La felicidad no se esconde detrás de una sonrisa. Podemos sonreír por muchas razones y, sin embargo, no ser felices. Muchas sonrisas esconden tristezas, frustraciones, nostalgias, enojos. Veamos las redes sociales. En ellas tenemos el reflejo de un mundo siempre alegre, feliz y sonriente. Pero, es suficiente con sentarse a hablar con las personas de manera consciente y presente para saber que lo que vemos en redes es solamente una “pantalla de felicidad”.
La felicidad no es una criatura mitológica de la que todos sabemos, pero nunca nadie la ve. La felicidad existe y la receta para alcanzarla es tan sencilla y conocida que, muchas veces, tan ocupados en otras cosas, se nos olvida y no alcanzamos a verla.
Los japoneses nos hablan del ikigai, un concepto que se refiere a la sensación de vivir una vida rica de significado que valga la pena ser vivida. El ikigai nos invita a buscar y encontrar el sentido de la vida, de nuestra vida, para ser felices.
¿Y cómo le encontramos el sentido a nuestras vidas? La respuesta está dentro de nosotros mismos, dentro de nuestro corazón. Solo que muchas veces no sabemos escucharlo. Hay demasiado ruido allá afuera, existen demasiadas distracciones y responsabilidades que no nos permiten escuchar lo más profundo de nuestro corazón.
El corazón nos habla permanentemente a través de las emociones.
Pero nos enseñaron (más a los hombres, a decir verdad, y esto es una gran prueba que la discriminación y la violencia por razón de género no tiene como víctimas solamente a las mujeres), mediante creencias limitantes culturalmente construidas, que no debemos escuchar nuestras emociones, porque nos hacen débiles o nos distraen de nuestros objetivos y responsabilidades.
Es mentira. Si solo escucháramos más a nuestro corazón, nuestra intuición y nuestras emociones llegaríamos mucho más rápidamente a conseguir nuestros objetivos. Al final la verdadera receta de la felicidad es ser y hacer lo que nos emociona y apasiona. ¿Cuántas personas están enjauladas en trabajos que no aman o no les apasionan? ¿Cuántas personas viven relaciones solamente por un sentido de responsabilidad pero que no les dan plenitud?
Saber lo que queremos de nuestras vidas no es una tarea sencilla. Algunas personas tienen las ideas claras, otras no. No se asusten, es un obstáculo que se puede superar sin problemas. Concéntrense, por ejemplo, en lo que les hacía felices durante la infancia o adolescencia. Y estoy segura de que con solo pensar en eso ya apareció en sus rostros una verdadera sonrisa de felicidad.
Cuando somos niñas o niños no nos ponemos muchos problemas. Jugamos, dibujamos, escuchamos música y nos ponemos a bailar si el ritmo nos atrapa, nos metemos al mar para nadar, nos trepamos a un albor, abrazamos a las personas que queremos, damos besos, sin pensar que a lo mejor no es oportuno hacerlo hoy y que lo podemos hacer mañana.
Lo hacemos porque nos gusta hacerlo y si se puede hacer mañana y pasado también lo volveríamos a hacer. Durante la etapa adulta de nuestras vidas, las responsabilidades nos rebasan. Se nos olvida lo que nos gusta hacer, no le damos mucha importancia y pensamos que tenemos un tiempo infinito para hacer lo que nos gusta. Y es así como empezamos a vivir una vida que no es verdaderamente nuestra, cambiamos para tratar de encajar en una construcción social o en las expectativas de los demás.
Quizás como tarea de la semana, querida lectora, querido lector, concéntrese en lo que de verdad le hace feliz. Empiece por las cosas pequeñas. A mí, por ejemplo, me encanta despertar con el ronroneo de mis gatitos, o con el olor a café por la casa, leyendo mensajes de mi familia, amigas y amigos que aún lejos físicamente siempre están dentro de mi corazón, con un mensaje de esa persona especial que todas y todos queremos en nuestras vidas.
Porque también es cierto que la felicidad la tenemos que encontrar prioritariamente dentro de nosotros mismos, pero también lo es que la felicidad está determinada por la capacidad que tenemos de unirnos o desunirnos a las demás personas. A mí también me da mucha felicidad ver que mi trabajo como académica, investigadora y profesora, ayuda a cambiar la vida de las personas. Me da felicidad generar oportunidades de crecimiento personal y profesional para las nuevas generaciones y de alivio para personas que por distintas razones sufren o están sufriendo.
Muchas otras cosas me hacen feliz pero quizás no sea este el espacio para compartirlas. No dejemos para mañana nuestra felicidad. Seamos felices hoy: bailemos hoy, metámonos hoy en el mar, abracemos y besemos hoy a esa persona que queremos, digámosle que la amamos, busquemos hoy ese trabajo que nos apasiona. Solo tenemos la certeza de tener el presente. Y si tenemos la suerte de tener el mañana también, entonces tendremos un día más para ser felices.
La vida es demasiado breve para vivirla con miedo a lo que puede pasar o a lo que nos pueden decir: quizás lo único que nos puede pasar es sorprendernos que todo lo que siempre quisimos solo estaba a un paso de distancia, detrás de nuestro miedo.
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