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Coahuila

La otra riqueza

Por Enrique Martínez y Morales

Hace 1 mes

¿Qué hace que una persona se sienta realmente satisfecha con su vida? La respuesta no es tan simple como parece. No depende sólo del ingreso, ni del tamaño de la casa, ni siquiera del éxito profesional. Aunque cada quien entiende la felicidad de una forma distinta, en general tiene que ver con algo mucho más profundo: la posibilidad de vivir con tranquilidad, de trabajar en lo que nos gusta, de formar una familia, de caminar por las calles sin miedo y de mirar el futuro con optimismo.

Hace unos días, el Inegi presentó la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado, y el resultado es congruente con otros indicadores: Coahuila obtuvo la calificación más alta del país en satisfacción con la vida.

No significa que todo esté resuelto ni que no existan retos, pero sí habla de una percepción positiva, de un entorno que, con todas sus imperfecciones, permite a muchas personas tener confianza en el presente y en el futuro. Llama la atención que varios de los estados mejor evaluados se concentran precisamente en el norte del país. ¿Por qué? No hay una sola respuesta, pero sí algunos elementos que se repiten: dinamismo económico, empleo formal y cultura del esfuerzo.

Estamos habituados a medir el desarrollo únicamente con cifras de crecimiento, pero la experiencia demuestra que una sociedad no se siente mejor sólo porque su economía crece, sino porque puede vivir con certeza y tranquilidad. Cuando las reglas se respetan y prevalece el estado de derecho, las personas se atreven a invertir, emprender, formar un patrimonio y hacer planes de largo plazo.

La seguridad no es un lujo, es una condición indispensable. Tenerla cambia por completo la forma en que vivimos. Muchas veces sólo la valoramos cuando la perdemos. A ello se suma una economía capaz de generar oportunidades. El empleo formal, la industria y la inversión no son únicamente indicadores económicos, representan la posibilidad real de que una familia pueda mirar hacia adelante con esperanza.

También influye el tejido social: las familias, las comunidades, las universidades, las empresas y las organizaciones civiles. El bienestar nunca es producto de un solo actor, es una construcción colectiva. Sería un error, sin embargo, caer en triunfalismos. Este resultado no debe entenderse como un punto de llegada, sino como un compromiso que debemos fortalecer todos los días. Todavía hay muchos retos por delante. La verdadera tarea consiste en lograr que ese bienestar alcance a más personas, fortalecer la inclusión y ampliar las oportunidades para quienes aún esperan formar parte de esa realidad.

Las sociedades más prósperas no siempre son las más felices, pero las sociedades más felices siempre son aquellas que tienen sus necesidades básicas resueltas, gozan de un sentido de pertenencia en la comunidad, sueñan y luchan por esos sueños, trabajan más por un ideal que por un sueldo, cuentan con lazos familiares sólidos y tienen un futuro por el cual luchar. Aquí, en nuestra tierra, la mayor riqueza no está en los balances financieros ni en las cuentas bancarias, está en la libertad, la seguridad y el carácter de su gente.

 

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