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Coahuila

La normalización del desprecio: un caso de estudio en Saltillo bajo el permisivo mote de ‘reto viral’

Por Luis Carlos Plata

Hace 4 horas

Ocurrió en días donde todo mundo está pensando en otra cosa, quizá por eso pasó prácticamente desapercibido y “El Coahuilense” ha sido el único medio de comunicación local en interesarse por el tema, difundirlo como noticia y darle seguimiento.

La víspera del 15 de septiembre alumnos de la secundaria general número 2, “Benemérito de las Américas”, adolescentes de 12 a 15 años de edad, han llevado a un estadio más bajo de la civilización el deseo de infligir daño a la comunidad en Saltillo.

Cobijados en el permisivo mote de “reto viral” (por no decir abiertamente cometer un delito sin consecuencias legales), se propusieron hacer lo posible para suspender las clases y cerrar su escuela (y ocasionar con ello un ‘puente’ deliberado que no constaba en el calendario oficial, mismo que acaba de arrancar hace apenas dos semanas, hasta el festivo aniversario de la Independencia).

A fin de conseguir su cometido, pretendían esparcir denuncias y reportes falsos (historias de acoso, abuso y maltrato principalmente) en contra de la directora de la institución educativa, Adriana Patricia Morín Herrera, y profesores del plantel, amén de organizar una manifestación anónima con lonas y pancartas (no testimonios personales, sino muros de la ignominia; tendederos, como le llaman a la práctica) que colgarían del puente peatonal afuera del inmueble (por donde transitan miles de vehículos diariamente), con el objetivo de “quemar” y “tumbar” a maestros y trabajadores (22 afectados por difamación, según la directiva), afectar la imagen de la escuela, y eventualmente cerrarla.

El ‘desafío’ se extendió a manera de convocatoria en el hábitat nativo de los estudiantes: las redes sociales (Facebook e Instagram) como ventana al mundo y vehículo de interacción, y fue frenado por la Policía Cibernética previo a su consecución.

En entendible que desde las oficinas de Gobierno se conmine a dar vuelta a la página y ocultar la información de lo sucedido; entre otras cosas, para prevenir un efecto imitación entre la población que reciba el mensaje; es decir, la repetición del fenómeno.

Se trata de inhibir o por lo menos contener su multiplicación. Máxime, entre grupos de jóvenes sin el lóbulo frontal desarrollado todavía (y por consecuencia, sin personalidad).

Sin embargo esto va más allá de las habituales peleas entre escolapios afuera de la institución educativa o las conductas autodestructivas propias de su inmadurez. Ambas, por chocantes que parezcan, tienen una explicación racional.

Incluso supera en gravedad a la movilización de los servicios de emergencia vía llamadas de broma, otro favorito de manual en esa etapa formativa.

Una cosa es imponer apodos a sus profesores, tradición histórica, y otra muy distinta levantarles falsos para denostarles y denigrarles. No es una gamberrada que deba pasarse por alto. Es algo más profundo y significativo: es el desprecio.

El sociólogo francés François Dubet ha publicado “El desprecio; emoción colectiva, pasión política” (Siglo XXI Editores, 2026) donde ensaya una idea central: “el desprecio, como energía emocional, está en todas partes”.

Para el caso que nos ocupa, tiene una hipótesis: “se están derrumbando los sistemas simbólicos que otorgaban una dignidad, independientemente de los ingresos. Esto sucede con los docentes y otros profesionales que tienen la sensación de estar perdiendo su aura y su autoridad, que se dicen despreciados”.

El autor sostiene que la vocación de los maestros se convirtió en un oficio como cualquier otro. “Eran “sabios” y pasaron a ser “trabajadores sociales”, afirma. “Va más allá del orden y el desorden de las clases sociales; deriva de una caída simbólica, de una pérdida de prestigio y autoridad. El sentimiento de desprecio que invade al mundo docente no se reduce a un problema de salario. La escuela perdió su grandeza, su autoridad y su carácter sagrado”, escribe.

“La escuela fue construida sobre la base de un dispositivo simbólico que le daba fundamento. La autoridad de los maestros se basaba en esa “institución invisible”, en la capacidad de actuar sobre alguien más, sin que ese alguien se opusiere”, explica. Por ello, “el agotamiento del sistema simbólico subyacente al trabajo docente explica el sentimiento de desprecio que invade al mundo escolar”.

Eso mismo está pasando en Saltillo, a propósito del mencionado incidente en “La 2” ocurrido días atrás.

 Cortita y al pie

Ahora bien, ¿existe más sicopatía y narcicismo entre los jóvenes en la actualidad, o es el mismo comportamiento de antaño sólo que las redes sociales favorecen hoy su exhibición e inducen a potenciarlo?

¿El “reto viral” ha sido importado de otras latitudes, o, peor aún para nuestra causa, es cultural?

¿La gente se volvió menos tolerante a la frustración, o sencillamente tiene un celular con cámara en la mano como un moderno panóptico para documentar todo lo que sucede a su alrededor y gracias a eso se magnifican las cosas como antes no pasaba?

No es un asunto de recreación o esparcimiento. Ni siquiera se le puede considerar un problema público. Las motivaciones ya son otras. El individualismo y la nula empatía dominan el espacio. La frivolidad y la superficialidad. El espectáculo de la viralidad. La violencia digitalizada en busca de likes y protagonismo.

 La última y nos vamos

Es el comportamiento social y estamos a nuestra suerte. Se van normalizando fenómenos como parte de la cotidianidad, sin respuesta oficial ni expectativas de la sociedad.

Habitamos “el dominio de las no-cosas”, donde todo se desmaterializa, como define el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

Por lo demás, pensar que la seguridad la provee la presencia de uniformados como elemento disuasorio de actitudes antisociales, es vivir en una época que ya no existe, donde la moralidad y la legalidad significaba algo para la comunidad.

Estamos jodidos.

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