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Coahuila

La expulsión

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 4 años

En esta ocasión, lector amable, no vamos a sumergirnos en los asuntos de la historia patria, habremos de relatarles acerca de algo que, según cuenta la leyenda, aconteció hace muchísimo tiempo, en el siglo pasado, en uno de esos sitios en donde parecía que nada sucedía, pero que todo pasaba. No involucra procederes, ni personajes grandilocuentes, los actores fueron seres comunes protagonistas del diario vivir. Vayamos a la narrativa.

Allá en aquel  pueblo, que aún era pueblo, existían ciertos rituales que todos sus habitantes deberían de cumplir. Alrededor del noventa y ocho por ciento de ellos declaraban profesar la interpretación de los asuntos inmanentes que, casi en números similares, prevalecía en el país. Ante ello, aun cuando no se fuera un estricto seguidor del rito, había ciertos compromisos que era menester  atender. De no hacerlo, el dedo flamígero los señalaría como ya lo realizaba con quienes tenían otras formas de manejar sus asuntos respecto a la relación con el ser inmanente. Bajo esa premisa, al arribar a cierta edad era requisito que los chamacos fueran a “prepararse” para  poder estar en condiciones de cumplir su entrada formal y decir que, ahora sí, ya no existía duda alguna que se habían incorporado plenamente a la organización.  Ante esas circunstancias, llegó el instante cuando en el seno de aquella familia, nada fanática de los asuntos inmanentes pero respetuosa de ellos, se decidió que era el momento de enviar a uno de sus infantes para que cumpliera con el ritual. 

Dado que entonces no había celebración de concilio alguno para indicarle a los impúberes lo que deberían de hacer, simplemente se le trasmitió la orden de que, a partir del sábado siguiente, habría de ir a “prepararse” para estar en condiciones de acceder al paso siguiente dentro del ritual de la organización. Aquel chamaco, sin embargo, poseía una naturaleza contestataria, ya muchas veces demostrada, y decidió hacer uso de su derecho de pataleo. De nada le valió, la decisión se sostuvo y no le quedó más que cumplirla.

Así, llegó el sábado y, en lugar de pasarse la mañana frente al televisor disfrutando de las caricaturas, a bañarse y desayunar para estar listo porque antes de las diez tenía que pasar por la casa de su amigo de la infancia para que la madre de este los llevara al lugar en donde “aprenderían” los elementos básicos requeridos para estar en condiciones de poder acceder plenamente como miembro de la organización.

Arribaron al lugar cuyo nombre rememoraba a un italiano quien, durante el siglo previo, fuera  miembro distinguido y educador sobresaliente  dentro de la organización. El edificio estaba ubicado a  a un costado del recinto en donde la organización  celebraba los rituales.  Fueron recibidos amablemente  por una dama de piel y cabellos blancos, menudita, no más del metro sesenta, cuya vestimenta modesta la cubría desde el cuello hasta el huesito, parafraseando al poeta. Con una sonrisa, tras de registrarlos, indicó al par de infantes que tomaran un lugar en cualquiera de aquellas bancas de color café que les servirían de asiento. Una vez que hubieron arribado todos los que integrarían aquel grupo para “prepararse,” la dama mencionada se colocó al frente, ahora acompañada por otra de complexión delgada quien le sacaba como quince centímetros de estatura y tras de sus gafas emitía una mirada dura, eso sí, la vestimenta era de características similares. Ambas, se encargarían de “preparar” a los párvulos ahí presentes. Se ha de mencionar que las dos mujeres estaban convencidas plenamente de que, al realizar aquella labor, habrían de acumular puntuaje para cuando llegara el momento de hacer el corte de caja. En eso, tuvo mucho tuvo que ver la palabra fácil de quien se encontraba al frente de la organización en aquel pueblo. Pero dejemos personajes colaterales, ya serán referidos en su momento, y vayamos a lo sucedido en aquel día inicial.

Tras de narrarles lo importante que era acudir a esas reuniones de “preparación,” la primera indicación a los infantes fue que abrieran aquella copia del cuadernillo que tenían en sus manos. Cabe indicar que, previamente a ingresar a ese grupo, todos debieron de haber adquirido un ejemplar de la cartilla que originalmente fuera publicada a finales del siglo dieciséis por un hispano miembro de una de las filiales existentes dentro de la organización. Así, empezó el primero de lo que serían varios sábados, repitiendo estribillos para memorizarlos y estar listos para cuando se lo preguntaran responder correctamente y mostrar los avances en la “preparación.” Pero una cosa era repetir lo que querían escuchar aquellas damas y otra que el infante no se quedara con cuestionamientos sobre la racionalidad de estos. Eso no era producto de generación espontánea, sus orígenes surgieron en otros sitios y en otras charlas.

