógrafo. Bajo el nombre de “El Cuervo,” apareció el 17 de noviembre de 1971, en donde se mencionaban los acontecimientos en la escuela, además de realizar críticas y comentarios sarcásticos que todos sabíamos, que más temprano que tarde, habría de aparecer alguno en el cual nuestro nombre estuviera involucrado. Aquello fue una catarsis, el 9 de diciembre vería la luz el cuarto y último número y ya para enero ni quien se acordará de rivalidades electoreras.
En aquellos dos años de todo hubo, desde un incidente en donde una tachuela colocada en el asiento de una compañera estuvo a punto de causarle una lesión y como consecuencia estuviéramos todos los que nos sentábamos en su proximidad a punto de irnos expulsados de no haber sido porque el responsable aceptó su culpa y no hubo parentesco que lo salvara de irse suspendido por dos semanas. O bien aquel dia en que varios confirmamos que lo de la loción “Siete Machos” no era una figura retórica, sino que una realidad. En esa ocasión, antes del inicio de clases, apareció sobre el escritorio de los maestros una botella con ese producto y alguien decidió abrirla y empezar a repartir su contenido como si fuera agua bendita, quienes recibieron unas gotas tuvieron que retornar a sus hogares a cambiarse de vestimenta pues el aroma que dejaba ese liquido hacia evocar que uno o varios de esos machos habían pasado a mejor vida. Pero lo más sorpresivo en aquellos dos años fue al momento del examen final de matemáticas cuando a un par de compañeros llegaron en estado de iluminación y obtuvieron calificación de diez, algo que jamás habían alcanzado. Después, indagando por aquí y por allá, nos enteramos como se había suscitado aquel “milagro.” Pero, también, durante ese par de años, diariamente se suscitaba un evento singular. Cada mañana cuatro compañeros quienes vivían en las poblaciones de Nava, Morelos, Allende y Zaragoza, tomaban temprano el autobús y acudían puntualmente a clases. Los provenientes de los tres primeros lugares, con el tiempo, llegarían a ser presidentes municipales de esas localidades.
El ambiente de camaradería prevalecía en la escuela, En el trato cotidiano diario no existían diferencias entre los integrantes del primero y segundo año, en especial con un grupo de cinco jovencitas del primer grado quienes gustaban de convivir con sus compañeros del grado superior y varias de ellas les arrancaban suspiros a más de uno, algo que era muy notorio. Pero si de armonías se trataba, algunos eran muy afectos a socializar fuera de horas de clases, unos en la fiesta y otros practicando deportes. En esto último, los sábados al concluir las sesiones escolares, portando bats, pelotas y guantes tomábamos camino con rumbo a alguno de los campos llaneros que aun existían en la Colonia Roma, por la Avenida López Mateos, y ahí armábamos los partidos de beisbol. Otros, entre semana, practicábamos el basquetbol., referente a este deporte sería en la cancha de esta escuela en donde aprendimos a jugarlo, obtuvimos el primero de los cinco campeonatos a nivel municipal y sobre ella tomaríamos parte, además de organizarlo con otros dos compañeros, el último partido antes de irnos a estudiar ellos a Monterey y nosotros a Guadalajara. Eso sí, a la hora de los asuntos académicos ahí estábamos de lunes a sábado todos puntuales desde las ocho de la mañana.
Acudíamos al Auditorio, (el mismo en donde el 8 de junio de 1961 habíamos recibido nuestro primer diploma) para escuchar las palabras que diariamente nos dirigía el profesor Fausto. Los tópicos variaban entre información de asuntos estrictamente escolares, comentarios en general y si había algún problema específico ahí se trataba, nunca faltaba tema para ser abordado. Tras de ello, nos íbamos a clases. La primera que teníamos era Química que nos impartía el propio profesor Martínez Morantes. Aun cuando nosotros no teníamos obligación de tomarla pues nuestro bachillerato era de ciencias sociales, por el puro gusto de aprender algo más, íbamos a escucharlo. Aunado a él, nuestros maestros en las materias diversas fueron: Biología, Xavier N. Martínez Aguirre, Rosa Elba Aguirre González, María Luisa Menchaca de Chong y José Guadalupe Betancourt Flores; Etimologías Grecolatinas, Cesar Aguilar Martínez; Filosofía, Rodolfo Briseño Hermosillo; Física, Pedro Aguilera Morua; Historia de México e Historia Contemporánea, Ernesto Galván Treviño; Inglés, Isis González de Fernández y Jorge Reyes Ovando; Matemáticas, Francisco Cárdenas, Ireneo Delfino Castañeda Galván, Jesús Jiménez Hernández e Higino Crespo Sánchez; y Redacción, Francisco Esquivel Polendo. Dado nuestro bachillerato, además, acudíamos al turno nocturno en donde recibíamos las enseñanzas de Literatura por parte de José Belem Sandoval Jiménez y las lecciones de Lógica que nos impartía Abelardo Norberto Hernández Solís. Las enseñanzas que recibimos de cada uno de los antes mencionados fueron de excelencia.
