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Coahuila

LA FIFA y Qatar

Por Federico Muller

Hace 3 años

Qatar, nación árabe del Golfo Pérsico con una población que no sobrepasa los 3 millones de habitantes, está asentada sobre una limitada extensión territorial que lo coloca como uno de los países más pequeños del mundo; si se compara con la zona metropolitana de la Ciudad de México, cabría sin dificultad más de una vez.

La procedencia de la riqueza qatarí es sin duda la explotación de las fuentes de gas y petróleo, energéticos que exporta a las economías desarrolladas. De ser una pequeña comunidad de pescadores de ingresos bajos, después de la Segunda Guerra Mundial pasó rápidamente a convertirse en potencia media, con un ingreso per cápita de 50 mil dólares en 2020; la fuerza laboral que demandaba ese vertiginoso crecimiento se obtenía con trabajadores extranjeros, principalmente de nacionalidad india. El mosaico demográfico que se ha configurado, atestigua las oleadas de migrantes que han llegado para quedarse. De cada 100 habitantes, 85 son foráneos y el resto, local.

Otro desequilibrio que se ha formado en la balanza poblacional, como consecuencia de lo anterior, es el relacionado con la cantidad de mujeres con respecto a los varones. La demografía femenina representa solo 25% de la población total, la cual se concentra en ciudades como Doha, la capital, y otras de importancia periférica (Fuente: BM, 2020). Esas desventajas tan sui generis del país beduino, que no abonan para mantener la estabilidad política en el largo plazo, se han neutralizado con la instauración de gobiernos monárquicos procedentes de familias dinásticas de donde emergen los jeques, quienes consideran preceptos religiosos para formular leyes, encargadas de normar la vida social de los habitantes, que explican el porqué de los altos estándares morales que exigen cumplir a la sociedad, algunos de ellos violatorios de los derechos civiles, como sanciones a comportamientos impropios en la vía pública, desde luego, es un juicio que se hace desde la cosmovisión occidental, cuya cultura es diferente y en algunos casos hasta opuesta, a la de los países árabes.

En la idiosincrasia de estos países, la práctica del deporte amateur, o profesional, no es parte del estilo de vida del ciudadano promedio, y por ende está ausente de la agenda pública de los monarcas. Sin embargo, la demografía, geografía y el arraigo deportivo pasan a un segundo término cuando se tienen los recursos monetarios gubernamentales para cumplir con un objetivo de carácter político o económico, o ambos, sin descartar la cristalización del deseo incuestionable del monarca por participar como anfitrión de algún evento de cobertura mundial, como es la vigésima segunda edición de la Copa Mundial de Futbol Qatar 2022.

Con la suficiencia de ingresos, se logró cubrir las demandas técnicas y logísticas que exigía la Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA) para organizar la justa deportiva. Lo que llama la atención es que la sede qatarí se elegía en 2010, bajo la presidencia de Joseph Blatter, quien tuvo que abandonar el cargo tiempo después acusado de malos manejos, lo que deja la duda sobre la transparencia del proceso de selección, si no fue suficiente el cumplimiento de los compromisos técnicos, sino que hubo acuerdos complementarios y soterrados entre las autoridades del futbol y los organizadores. Precisamente en 2010 también aspiraban a organizar el campeonato de futbol Australia, Japón y Corea del Sur; el primero de ellos nunca había organizado un mundial, al igual que Qatar hasta ese año, argumento que utilizó la FIFA para descartar a los dos países del sudeste asiático que contendían por la sede.

Una fuente informativa digital nacional reprodujo hace unos días una entrevista que le hicieron a Blatter en Suiza, ya enfermo e inhabilitado para ejercer cargos en la administración del futbol. Declaró que fue un subalterno, de nacionalidad francesa, quien lo convenció de elegir al país árabe, de lo cual ahora se arrepiente. En su tardía defensa, y para tratar de lavar en algo su deteriorada reputación, asegura que más tarde el Gobierno francés vendió armamento al de Qatar. La telaraña de la corrupción no tiene fronteras ni preferencias por gobiernos democráticos o no, lo mismo atrapa a organizaciones de beneficencia que a deportivas.

 

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