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Coahuila

La terrible oposición de Coahuila

Por Luis Carlos Plata

Hace 6 años

Estamos a 98 días de unas elecciones a diputados locales convocadas por el IEC que, salvo a los mismos de siempre, a nadie más interesan en la entidad ni allende las fronteras. Ni en lo público ni en lo privado.

Una desafección recorre Coahuila; es el fantasma del abstencionismo. Sucede en otros ámbitos de la vida en sociedad pero se refleja con mayor claridad en la política. Muy pocos saben que a partir del 1 de enero inició el proceso para renovar las 25 curules del Congreso del Estado: 16 por mayoría y nueve por representación proporcional. Otros pocos que hay jornada electoral el próximo 7 de junio. En medio de ambos campea el desinterés y la apatía. Y ya llegamos a marzo. Al inicio de la precampaña.

Al día de hoy, el único partido que tiene candidatos ya definidos es el PRI. No solo eso, también ha celebrado asambleas seccionales, comisionó a delegados regionales y elaboró su plataforma. Es decir, lleva ventaja. Y no hablo aquí de factores externos que históricamente le favorecen. Solo de organización propia.

Aquí llegamos, por tanto, al quid de la cuestión: ¿puede un partido político, en el papel opositor, sin presencia ni trabajo previo en el estado, hacer en 98 días lo que no hizo en meses y años previos?

Es verdaderamente difícil, por no decir imposible. Particularmente cuando estamos acostumbrados a campañas que no rompen esquemas. Que no retan al status quo. A candidatos cortados por la misma tijera. Distinto emblema, sí, pero actitudes equiparables. Ni qué decir de sus propuestas. No motivan. Mucho menos apasionan. Y el voto, ahora y siempre, es eminentemente afectivo y emocional, no racional ni analítico.

Salvo Morena, quien no necesita una estructura electoral para ganar como ha demostrado en el pasado, pues más que un partido es un movimiento en torno a una figura, el resto de organizaciones políticas dependen de bases que hoy no tienen y requieren tiempo, esfuerzo y dinero público que no están dispuestos a invertir. Mucho menos de sus gastos ordinarios. Para dimensionar: si están batallando para conseguir candidatos al cuarto para las 12 de vencer el término para registrarlos, cómo lograrán reunir entonces representantes de casilla en las 3 mil 863 que se instalarán en todo el territorio estatal. ¿Quién defenderá el voto a pie de urna. Su eventual voto. A qué juega la oposición. Para quién trabaja. Y lo más importante: a quién representa?, en realidad.

No se debe tomar literal su actuación, por supuesto. “Oponerse” a todo no es la mejor manera de hacer política. Naturalmente hay consensos y puntos de acuerdo. Deben encontrarlos. Para eso están, o para eso deberían estar: para poner por encima de sus pretensiones el bien común.

En Coahuila, solo hay, en cambio, pequeños grupos aislados: naranjas, verdes, amarillos o azules, a la espera del reparto de botín. No sobre la mesa, en lid de negociación, sino esperando debajo de esta lo que cae. Que salpiquen los rojos.

Contubernio en las cúpulas y candidez en las bases. Y las mismas consignas de cada proceso electoral: “Los Moreira, cárcel, deuda, justicia, empresas fantasma, castigo”. Blah. Blah. Blah. Legítimas y vigentes, sí, pero tan sobadas y reutilizadas –sin resultados tangibles– que aburren. Las han usado en 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2017 y 2018, cuando hubo elecciones. Sin embargo quienes las profieren desaparecen mágicamente del mapa político al día siguiente. Una minoría beneficiada ya con cargo público se vuelve a congelar hasta la siguiente jornada electoral. Es cíclico.

Así por ejemplo, con los votos que obtenga el PAN a nivel estatal el 7 de junio (se prevé una disminución importante a diferencia de 2017, por citar la elección estatal más próxima), su dirigencia tiene la posibilidad de meter a Guillermo Anaya por la puerta de atrás en el Congreso, a sabiendas que hoy –luego de tres derrotas electorales consecutivas– no ganaría ya ni un distrito de Torreón, su otrora bastión. A qué va como plurinominal, es la pregunta. Para qué. ¿No hay alguien más en sus filas?

El caso es que nada sobresalta ni mucho menos irrita el proceso. Ni siquiera la intervención del nuevo partido político local: Juntos Podemos Construir un Futuro Mejor (Unidos), propiedad del hijo de Humberto y sobrino de Rubén Moreira, o la participación de Álvaro como candidato del PRI por el Distrito 16 de Saltillo. Factores que, en otro momento, por lo menos levantarían una ceja. Tampoco la reciente detención y posterior reclusión de Édgar Puente (fundador y exdirigente del extinto Partido Joven que a nada estuvo de conservar el registro en 2017) acusado de despojo. El árbitro tampoco contribuye con sus carreras de botargas o concursos de canto para “promocionar el voto”.

Cortita y al pie

Por lo demás, ¿algún político de presunta oposición se ha puesto a pensar qué quiere en este momento la gente?

Se ha cuestionado si las decisiones que toma el pueblo son realmente por falta de información (ignorancia), por un estado de necesidad (pobreza), o por el nulo interés hacia los asuntos públicos (marginación) como se presupone, o hay algo más de fondo que no ha sabido desentrañar a lo largo de 90 años.

Al ciudadano coahuilense por regla general se le toma por tonto. Y en grupo por rebaño. Sin embargo no lo es. No lo son. Se llevarían una sorpresa si se acercaran y los escucharan.

La última y nos vamos

A nadie pareciera importar Coahuila. Ni a los mismos coahuilenses, inclusive. Así está difícil crear lazos de vecindad y comunidad. Y si no los creamos nosotros, ¿quién?

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