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La imposición del Marxismo

Por Francisco Martín Moreno

Hace 4 años

En países engangrenados por la descomposición del poder político, amenazados, además por desequilibrios económicos y sociales; en naciones escindidas por abismales diferencias educativas, por el analfabetismo y la desnutrición para ya no citar los lamentables efectos de la religión ni del ecocidio en la generación de la riqueza; en sociedades donde la concepción misma del progreso, la mística espiritual está reñida con la evolución material y las diferencias en los mismos niveles socioeconómicos constituyen peligrosas bombas de tiempo que de llegar a detonar alejarían, desde luego, cualquier otra posibilidad de conquistar pacíficamente el bienestar, resulta temerario abandonar a toda suerte de indefensión a los desposeídos dentro de una economía de mercado desenfrenada y dominada por una concupiscencia insaciable en la que los objetivos comunistas no vendrían sino a acelerar la inercia hacia el desastre.

América Latina carece de una tradición democrática. Nuestro electorado apenas ha tenido experiencia en materia de sufragios genuinos. Los oídos latinoamericanos son sensibles al canto de las sirenas y se idealiza la promesa comunista como si el drama de la Europa del Este hubiera pasado desapercibido. ¡Cuántos peligros hay en un país de reprobados con tan bajos promedios de escolaridad…!

La actual contracción económica, la espiral inflacionaria, el caos sanitario, el avance incontrolable del narco, el desplome del empleo y de la inversión pública y privada, nacional y extranjera, la incertidumbre jurídica y política, la inseguridad pública, la ausencia de un Estado de Derecho, los millones de mexicanos de la clase media que de la noche a la mañana cayeron en la pobreza, oscurecen dramáticamente el horizonte de nuestro país.

En estas condiciones, la imposición del comunismo, o sea el justificado desafío de los marginados guiados por un populista para mejorar supuestamente sus niveles de bienestar, constituye cada día una realidad más palpable sobre todo si no se pierden de vista los niveles de explosividad social prevalecientes en nuestro país, en donde las últimas décadas de injusticia social, económica y educativa, produjeron la atmósfera necesaria para originar una nueva detonación que a nadie conviene, mucho menos a los marginados. Quien duerme en petate es susceptible de caer embelesado ante el canto comunista; quien padece hambre, carece de techo, de educación, de higiene, de agua corriente, en fin de los satisfactores mas elementales que exige la dignidad humana, quien carece de lo estrictamente indispensable y ha carecido de ello de generación en generación, puede esperar de la promesa comunista, que demostró hasta el cansancio su ineficiencia y su incapacidad de crear y generar riqueza, una posibilidad equivocada de bienestar.

México requiere de una izquierda visionaria y civilizada que represente en los grandes escenarios políticos nacionales a quienes han perdido toda esperanza y solo piensan en el feliz arribo del momento en que puedan ejecutar una represalia, cuyos orígenes se pierden en la noche de la historia.

Una sociedad, ya lo decía Revel, será más longeva en la medida en que más problemas resuelva, por contra, será más perecedera mientras menos resuelva.

En un país como el nuestro, la causa socialista, el socialismo democrático, en cuyo seno debe desarrollarse firmemente sujeta la economía de mercado, una izquierda sin la connotación totalitaria, representa el fiel de la balanza, para quienes habiendo participado o no en el proceso productivo obtienen un ingreso fijo o eventual con el cual deben poder sobrevivir sin verse acosados por las tasas de inflación ni por el comercio ya bíblicamente codicioso y usurero. Estos sectores mayoritarios en número llegarán a ser los titulares por abrumadora mayoría del poder político en razón exclusiva del peso de su voto.

De ahí que la tentación de las masas desposeídas de hacerse del poder público como un instrumento de represalia y justicia sea cada día mayor, en la inteligencia que las revoluciones, bien lo decía Revel, o sirven para concentrar aún más el poder o no sirven para nada.

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