A mi padre nunca le gustó la idea de la “relación especial” de México con Estados Unidos. Solía decir que ese era un invento de los ingleses y de Churchill durante y después de la Segunda Guerra, y que México ni tenía ni debía buscar una relación análoga. No nos convenía, pero tampoco era realista: nunca nos tratarían como a Inglaterra, ni deseábamos nosotros padecer el sometimiento de Londres a Washington que surgió a partir de 1940.
La postura de mi padre era un poco contradictoria, incluso en los años 60 y 70 cuando la expuso con mayor claridad (siendo canciller era difícil manifestar opiniones académicas). O bien no nos convenía, por la sumisión y la humillación que implicaba (como en el caso del Reino Unido); o bien no era viable, porque los norteamericanos jamás nos brindarían un trato como el que le extendían a los británicos.
En cualquier caso, la realidad rápidamente se fue imponiendo, tanto a México, como desde antes a otros países. Los más evidentes son Canadá e Israel. Por diversas razones, Estados Unidos tiene una relación especial con ciertas naciones, y ciertas naciones tienen una relación especial con ellos. Por especial se debe entender: diferente a las demás, o si se prefiere, de ligas distintas.
En lo que a nosotros se refiere, el acuerdo de libre comercio (1994), el enésimo rescate de la economía mexicana (1995), el fin del sistema político de partido único (2000) y el aumento de la migración y el narcotráfico hicieron que en los hechos, México comenzara a disfrutar o a padecer (según la opinión de cada quien) de una relación especial con Washington. No formábamos parte de la Alianza Atlántica, obviamente, pero sí de una serie de mecanismos bilaterales ad hoc o semiinstitucionales en materia económica, de seguridad, fronteriza, diplomática y militar. Washington no sabía muy bien donde colocarnos (a veces nosotros tampoco), pero teníamos un lugar aparte.
Con Fox y Bush se estableció un precedente. Por primera vez, el primer viaje del Presidente de Estados Unidos al exterior fue a México, y la primera visita de Estado a Washington fue del mexicano. Con Obama, por un parte, y Calderón y Peña Nieto, por la otra, sucedió más o menos lo mismo. Iban y venían visitas bilaterales o trilaterales con Canadá; se celebraban consultas sobre el Consejo de Seguridad o derechos humanos; no éramos plenamente de Norteamérica (Canadá seguía ocupando un lugar primordial) pero tampoco nos ubicaban como latinoamericanos. Con Trump, bajo Peña Nieto, volvimos un poco a la situación de Fox: en parte por la renegociación del T-MEC, en parte por la obsesión migratoria de Trump, ningún país, salvo Israel, sostuvo una presencia equivalente en la Casa Blanca. Para bien o para mal, había una relación especial.
Hoy ya no se entiende dónde estamos. El primer viaje al exterior de Biden será a Londres, al G7 y a una bilateral, como siempre; no figuramos entre los primeros visitantes a Washington.
Más sobre esta sección Más en Coahuila