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Coahuila

La importancia de la educación media superior en contextos regionales

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 3 semanas

Cuando hablamos del desarrollo de una comunidad, con frecuencia pensamos en infraestructura, inversión, empleo o seguridad. Sin duda, todos son factores fundamentales para el crecimiento de una región. Sin embargo, existe uno que, aunque a veces pasa desapercibido, tiene la capacidad de transformar el presente y el futuro de cualquier sociedad: la educación media superior.

Después de más de 26 años dedicado a la educación, estoy convencido de que el bachillerato representa mucho más que una etapa académica entre la secundaria y la universidad.

Es el momento en el que muchos jóvenes comienzan a definir el rumbo de su vida.

La educación media superior coincide con una de las etapas más importantes del desarrollo humano. Es el tiempo en que los adolescentes construyen su identidad, descubren sus fortalezas, enfrentan nuevos retos y empiezan a tomar decisiones que influirán en su futuro profesional, personal y social.

Por ello, el papel de las preparatorias resulta determinante.

No sólo forman estudiantes.

Forman ciudadanos.

En regiones como la nuestra, donde muchas familias trabajan con esfuerzo para brindar mejores oportunidades a sus hijos, la educación media superior adquiere un significado aún más profundo. Para numerosos jóvenes, concluir el bachillerato representa la posibilidad de convertirse en la primera generación de su familia en acceder a estudios universitarios, obtener un mejor empleo o romper ciclos de desigualdad que durante años parecían inevitables.

Cada alumno que permanece en la escuela es una oportunidad para construir un mejor futuro.

Pero también es una responsabilidad compartida.

Como director de la Escuela de Bachilleres “Lic. Luis Donaldo Colosio Murrieta”, de la Universidad Autónoma de Coahuila, he tenido la oportunidad de conocer historias que reflejan el enorme valor de la educación regional. Jóvenes que recorren largas distancias para asistir a clases, que combinan el estudio con el trabajo para apoyar a sus familias o que enfrentan dificultades económicas sin renunciar a su preparación.

Cada uno de ellos nos recuerda que estudiar sigue siendo un acto de esperanza.

Sin embargo, también enfrentamos desafíos importantes. La deserción escolar, las limitaciones económicas, la falta de orientación vocacional, el impacto de las redes sociales, la salud mental y la incertidumbre sobre el futuro son realidades que no podemos ignorar.

Ante este panorama, las escuelas debemos ofrecer mucho más que un plan de estudios.

Debemos convertirnos en espacios donde los jóvenes encuentren acompañamiento, oportunidades y confianza para desarrollar su proyecto de vida.

La educación media superior no puede entenderse únicamente como un requisito para ingresar a la universidad.

También debe preparar a quienes decidan incorporarse al mundo laboral, emprender un negocio o desarrollar un oficio con responsabilidad, ética y compromiso social.

Educar implica brindar herramientas para enfrentar la vida con dignidad.

En este proceso, la vinculación con la comunidad resulta esencial. Las instituciones educativas deben fortalecer la relación con el sector productivo, las universidades, las organizaciones civiles y las autoridades, para que los estudiantes conozcan las necesidades de su entorno y descubran las oportunidades que existen en su propia región.

Cuando la escuela y la comunidad trabajan de la mano, el aprendizaje cobra un sentido mucho más profundo.

Los jóvenes dejan de ver su educación como una obligación y comienzan a entenderla como una herramienta para transformar su realidad.

Las familias también desempeñan un papel decisivo. Su respaldo, confianza y acompañamiento son factores que fortalecen la permanencia escolar y motivan a los estudiantes a concluir esta etapa con éxito. Ninguna institución puede sustituir el apoyo de un hogar que valora la educación y alienta a sus hijos a seguir preparándose.

Después de tantos años trabajando con adolescentes, sigo creyendo que el verdadero desarrollo de una región no se mide únicamente por sus indicadores económicos o por las obras que se construyen.

También se mide por la cantidad de jóvenes que encuentran en la educación una oportunidad para crecer, servir a su comunidad y construir un futuro mejor.

Cada estudiante que concluye el bachillerato representa una inversión en el presente y una esperanza para el mañana.

Porque una región que apuesta por la educación media superior no sólo forma profesionistas.

Forma líderes, emprendedores, ciudadanos comprometidos y personas capaces de impulsar el desarrollo de su comunidad.

Y esa, sin duda, es una de las mejores decisiones que una sociedad puede tomar.

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