Muestra de lo anterior es que alrededor del 70 por ciento de aquel grupo continuamos con nuestros estudios universitarios en la Autónoma de Guadalajara, el Tecnológico de Monterrey, la UNAM, la Autónoma de Coahuila (Saltillo/Torreón/Nueva Rosita), la Autónoma de Nuevo León, la de Guadalajara, la Autónoma Metropolitana, la Autónoma de San Luis, la Regiomontana, el Centro de Estudios Universitarios, la Escuela Bancaria y Comercial, la Escuela Carlos Septién García, y el Centro Universitario del Norte. De ahí emergimos como economistas, médicos, abogados, ingenieros civiles, odontólogos, ingenieros químicos, veterinarios, ingenieros en sistemas, laboratoristas químicos, periodistas, psicólogos, administradores de empresas, farmacéuticos, contadores, y hubo uno quien, entrado en años, cambio su giro profesional para convertirse en historiador. Asimismo, varios cursaríamos estudios de postgrado en universidades estadounidenses. El 30 por ciento quienes no accedieron a niveles educativos superiores, se convirtieron en ciudadanos productivos y responsables en las actividades diversas que desempeñaron. Todos, a no dudarlo, fuimos muy afortunados de que en Piedras Negras se hubiera vivido un proceso de formación educativa singular.
Como todo ser humano, el profesor Martínez Morantes fue poseedor de defectos y virtudes, cometió errores y tuvo aciertos, pero sin duda alguna el balance de sus acciones resulta positivo de manera superior. Quien le puede negar su condición de visionario y saber actuar en el momento oportuno para responder a las necesidades de lo que requerían Piedras Negras y el norte de Coahuila conforme avanzaban en su proceso de desarrollo. En ese contexto, fue creando el Jardín de Niños Elena Mateos de López (1958) al cual acudimos como miembros de la generación fundadora, literalmente, de la mano de Rosa María Herrera Pérez y Silvia Olivia Garza González; la Escuela Primaria Francisco Pascual Estrada (1953) en donde, como integrantes de la novena generación, aprendimos a leer y escribir; la ya mencionada Secundaria (1930) de donde egresamos como parte de la trigésima octava generación; la Escuela Secundaria Nocturna para Trabajadores (1959); la Escuela Normal de Maestros (1950); la Escuela de Farmacia (1942); la Escuela de Enfermería y Obstetricia (1952); la Escuela de Trabajo Social (1966); y, la Escuela de Laboratorista Químico Farmacobiólogo (1967). Todo ello habría de amalgamarse primero en el Centro Universitario del Norte y hoy, con la incorporación de otras escuelas como las de Derecho, Mercadotecnia, Comercio Exterior y Trámite Aduanero, Enfermería y Ciencias Químicas conforman la Universidad Autónoma de Piedras Negras que día con dia, mantiene viva la revolución educativa que hace ocho décadas y un tercio iniciara quien, unos años antes, había decidido jugarse su destino con Piedras Negras, Coahuila, un ciudadano neolonés, maestro de profesión, de nombre Fausto Zeferino Martínez Morantes. Muchas gracias por haber tomado esa decisión. [email protected]
Añadido (22.37.144) Este miércoles 5 de octubre, se cumplirán 99 años de tu nacimiento. Sin embargo, el Gran Arquitecto decidió llamarte hace seis años y meses a la cita inexorable y nos quedamos con tu recuerdo siempre presente doña Estela Ríos Schroeder.
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