Aquel chamaco le gustaba escuchar atentamente las pláticas de sus mayores y además  tenía por costumbre  sostener conversaciones largas con algunos de ellos. Dos de estos eran sus abuelos con quienes le agradaba platicar, escuchar y preguntar, lo cual no le impedía que, si consideraba que su punto de vista no coincidía con el de ellos, entrara en discusiones que para uno se convertían en un reto, mientras que el otro las tomaba con mayor tranquilidad.

Su abuelo paterno era miembro de aquella institución a la cual algunos, sobrados de ignorancia, le achacaban todo tipo de consejas y a sus miembros los veían como demoniacos.  Pero que se le iba a hacer, varios habían comprado lo que les vendieron envuelto en papel celofán de colores y lo repetían, algunos continúan haciéndolo, sin reflexionar. Pues bien, el chamaco se percataba de la existencia de aquella institución, pero desconocía de que se trataba y cuando se lo preguntaba a su padre este lo remitía a que cuestionara al abuelo quien siempre se mostró reacio a dar detalle alguno. Esto, sin embargo, no impidió que, de manera inteligente, sin ser especifico le filtrara conceptos que hicieron reflexionar al párvulo acerca de lo que era la organización a la que habría de ingresar plenamente una vez que concluyera con su “preparación.” En el caso de su abuelo materno, este no acostumbraba a acudir al recinto de la organización, ni andaba invocando figuras inmanentes. Conocía de primera mano  cual era el comportamiento que, fuera del recinto en donde celebraba el ritual, exhibía el jefe de la organización en el pueblo. Sobre eso versaron varias de las charlas que tuvo con aquel chamaco, claro que la narrativa era realizada en una versión para párvulos. Con esa información en mano el chamaco, de por si rejego a andar involucrado en asuntos que emanaban de esa organización, pues no terminaba por encontrar placer en  ir a sentare cada sábado en aquel lugar a escuchar historias y repetir estribillos que no terminaban de convencerlo.

Como método de autodefensa empleaba el comentario en corto cuando escuchaba algunas de las preguntas que venían en aquella cartilla, como, por ejemplo, al escucharse “¿Quién te creo? le comentaba a su amigo, “mi papá y mi mamá” y ambos se reían lo cual les valía que les cuestionaran el motivo de aquello, al tiempo que los invitaban a guardar silencio. En otras ocasiones, escuchaba como la dama de estatura más baja les advertía que cuando osaran andar con el torso desnudo en sus casas, en aquel pueblo el verano era ardiente, recordaran que más calor hacia en el averno. Si lo realizaban, cometían un pecado. Con ese tipo de admoniciones lo único que lograba aquella dama era que el  chamaco se preguntara: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Así, trascurrieron los meses entre llamados de atención porque no mostraba tomar con seriedad, con la cual otros lo hacían, los estribillos que contenía aquella cartilla.

Finalmente, ya cercano a la conclusión de aquel curso de “preparación,” la dama emite una aseveración en la cual se indicaba que el ser inmanente estaba en el cielo, la tierra, en  todo lugar y, además, sabe todo lo que cada uno hace y piensa. Al escuchar aquello, el mozalbete tuvo una reacción inmediata y levanta la mano para hacer una pregunta. De primera instancia no lo atendieron, pero siguió insistente hasta que la dama le dijo: “¿Cuál es tu pregunta?” Entonces el chamaco, que aun no llegaba a los ocho años, le indica: “Usted dice que el ser inmanente está en todos lados y sabe lo que cada uno hacemos y pensamos, entonces ¿Por qué tenemos que venir al recinto que está aquí enseguida y, además, contarle al jefe de la organización los pecados [¡!] cometidos?” De pronto, el silencio se apoderó del lugar y, con la cara desencajada, aquella  mujer con voz trémula no tuvo mejor respuesta que emitir un “Siéntate.” Y a otra cosa. El chamaco ni idea tenía de que había mordido la manzana del conocimiento y mucho menos que su planteamiento mucho tenía que ver con lo que afirmara un filoso germánico quien viviera entre finales del siglo antepasado y  principios del pasado. Como no encontró respuesta a su pregunta, pues primero quiso convencer a su amigo de que no era necesario ir al recinto anexo en donde se efectuaba el ritual, y después lo empezó a comentar con otros de los asistentes. Esas charlas llegaron a los oídos de las damas  causándoles inquietud, necesitan encontrar un remedio, ese chamaco “podía echar a perder a las demás criaturas.”

