En la escena musical del siglo 20 a la actualidad muchos son los clichés o mitos. Se considera por gran parte de los amantes de la música, que el caos, el ruido, la cacofonía reinan durante todo este tiempo e incluso en la actualidad. Pero dentro de estos siglos tan abrumadores existen siempre, como en todo tiempo, personajes que se salen del molde y que si bien no niegan su lugar en el siglo que los ve nacer, buscan ir más allá. No por esto unos son más que otros. Como dice Rubinstein, a propósito de una pregunta que le hicieron sobre quién era mejor pianista, parafraseo: En arte no hay mejores ni peores.
Es decir, cada quien tiene un lenguaje que hace propio, que usa como medio de expresión íntimo, único y en muchos casos irrepetible. Tal es el caso en intérpretes y en creadores.
¿Cómo comparar un compositor con otro con fines de obtener a un ganador? Hay tantos compositores consagrados e inmensos que difícil se hace la tarea de elegir al favorito. Por eso cuando llegan a preguntarme qué compositor es mi preferido, la pregunta se vuelve una cosa difícil de responder. Claro hay compositores que son recurrentes en nuestros momentos de escuchar música.
Desde hace ya años que un amigo me presentó la música de Valentín Silvestrov quedé prendado de su expresividad. Este compositor ucraniano nacido en 1937 posee una capacidad única de usar la tonalidad y la música modal, cosa no nueva sino que existe desde tiempos del canto gregoriano, por citar un punto de referencia, y de al mismo tiempo que usa estos recursos, no expresar algo ya dicho sino nuevo.
Su música es nostálgica, sumamente expresiva. Cala hondo. Las texturas armónicas son perfectas. ‘Yo no escribo nueva música. Mi música es una respuesta y un eco de lo que ya existe’, dice en alguna ocasión compositor.
Ya desde algunos títulos como Nostalghia nos permiten apreciar la hondura de su concepción musical. Usando recursos postrománticos mezclados con las reglas de la música dodecafónica heredada por Schönberg Valentín Silvéstrov nos hace vivir una música nueva, que sabe a algo que ya vivimos. Un Dèjá Vu, quizá.
Su sonata para piano número uno es una parábola sin palabras. Como sucedió con varios músicos de su época y lugar, SIlvestrov usó la música como propuesta al sistema que oprimía su nación. Esto le valió ser olvidado por mucho tiempo, pero no el suficiente para que el tiempo no recompensara sus sacrificios con el reconocimiento. Es un mensajero de la música.
The Messenger, obra para piano nos los ratifica. Con un lenguaje clásico y liberado de la rigidez, la obra vibra en cada momento. Es nostalgia a cada momento. Heredero brillante de formas románticas, Valentín Silvestrov nos cimbra con su sinfonía número cinco. Es un fiel y digno heredero de la música de Mahler, que lleva el mundo de los sonidos y el arte a nuevos horizontes. Sin duda un compositor vivo que merece ser escuchado por más gente.
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