Mientras que en 1601 se funda en Ginebra la original fábrica de Suiza, como referente de la mejor relojería del mundo, 285 años después llega a Saltillo Augusto Niclaus, procedente de esas tierras europeas para instalar la ahora histórica relojería Suiza, que a 136 años de su fundación, prevalece y sigue en el gusto más refinado de los ciudadanos de la capital coahuilense.
Sin duda la Suiza vino a darle fuerte impulso al comercio y al servicio de relojería y joyas, y a la reparación del artefacto medidor del tiempo y de los sucesos.
Desde entonces, con mucho esfuerzo y trabajo ha seguido creciendo y evolucionando para las necesidades actuales de la sociedad saltillense.
Es la Suiza el tercer comercio activo más antiguo la ciudad, compite con otros, como la Botica Recio, que sigue funcionando en la calle Pérez Treviño, en el mismo local de hace más de 100 años frente al mercado Juárez. Una tercera generación la atiende. Y la zapatería La Valencia, que por muchos años operó exitosamente en Aldama y Allende, y que ahora tiene un local en la avenida Lasalle, al norte de la ciudad, donde sigue calzando a los saltillenses desde hace más de un siglo.
La Suiza nació en un emblemático e histórico lugar, donde 100 años atrás, funcionó la tienda del famoso comerciante gallego Juan Landín, Allende y Juárez.
La joyería incorporaría una amplia variedad de joyas, alhajas, muebles, fonógrafos y vitrolas y un gran surtido de joyería de diversas clases; relojes finos y corrientes para caballeros y señoras. En 1944 ofrecía servicio de óptica. Era la preferida de los saltillenses, pobres o ricos.
También se le agregó el servicio de la ciencia de reparar o componer relojes.
Ahí, desde muy joven, casi un niño, laboró mi tío Samuel Dávila, quien con el paso del tiempo se convirtió en experto reparador de relojes y alhajas. Con admiración y respeto lo veía bajar y subir la calle General Cepeda, ahí, en el inicio del barrio cuna de Saltillo El Ojo de Agua, la mañana, tarde y noche con su andar armonioso, elegantemente vestido de traje y corbata, con sus zapatos lustrados, más que un relojero, parecía todo un ejecutivo.
Creo que de ahí surgió el auge de los llamados relojeros, (reparadores de estos artefactos) en Saltillo. Recordemos algunos. Chencho, esposo de Leonor Ramos, Francisco Guillén, yerno de Pedro Hernández, ambos del Ojo de Agua, así como don Marcelo Estrada.
Relojería Vázquez, en Xicoténcatl había varias relojerías.
Hay uno por Acuña, casi esquina con la cantina Mi Oficina, otra en Pérez Treviño y Rayón. La relojería de Jesús Martínez en Xicoténcatl antes de llegar a Manuel Pérez Treviño.
No sé cuántos negocios de reparación de relojes haya en Saltillo, solo he visto dos en el primer cuadro. Uno en el Mercado Juárez y otro en la calle Purcell, al norte.
Hubo un gran auge, una gran necesidad de poseer relojes de pulsera para los saltillenses, tan así que en una época se instaló la famosa Relojería Arreola, que vendía este cronógrafo en abonos y la oferta incluía una plancha eléctrica y una cena de Navidad por el mismo precio del artefacto. ¡A cenar dijo Arreola! o ¡A planchar dijo Arreola!, rezaba el anuncio publicitario por la radio saltillense
Y así creció la chamba para los señores relojeros que hubo muchos y muy buenos en Saltillo.
Después de 20 años de trabajo, Augusto Niclaus decidió vender la Suiza al italiano Buenaventura de Nigris, cuyos descendientes siguen con ahínco atendiendo el legendario negocio.
Más sobre esta sección Más en Coahuila