“ Cuando cae la lluvia, nadie grita ¡alto!
Cuando los crímenes se acumulan, se vuelven invisibles. Cuando el sufrimiento se torna insoportable, los gritos ya no se oyen. Los gritos también caen como la lluvia en verano.” B. Brecht
La desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero; es uno de los episodios más dolorosos de violación de los derechos humanos. Calificado como crimen de Estado hace evidente la colusión activa y la omisión pasiva de las autoridades y de la sociedad.
Perpetrado la noche del 26 de septiembre de 2014 inició con el asesinato de seis personas y veinte heridos y continúa hasta hoy con la desaparición forzada de 43 jóvenes. Se ha probado la participación directa y la complicidad del Estado que en lugar de proteger, operó con los delincuentes.
El crimen de Estado cometido en Ayotzinapa, transformó el sistema político y se convirtió en el fin de los partidos políticos tradicionales.
Acabó con la narrativa de la modernización que planteaban las reformas estructurales del PRI y a nivel local, destruyó la identidad moral del PRD para siempre.
Doce años después, persiste la impunidad: la demanda de los colectivos de familiares, se estrella en el poder político militar y en la incapacidad institucional, que revela la crisis de la procuración de justicia y la persistencia de redes de macro criminalidad.
La aprehensión del ex gobernador Ángel Aguirre Rivero pondría en evidencia el papel de su gobierno en el encubrimiento del caso. De acreditarse que la desaparición de pruebas no fue un error técnico, sino una operación deliberadamente estructurada desde el poder.
El titular del ejecutivo responsable directo de proteger el orden público a través de políticas y medidas de seguridad, presuntamente, ordenó de manera directa la destrucción de las cámaras que habían captado el momento exacto en que la policía estatal y municipal agredieron aquel autobús Estrella de Oro donde viajaban los estudiantes desaparecidos.
De confirmarse, desgasta la versión construida por la administración de Peña Nieto, que afirmaba el destino de los cuerpos al basurero de Cocula por qué esta historia requirió de la mentira Estatal para proteger a los involucrados.
Y nos confirmaría lo que gritamos, desde entonces en la calle ¡fue el Estado!
Picoteando las piedras
de alguna noche,
en ruido de celofán
lloverá mi recuerdo
harán cuenco mis manos
en custodia ahogada
por las vidas que fueron
porque vivas regresen.
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