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Coahuila

La fuerza de la fatalidad

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 8 meses

Y va de cuento.

María era una joven bella, blanca, de ojos azules; originaria de una ranchería de la sierra de Arteaga, en el sureste de Coahuila, que vino a la ciudad en busca de mejores oportunidades y se empleó como sirvienta en una casa de una familia rica que le dio cobijo, comida y salario.

Su vida transcurría normalmente y, aunque un poco lejos de su familia, contaba con el aprecio de quienes le dieron alojamiento y empleo.

Sorpresivamente, María resultó embarazada y dio a luz a una preciosa bebé. Sus patrones se vieron en la obligación de atenderlas a ambas, mientras pasaba “la cuarentena” y la mujer pudiera reintegrarse a sus actividades, sin perder de vista a su crío.

Lo que le pasó a María es un drama sobrecogedor de la vida real que puede ser material para una obra de teatro, una película, una telenovela, o un cuento, cuya narrativa no es ficción, pues trata de un suceso con personajes reales, no imaginarios.

La chica que había sido abusada por el patrón enloqueció; tal vez sufrió depresión perinatal, un trastorno del estado de ánimo que ocurre durante el embarazo y después del parto, que enloqueció a la mujer que expresaba fuertes sentimientos negativos hacia la niña, aversión, odio y arrepentimiento por su nacimiento, según comentaron quienes le dieron empleo, comida y hospedaje a cambio de su trabajo.

De la noche a la mañana María, tomó la calle como hogar y deambulaba de un lado a otro cargando en un costal “su recamara”, pues pernoctaba donde se le hacía noche. Algunas veces se quedaban en el pequeño portal que formaba la entrada a la estación radiodifusora XESJ de Saltillo.

La gente la identificaba como María Liachos, recorría la ciudad en busca de alimento y consecuencia de la misma enfermedad que padeció durante el resto de su vida.

Pasaron los años y Bertha, que así denominaron sus padres adoptivos a la hija de María, llegó a la adolescencia y fue inscrita en la Benemérita Escuela Normal del Estado y la fuerza del destino las reencontró. Durante su estancia en esta institución, en muchas ocasiones dialogó con María Liachos. Ella no sabía que María era su madre, pero esa sí; jamás le dijo nada sobre su origen.

Una vez concluida la carrera, Bertha no ejerció su profesión y se casó con un norteamericano que se la llevó para siempre a residir en Estados Unidos.

María Liachos murió en el asilo el Ropero del Pobre, a donde llegó anciana para pasar los últimos días de su vida.

 

La anécdota

Regularmente se introducía a las oficinas de la radioemisora XESJ, porque niños y adultos la hacían renegar, gritándole “¡María!”, lo cual a ella disgustaba mucho y, temerosa, se refugiaba ahí. Algunos locutores le echaban piropos en broma y ella, avergonzada, decía: “¡No por favor, no!”, y pedía protección al administrador Antonio Escobedo Casas.

Ahí por las mañanas (o por las noches) se le ofrecía café y pan.

“¿Gustas una tacita de café María?”, le decía el licenciado Jorge Ruiz Schubert, gerente de la radiodifusora.

Y ella replicaba:

“¿No será mucha molestia, licenciado?”.

 

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