Coahuila
Hace 1 semana
Europeos y tlaxcaltecas dejaron una herencia culinaria relacionada con la elaboración de dulces, denominados regionales o típicos de esta región, a partir de sus conocimientos sobre el manejo del azúcar extraído a la caña y la combinación de frutos, traídos por los propios colonizadores y los aborígenes sureños, como membrillo, perón, manzana, ciruela, así como nueces y dátiles, o los piñones.
Incluso productos del semidesierto, como la biznaga o la calabaza de castilla, el chilacayote y el camote.
Desde entonces, la ciudad se ha distinguido en el procesamiento de originales productos, desde la famosa cajeta de membrillo hasta los dulces de leche.
Todo comenzó a nivel casero, las recetas se fueron heredando con el paso del tiempo y, hasta nuestros días, conservan esa esencia.
Hubo quienes lo hicieron comercialmente, como doña María, en el primer tercio del siglo pasado con su primera fabrica de jamoncillos de leche y cacahuate garapiñado, que se localizaba en la línea divisoria entre el barrio del Ojo de Agua y la colonia Bella Vista. Allá mismo por muchos años fue numero en la elaboración de dulces don Prócoro García, quien no sólo vendía en Saltillo, sino surtía pedidos para el interior de la república y algunas áreas del estado de Texas.
En la era moderna figuran los dulces de la calle de Salazar y Tres Rosas, de doña Rosa Ofelia de la Peña.
Esta última dulcería tiene una historia familiar arraigada desde los años 50, comenzando con la receta de la abuela, hecha sólo en diciembre para clientes y familia; la tradición se comercializó formalmente tras el matrimonio de la fundadora, con el apoyo de sus hijos, convirtiéndose en un referente de dulces regionales como las Glorias (rellenas de nuez, dátil, etc.) y otros dulces artesanales, manteniendo viva una receta transmitida por generaciones en Coahuila.
Cuando llegaron los tlaxcaltecas a habitar el Valle de Santiago, hoy Saltillo, comenzaron a mezclar la harina de trigo, con el pulque y azúcar de caña, para procesar el famoso pan de pulque, símbolo gastronómico original de nuestra ciudad; recibieron la enseñanza de los españoles en la ahora llamada industria panificadora.
Al haber en ese tiempo, ganado caprino y después bovino, las especies finas que traían ellos como la canela, se elaboró la leche quemada, también trajeron las primeras plantas de nogal importado de las tierras españolas y la planta del membrillo; de ahí empiezan a hacer combinaciones de lo que sería la confitería criolla, combinando entonces estos ingredientes como azúcar, leche, canela y nuez. Estas familias, junto con los frailes que llegaron en ese tiempo, aprovecharon el fruto del membrillo y hacen la combinación de agua, fruta y azúcar para elaborar la famosa cajeta de membrillo, tradición que ha perdurado durante más de cuatro siglos.
Aunque en poca escala, las tradiciones continúan con la elaboración de cajetas, conservas y jaleas de membrillo, durazno, pera, higo, manzana, tejocote, entre otros frutos regionales.
A la mitad del siglo pasado, en la huerta de doña Jacinta de Anda, anualmente y en temporada se elaboraba una buena cantidad de cajetas, conservas y jaleas a partir de la producción de sus propios membrillos, higos, duraznos, perones y ciruelos, en un espacio que comprendía desde el recodo que forma el callejón del Ojo de Agua, hasta la calle General Cepeda, sur, ahora convertido en un complejo habitacional del barrio homónimo, ahí donde brotó también el nombre de Saltillo.
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