Se aproximaba el momento en que habría de determinarse quienes habían concluido satisfactoriamente el proceso de “preparación.” Pero antes de que eso sucediera, era necesario resolver el caso de aquellos chamacos que no daban el tipo requerido para ingresar plenamente a la organización. La incapacidad para poder dar una respuesta certera a un cuestionamiento lógico se había convertido en algo que inquietaba al par de damas quienes eran presa de la angustia. Ante eso, fueron a consultarlo con quien consideraban les habría de dar luz para emitir una respuesta acorde con las reglas de la organización. Una vez iluminadas, procedieron en consecuencia. 

La dama de estatura menor  era la encargada de determinar quién estaba o no “preparado.” En ese contexto, mandó llamar a las madres de aquel chamaco y a la de su amigo. Así, sin más, les dijo que sus infantes no estaban “preparados” para  acceder a ser miembros permanentes de la organización, que se los llevaran y volvieran el año próximo. Era una respuesta concordante con las formas en que aquella organización actuaba ante los rejegos, se optó por la medida mas fácil, la expulsión. Pero aquella historia tendría un epilogo.

Finalmente, las madres del aquel par de impíos, motivadas más por el orgullo propio que por el hecho de que, a esas alturas, les importara mucho que  entraran o no a la organización, encontraron quien los “preparara” y, dos meses más tarde, los infantes  pudieron pasar a ser  miembros plenos de la organización. 

Trascurrieron un par de años y ahora el convencimiento se dio a la inversa. Su amigo persuadió al chamaco preguntón de que participara en un grupo de infantes que se congregaban en el mismo lugar de donde lo habían expulsado. Las reuniones eran, también, los sábados, pero por la tarde. Uno de esos días, mientras esperaban que llegara la hora de entrar a la sesión correspondiente, los niños se divertían correteando en el espacio que separaba al sitio en que se efectuaba el ritual y el portón de la entrada. En una de esas, mientras el otrora cuestionador  perseguía a otro, la mano de uno con más edad, cuyo apellido resonaba a plástico, empujó el portón de hierro forjado y, sin que poder inmanente alguno lo impidiera, fue a parar hasta el momento en que encontró la cabeza de aquel quien se portara de manera inquisitiva años antes. La sangre brotó a borbollones y los otros chamacos no encontraron mejor solución que cargar al herido y, en brazos, trasladarlo a su domicilio. A lo largo de cuatro cuadras y media, distancia que separaba al recinto en donde se efectuaba el ritual de la organización y su casa, fue quedando el rastro de la sangre. Por si no le quedaba claro, eso de morder la manzana del conocimiento, sin saberlo, tenía consecuencias, Su presencia no era deseable ni por los alrededores, ni en el recinto en donde la organización celebraba el ritual. No quiso esperar un tercer aviso. La expulsión había sido decretada y más le valía entenderlo…  [email protected]

Añadido (22.32.123) Las cosas marchan al revés. En tres encuentros del panbol mexicano, efectuados el fin de semana anterior, se anotaron más goles (17) que las carreras (15) que registraron los Yankees en siete partidos.

Añadido (22.32.124) Otra del mundo al revés. En un concurso de 15 preguntas acerca de conocimientos sobre derecho penal, la graduada como abogada en Yale, Hillary Rodham Clinton fue superada 11 a 4  por la protagonista de “reality shows,” Kim Kardashian. 

Añadido (22.32.125) Para no quedarnos atrás en eso del mundo al revés. Encontramos imágenes las cuales mostraban, en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, un ring sobre el cual los enmascarados luchaban a dos de tres caídas, sin límite de tiempo. Ni modo que ahora  digan que de ahí no parten vuelos. Abundan y salen desde  la cuerda tercera… 

Añadido (22.32.126) ¿Hasta cuándo prevalecerá el apoyo del Partido Verde a Morena tras del manejo desaseado  en el asunto de los jesuitas y los ataques a las clínicas de las Farmacias  Similares y el Dr. Simi?

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