Querida persona lectora:
En algunas ocasiones, en este mismo espacio, hemos reflexionado sobre lo preciado y valioso que es el tiempo: el único bien que avanza de manera inexorable y que es imposible recuperar.
En esas ocasiones, nos cuestionamos sobre el valor que este recurso tiene para cada una de nosotras y nosotros y analizamos el derecho, y el deber, de establecer prioridades para dedicar tiempo y energía a lo que realmente consideramos importante.
Para cada persona, el valor del tiempo es algo profundamente personal y cada quien debería tener la posibilidad de aprovecharlo según sus propios criterios.
Asimismo, es fundamental aprender a respetar el tiempo ajeno, especialmente el de aquellas personas que siempre muestran apertura y disponibilidad.
Sin embargo, en la cotidianidad, ese respeto parece diluirse y transformarse en una pretensión de disponibilidad obligatoria.
Podemos observar con cierta frecuencia cómo, casi sin darnos cuenta, el tiempo individual deja de pertenecernos para convertirse en un recurso totalmente expuesto al uso y abuso del entorno.
No me refiero a las situaciones legítimas que la vida o ciertos roles nos imponen y con las que tenemos que cumplir.
Hago referencia, más bien, a esas sutiles pero constantes invasiones ajenas que ocurren cuando asumimos que la disponibilidad y capacidad de resolución de alguien es un pozo inagotable. Esto se traduce en lo que podríamos llamar la “indebida expropiación del tiempo ajeno”.
Este fenómeno se puede manifestar, por ejemplo, cuando alguien no considera necesario respetar nuestros tiempos de descanso y desconexión o cuando surge la obligación de subsanar deficiencias externas.
Es el tiempo que se invierte en arreglar descuidos laborales o en corregir lo que, por falta de compromiso, capacidad o pericia, quedó a medias o se ejecutó de forma incorrecta.
Esta carga termina siendo absorbida por personas responsables, lo que transmite un mensaje que infiere que la eficiencia es “premiada” con una mayor carga de trabajo.
Es un escenario en el que la responsabilidad y el compromiso se convierten en un arma de doble filo: quienes más resuelven son precisamente quienes reciben más tareas, muchas de las que son problemas que corresponden a otras manos.
Esta expropiación es también emocional. Es el tiempo que se consuma en resolver conflictos derivados de quejas fundadas en una profunda incapacidad emocional del entorno.
Si bien la escucha, el dialogo, la empatía y el acompañamiento son pilares fundamentales de toda relación humana sana, el problema surge cuando se transforman en demandas constantes y justificaciones frágiles de los incumplimientos personales.
Esto que demuestra, probablemente, una falta de herramientas para gestionar las crisis personales y un intento de trasladar a alguien más las consecuencias de las propias decisiones.
Esta dinámica, a mediano y largo plazo, obliga a las personas receptoras a dejar de lado aquello que realmente desean o deben hacer por atender las ineficiencias y exigencias ajenas.
Sus obligaciones y anhelos se desplazan al último lugar de la lista de pendientes. Y aún más grave: se sacrifica el tiempo de calidad y cuidado personal, ese espacio sagrado de autonomía y dignidad que cada ser humano debería tener para reencontrarse consigo mismo fuera de un rol profesional o social específico.
En la elección y ejecución de un plan de vida, la gestión del tiempo es el eje central que garantiza su calidad.
La irresponsabilidad y las demandas excesivas de personas terceras tienen un costo muy alto: el esfuerzo y el tiempo ajenos.
La generosidad y eficiencia no son una carta blanca que autoriza el descuido propio o el incumplimiento de las tareas de cada quien.
Si, por un lado, el respeto del tiempo ajeno es un acto de civilidad, por el otro aprender a proteger el propio es un acto de profundo respeto y dignidad hacia nosotras y nosotros mismos.
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