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Coahuila

La hoja en blanco no perdona a nadie

Por Susana Cepeda Islas

Hace 3 meses

En una ocasión escuché una plática; era un grupo de tres personas que se encontraban cerca de mí. Una de ellas, con aires de superioridad, alardeaba con una serie de argumentos que, obviamente, buscaban hacerla aparentar ante las otras personas una gran inteligencia. Uno de sus comentarios hizo que mis ojos se desorbitaran y mi boca se abriera, como si necesitara tragar una gran bocanada de aire. Dijo, sin ninguna modestia: “Escribir es lo más fácil”. Estuve tentada a intervenir en la conversación para preguntarle con enorme curiosidad, ¿cómo se logra?, y pedirle que me compartiera su mágica fórmula para conseguir hacerlo.

Todos los que intentamos ser escritores nos enfrentamos en algunas ocasiones a la hoja en blanco: al iniciar, nos bloqueamos. Nos tropezamos con la angustia de la falta de ideas y el miedo paralizante de que, una vez escritas, las ideas no sean suficientes para crear un buen texto. Creo que la mente nos juega una mala pasada: cada palabra escrita es juzgada antes de terminar la frase. Es inevitable el tartamudeo mental, oraciones que se arman y se destruyen sin llegar nunca a formar una idea concreta. Porque no es lo mismo escribir sobre algo específico que escribir cualquier cosa, ya que la libertad absoluta, lejos de facilitar, paraliza.

Una terrible confusión invade al escritor y le impide escribir. La hoja está en blanco porque el pensamiento también lo está, aunque no siempre se note a simple vista. Frente a esto, lo que suele funcionar no es esperar la inspiración, sino traicionar el silencio: escribir algo imperfecto a propósito, empezar por la mitad, ponerle límites a lo ilimitado. La hoja deja de dar miedo en el momento en que se delinean las primeras palabras.

La curiosidad me llevó a la búsqueda de los rituales que utilizaban algunos escritores para enfrentar la escritura. Empezaré por Gabriel García Márquez, quien escribía por las mañanas, que era cuando sentía la mente más despejada, solía trabajar por varias horas seguidas en absoluto silencio y decía que escribir era como un oficio que exigía disciplina diaria. Ernest Hemingway, acostumbraba a escribir de pie, frente a un atril; comenzaba al amanecer y se detenía cuando aún sabía cómo continuaría la historia al día siguiente, evitando quedarse en blanco al retomar el trabajo. Virginia Woolf: defendía la importancia de tener “una habitación propia”, necesitaba un espacio íntimo donde nadie interrumpiera el flujo de sus pensamientos. Agatha Christie, por su parte, encontraba que sus mejores ideas surgían mientras lavaba los platos o realizaba actividades rutinarias y aprovechaba esos momentos para resolver los enigmas de sus novelas.

También encontré los rituales de otros escritores como el gran Honoré de Balzac, que bebía enormes cantidades de café, convencido de que estimulaba su imaginación; Víctor Hugo, en cambio, pedía que le ocultaran la ropa para no salir de casa y obligarse a escribir; Marcel Proust era escribir de noche, en una habitación con paredes recubiertas de corcho para aislar el ruido y evitar distracciones; y Stephen King acostumbra a escribir todos los días alrededor de 2 mil palabras, incluso cuando no se siente inspirado.

Entre las recomendaciones más comunes para vencer la hoja en blanco se encuentran: fijar un horario; tener un espacio definido, libre de interrupciones; encontrar una señal para iniciar un texto –puede ser escuchar la música de nuestra preferencia, usar un cuaderno especial, o preparar una bebida–; y detener la escritura cuando la mente y el cuerpo estén agotados. Considero que el mejor ritual es aquel que abre de par en par la puerta de entrada a la escritura. Vencer la hoja en blanco se logra gracias a la disciplina y la constancia, que resultan más eficaces que esperar horas a que llegue la tan ansiada inspiración. Al respecto, Pablo Picasso expresó: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. La idea es empezar y todo fluye hasta, por fin, tener un texto.

Tal vez, después de todo, aquella mujer tenía razón: escribir es lo más fácil del mundo. Pero sólo lo dice quien nunca se ha sentado, de verdad, frente a la hoja en blanco.

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