Coahuila
Hace 3 años
Eran celebres las posada y la misma celebración de la Navidad del niño Jesús en mi barrio “El Ojo de Agua” del Saltillo.
Una auténtica devoción la de la gente de ese sector de la ciudad, al organizar el recorrido, un evento pagano-religioso muy tradicional en México, y en nuestro barrio no era la excepción.
Cada uno de los nueve días representa un valor que los habitantes de la barriada cumplían al pie de la letra, pues se conducían con humildad, fortaleza, desapego, caridad, confianza, justicia, pureza, alegría y generosidad.
Tras los cánticos tradicionales, los vecinos llevaron en andas a José y María, porque la Virgen estaba a punto de dar a luz al salvador, pedían un espacio o un lugar donde la abnegada mujer pasara la noche, y desde adentro del domicilio escogido, otros vecinos a regañadientes aceptaban que la pareja se hospedara ahí.
Hay una anécdota sobre este particular.
Recién llegado a la ciudad, monseñor Raúl Vera López ofició una misa, y al final pidió la atención de los feligreses congregados en Catedral.
“Estoy solicitando a una familia que quiera recibir una pareja de peregrinos, que vienen muy cansados y quisieran hacer una escala aquí. Ella está embarazada y el señor trae una pierna rota”.
Ninguno de los asistentes levantó la mano. Monseñor Vera López dijo sonriente, “pues ni modo, no encontraron alojamiento José y María, así es que se quedan conmigo”. Eran unas figuras que el prelado había traído desde Chiapas, donde anteriormente oficiaba.
En mi barrio “El Ojo de Agua” era muy famosa Lupanita la rezandera y muy solicitada, tanto para las posadas, como para el rosario en la acostada y levantada del Niño Dios.
Se echaba hasta ocho rosarios por noche y salía de los domicilios cargada con bolsas de tamales y bolos. Hasta se le inventó una frase: ¡La gente bostezaba y bostezaba y Lupanita no llegaba!
Con qué entusiasmo esperábamos los chiquillos del barrio las posadas y la celebración religiosa de la Navidad. Niños y adultos nos uníamos, primero en el peregrinar por el barrio con María y José en andas (a hombros o sostenido en alto por varias personas), solicitando posada. Las letanías y los cantos se entonaban con profunda devoción y seriedad. Era una fiesta religiosa, que terminaba en algún domicilio donde regularmente se ofrecían bolos, buñuelos, tamales y champurrado para los asistentes.
Qué lejos han quedado aquellos años infantiles, donde los mayores nos organizaban en procesión haciendo las nueve visitas reglamentarias. A mí me gustaba mucho la posada del Colegio Zaragoza en sus antiguas y originales instalaciones en Hidalgo y Práxedes Peña, donde tras el evento religioso, nos regalaba una enorme bolsa de papel de estraza con golosinas y naranjas. Algunas veces nos obsequiaban ropa y zapatos ya usados en buen estado, que donaban los jóvenes ricos que acudían a esa institución escolar.
Era otro tiempo, era otro Saltillo. Había hambre y pobreza en la barriada.
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