Hoy en algunas ciudades se efectúa una marcha para defender al INE y a la democracia. Marchan codo con codo los panistas del “haiga sido como haiga sido” de 2006 junto con los priístas que por décadas han sido los amos del fraude electoral. Participan varias organizaciones en medio de la polarización de ideas en la que cada grupo difiere en lo que entiende por democracia.
Parece que a todos se les olvida que en un sistema democrático es indispensable escuchar otras voces y dialogar civilizadamente, se esté de acuerdo o no. Por ello resulta importante escuchar al único orador en la marcha de hoy, José Woldenberg, quien fue pieza clave en la transición democrática de México hace ya más de 20 años. Es innegable que su impecable conducción del IFE le ganó un sitio que nadie podrá regatearle. El IFE de Woldenberg es un referente de institucionalidad y limpieza electoral que ninguno de sus sucesores ha podido igualar bajo sospecha de turbios manejos.
Woldenberg, egresado de la UNAM, denunció activamente el sindicalismo universitario, luchó en el sindicato independiente universitario como líder y se incorporó al PRD privilegiando el debate entre posiciones distintas, con inclinación natural a la tolerancia, siempre dispuesto a escuchar. Hombre de temple suave, carácter amable y una decencia natural, se comportó siempre como demócrata.
En 1989 participó en la creación del Instituto de Estudios para la Transición Democrática (IETD) donde coincidió con sus colegas perredistas, pero también con priístas y una mayoría sin afiliación, y al mismo tiempo empezó a distanciarse del PRD. En 1990, mientras su partido se negaba a impulsar una transición pactada con el gobierno, el PAN negociaba reformas que había propuesto hacía décadas y que finalmente cristalizaron en la fundación del IFE y del Tribunal Electoral. Woldenberg renunció al PRD en 1991 y ese mismo año el IFE comenzó lentamente a acreditarse en las elecciones intermedias.
A partir de entonces, al mismo tiempo que presidía el IEDT, se dedicó a analizar con profundidad la legislación electoral y a proponer reformas para apoyar la transición hacia la democracia. En 1994, con la mayoría calificada, la Cámara de Diputados lo nombró consejero ciudadano del IFE y tras la reforma electoral de 1996 fue nombrado consejero presidente, puesto que desempeñó hasta 2003.
A partir de esa transición democrática quedó claro que es obligación de todos participar para defender lo que se ha logrado, pero también es obligatorio participar para mejorar esa democracia.
Sabemos que la democracia es el gobierno de las mayorías, pero no se debe olvidar que debe ser con respeto a las minorías. Por supuesto que la mayoría tiene derecho a llevar adelante sus programas de gobierno pero siempre dentro del marco de las leyes, en un clima de libertad en el que la voz de las minorías pueda expresarse sin temor al insulto ni a las represalias. Ningún gobierno por más democrático que haya sido electo tiene derecho a pasar por encima de los derechos de quienes no piensan como él, de lo contrario, no sería democrático.
La democracia debe invitar a la tolerancia, en la que prevalezca el respeto que todos nos debemos. Por ello la democracia debe permitir la crítica -y obviamente la autocrítica- porque de prevalecer la verdad única se estaría privilegiando la opresión y la represión. Debe favorecer la convivencia en la que se pueda dialogar y debatir de manera civilizada, donde se pueda escuchar y ser escuchado aunque eso no quiere decir que deba haber una coincidencia de opiniones.
Desafortunadamente en México los regímenes no permiten la crítica, no valoran la tolerancia, no ejercen la civilidad, no respetan a las minorías y suelen pasar por encima de las libertades y hasta de los derechos humanos. No se puede perder de vista que el acto decisivo de la democracia es la capacidad de castigar con el voto para separar al mal gobernante del poder, del partido que sea.
A final de cuentas defender la democracia es obligatorio para quienes creen en ella siempre dialogando para fortalecerla. Sin embargo eso no quiere decir que deba tolerarse que las instituciones trabajen con parcialidad e impunidad y mucho menos solapar a quienes ahí operan.
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