Los grandes estrategas de la manipulación de las masas tienen una suerte de receta, ya probada con solvencia, que resulta muy efectiva, aun hoy, y que es utilizada en los hechos por algunos gobiernos.
Ahí le van algunos conceptos y tal vez más de uno le parezcan familiares y cercanos: primero, distraer para evitar que la gente fije su atención en los temas realmente importantes y se agote en cuestiones que finalmente solo son coyunturales y mediáticas.
Tenemos también la gradualidad, que se trata de imponer normas o criterios que son, en su esencia, inaceptables, pero poco a poco, para evitar las grandes y masivas manifestaciones de rechazo.
Tenemos esa joya que es diferir para que el sacrificio se asuma en un futuro y por otras personas, por los costos políticos y de pérdida de popularidad que implicaría enfrentar y solucionar ciertos problemas.
Tenemos también ese de idiotizar, que refiere a tratar a la gente como niños y hacerles creer que ser estúpido, vulgar y mediocre es algo bueno.
Y, finalmente, emocionalidad, que aterriza en una estrategia para fomentar que la gente sea más visceral que racional, y que responda con mucha mayor facilidad a las arengas, insultos y retórica simplista, y no a los planteamientos serios y bien argumentados.
Pues esa es la receta de los expertos en manipulación, y tal vez algunos de estos conceptos efectivamente le parezcan cercanos y actuales.
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