No me quiero imaginar la fiesta de XV años de Clara Brugada, en medio de nubes de hielo seco y de ramos de nardos recién comprados en el mercado de Jamaica. Me la imagino perfecto con una coronita de brillantes sobre una melena de bucles, descendiendo una escalera de caracol. Me la imagino con una enorme sonrisa, como su boca, saludando con su mano enguantada a sus doce chambelanes vestidos con trajes de satín color lila. La quinceañera lleva un vestido súper vaporoso del mismo color. Lleva unos pendientes de bisutería de fantasía, larguísimos, que le llegan hasta su cuello de cisne, y un collar de cristal le ilumina sus bellos ojos.
Clarita está feliz. Era su sueño su fiesta de XV años con su pastel de cuatro pisos cubierto de betún morado. Con qué felicidad habrá bailado su primer vals: Sobre las olas. Clarita por aquí, Clarita por allá y “qué hermosa te ves”, le dicen sus compañeras de la secundaria. Las pestañas de Clarita son tan largas y rizadas que apenas puede abrir los párpados cubiertos de sombras lilas. Sus labios grandes y pulposos están pintados de rosita nacarado, del mismo tono que sus uñas muy largas y limadas por Lupita, la mejor manicurista de su barrio.
“Nuestra hijita va a llegar muy lejos”, le susurra el padre de la festejada a su esposa, quien se encuentra en la mesa principal del salón que se alquiló para tal evento: “Ella quiere ser política y lo va a lograr por audaz y ambiciosa”, comenta la madre con una sonrisa pícara. Mientras Clarita baila el vals, los invitados le aplauden y le sonríen con ternura. “Parece princesa salida de las cartas que la Marquesa de Sévigné le escribió a su hija”, opina su maestra de literatura.
Andando el tiempo nuestra Clarita, la quinceañera soñadora, se convirtió, quién lo iba a decir, nada menos que en la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Qué gratificación y reconocimiento para esta ciudadana tan preparada y tan leal al movimiento de la 4T. Ahora la llamada la marquesa del Ajolote, por aquello de los arbotantes dorados que engalanan la estación Hidalgo, más el candil al estilo francés, adora los dorados como Trump. Lo que no se puede negar es que ella sigue conservando su sencillez y autenticidad, es tan cercana al pueblo y tan humanista, que no podemos más que hacer una reverencia ante su figura.
Lo más admirable de ella es que sus gustos en su arreglo personal no han cambiado un ápice desde que tenía 15 años. Todos los días estrena aretes nuevos, largos, largos, como los que usaba a esa tierna edad. Sus atuendos, en la mayoría huipiles bordados, los combina con un gusto peculiar, a veces los colores desentonan, pero es su gusto y su personalidad. Su maquillaje es casi siempre un poquito excesivo; muchas sombras, delineador y rubor. Pero ella así se gusta cuando se mira en el espejo.
“Yo soy quien soy y no me parezco a naiden”, piensa muerta de la risa. No le importan las críticas: “Parece muñeca de cartón como las que vendían en las ferias”. “Es la mujer más cursi que he conocido en mi vida. Dicen que el mal gusto trae mala suerte, por su culpa vamos a perder en el Mundial”. “Es vulgar, ordinaria y corriente”, opinan de muy mala fe los de derecha, los conservadores, los que están en contra de su movimiento.
Los más enojados son los ciudadanos que alcanzan, con dificultades, a tomar el Metro atiborrado, todas las mañanas, para ir a trabajar o los que se quejan de los cientos de baches: “¿Por qué carajo no utilizó el dinero para arreglar el drenaje, los baches y el Metro, en lugar de tirarlo en pintar las calles de lila y luego de amarillo o en llenar los muros de pinturas de ajolotes? El aeropuerto está hecho un caos, ¿qué vamos a hacer con tantos turistas? Y luego las manifestaciones de los maestros, las lluvias y la absoluta falta de movilidad. ¡¡¡Es exasperante!!!”, opinan furiosos.
¡Qué injustos! La marquesa del Ajolote ha trabajado hasta el agotamiento para el Mundial de futbol. Ella lo que quiere es que la imagen de la Ciudad de México esté a la altura de las grandes urbes. Lo que no entiende mucha gente es que Clarita sigue siendo la misma que cuando tenía 15 años, igual de alegre, simpática, graciosa, siempre queriendo dar gusto a los demás, sobre todo a sus gobernados. Clarita es así, medio infantil, traviesa y muy entregada a lo que hace, pero sobre todo es.
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