Nacional
Por JC Mena Suárez
Hace 2 dias
Desde la década de los 50, la economía doméstica ha convivido con una paradoja persistente: familias que logran adquirir bienes visibles de progreso, como un automóvil nuevo, mientras ajustan otros aspectos esenciales de su vida cotidiana. Hoy ese fenómeno parece encontrar un reflejo distinto, pero igual de complejo, en la dinámica de precios que enfrentan consumidores y comerciantes. Ante escenarios inflacionarios reales o percibidos, surge con frecuencia la idea de que un negocio sólo es viable si obtiene márgenes extraordinarios dejando de lado una verdad básica de comercio: el equilibrio entre rentabilidad, volumen y confianza suele ser más solido que la ganancia inmediata.
Corría el año de 1954 o quizá 1955. El paso del tiempo puede difuminar fechas exactas pero no las enseñanzas que dejan ciertas experiencias.
Por aquellos años, un buen amigo mío trabajaba vendiendo automóviles en una agencia que representaba la modernidad de la época.
Solíamos sentarnos a conversar, café de por medio, y él compartía historias que combinaban orgullo profesional con una preocupación genuina por lo que observaba.
Llegaban clientes modestos, pero decididos. Firmaban contratos de crédito con la ilusión de estrenar el modelo mas reciente, símbolo de progreso y estatus. Sin embargo, detrás de esa imagen había sacrificios silenciosos. “Tienen un coche nuevo en la cochera –me decía– pero en casa ajustan hasta lo indispensable”.
Aquella escena hablaba menos de consumo irresponsable y más de una sociedad que empezaba a confundir apariencia con bienestar.
En esos años, el precio del azúcar era referente cotidiano de la economía familiar. Cuando el bulto de 50 kilos alcanzó los 50 pesos, el tema se coló en todas las conversaciones.
El aumento, explicable por factores productivos y logísticos, vino acompañado de algo más: una reacción generalizada de incrementos en productos que no necesariamente habían encarecido en la misma proporción.
Se instaló la idea de que cualquier ajuste era una oportunidad para proteger –o ampliar– márgenes, aun cuando el impacto en el consumidor fuera significativo.
De esa época surgió una lógica que marcó a varias generaciones de comerciantes: si el margen no era extraordinario, el esfuerzo no valía la pena. No se trataba de sobrevivir o sostener un negocio, sino de acelerar la ganancia. Esa mentalidad, más que desaparecer, parece haberse transformado y adaptado a los tiempos actuales.
De esa época surgió una lógica que marcó a varias generaciones de comerciantes: si el margen no era extraordinario, el esfuerzo no valía la pena. No se trataba de sobrevivir o de sostener un negocio, sino de acelerar la ganancia.
Esa mentalidad, mas que desaparecer, parece haberse transformado y adaptado a los tiempos actuales.
Hoy, en 2026, basta recorrer supermercados, revisar tarifas hoteleras en temporada alta o analizar costos de transporte para reconocer patrones similares.
Los argumentos han cambiado de forma, pero no de fondo: movimientos cambiarios, alzas en combustibles, tensiones internacionales o la inflación misma sirven como justificación para incrementos que, en ocasiones, superan ampliamente el impacto real de esos factores.
No siempre se trata de mala fe, sino de decisiones tomadas bajo presión, incertidumbre o una visión excesivamente centrada en el corto plazo.
En sectores como el restaurantero o el hotelero, los precios suelen explicarse en términos de “experiencia”, exclusividad o temporalidad. En algunos casos esa propuesta tiene sustento, en otros, el consumidor percibe una desconexión entre lo que paga y lo que recibe.
Cuando esa percepción se repite, la relación se debilita. El negocio quizá gane más en una temporada, pero corre el riesgo de perder algo más valioso: la intención de regreso.
Vale la pena preguntarse en qué momento se relegó la lógica del volumen, aquella que entendía que precios razonables generan constancia, y la constancia.
Estabilidad. El cliente frecuente, el que regresa y recomienda, no aparece en los balances contables como un activo tangible, pero sostiene negocios durante años.
La lealtad no es infinita, y suele romperse cuando el consumidor siente que el equilibro se perdió.
Las decisiones orientadas exclusivamente al beneficio inmediato pueden comprometer la viabilidad futura. El mercado, tarde o temprano, ajusta.
El poder adquisitivo tiene límites, y también la paciencia social. Cuando los precios se estiran más allá de lo razonable, no sólo se reduce el consumo: se erosiona la confianza.
La prosperidad de una comunidad económica depende del intercambio justo. Un aumento desproporcionado en un eslabón de la cadena termina encareciendo todo el sistema.
Lo que hoy parece una ventaja competitiva puede convertirse mañana en un obstáculo para atraer clientes, turistas o inversiones. La riqueza sostenible no surge de exprimir coyunturas, sino de construir relaciones duraderas.
Subir precios de forma abrupta puede generar alivio financiero temporal, pero la confianza perdida es difícil de recuperar. Un negocio verdaderamente exitoso no se mide sólo por su margen, sino por su capacidad de mantenerse vigente, cercano y relevante para su comunidad.
Quizá valga la pena que comerciantes, hoteleros y prestadores de servicios se detengan un momento antes de ajustar tarifas. Preguntarse no sólo cuánto se puede cobrar hoy, sino cuántas veces más se quiere vender mañana.
El éxito no es una cifra aislada, sino un flujo constante de clientes satisfechos. Porque, al final, el mayor riesgo no es ganar un poco menos por operación, si no quedarse con un local impecable, lleno de productos que pocos pueden –o desean– adquirir.
En el comercio, como en la vida, el equilibrio suele ser la forma más inteligente de perdurar.
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