Bajé las escaleras sin pensármelo demasiado. Me calcé los zapatos, me puse el abrigo encima y una bufanda que parecía olvidada desde hace tiempo. La música de Laufey cantando Slow Down con su voz melodiosa, dulce y grave dejaba un eco como en pausa en mi apartamento. En ocasiones prefiero dejar la música puesta al salir como una manera de mantener el ambiente al regresar, pero esta vez, antes de abrir la puerta, decidí no dejar la música puesta. Abrí la puerta y con una mano en el apagador miré como despidiéndome de todo por última vez.
El frío por la calle calaba hondo. Mis mejillas y mis ojos resintieron el frío como un golpe que me despertaba de un sueño para inmediatamente sumergirme en otro, más helado, más callado. La gente caminaba por la avenida sumergida en sus propios pensamientos, igual que yo. La luz de la tarde estaba por desvanecerse entre las paredes de los altos edificios que dejaban entrever un vuelo azul profundo.
Contando mis pasos hasta perder la cuenta y volver a comenzar, caminé siete cuadras hasta la tienda de discos y libros de viejo donde solía buscar títulos perdidos, anhelando encontrarme con alguna rareza para atesorar.
Al abrir la puerta las campanillas de viento anunciaron mi llegada y el dueño levantó su mirada del libro que tenía sobre las manos. “Hola, te estaba esperando”, me dijo con la mirada sabia que lo caracterizaba. Me condujo al fondo de la tienda donde solía guardar sus pesquisas recientes. “Esto te va a interesar mucho”, soltó mientras buscaba en un baúl que me resultaba nuevo en el lugar.
“No hace mucho vino un muchacho a traerme este baúl lleno de vinilos y algunos recortes de viejas críticas musicales del periódico local”, “nada nuevo”, le dije, “algún muchacho que vino a deshacerse de los recuerdos de algún familiar difunto”. “No me lo parecía”, me respondió. “Acércate”, dijo quedamente, “mira las fundas”.
Todas las fundas carecían de portada, como si de pronto nada tuvieran que decir. “Supongo que tendremos que ver los acetatos para saber de qué música se trata”, le dije. “Eso es lo interesante”, me respondió mientras sacaba lentamente un vinilo de su caja sin quitarme los ojos de encima con creciente curiosidad mística.
Los acetatos tampoco tenían título y lo que fue más interesante de todo, es que los acetatos emitían un leve resplandor lánguidamente palpitante. “¿Los has escuchado?”, le pregunté al tendero; “sí, un par de ellos”, me respondió. “¿Quieres saber lo más intrigante de todo?”, me preguntó como dirigiéndose a sí mismo.
“Lo más intrigante –me dijo– es que no se escucha nada. Nada. Nada, apenas una respiración a lo lejos que sin saber por qué, me despertaba diversas emociones y sentimientos, como si una música silenciosa me hubiese calado hondo y nada recordara de ella”.
Tomé uno y le dije: probemos.
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