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La trampa de la omnipotencia: geopolítica del hambre y el costo de la vida

Por JC Mena Suárez

Hace 3 dias

En cierta ocasión, conversando con uno de los capitanes de industria más acaudalados del país, le planteé una pregunta que hoy, ante el estruendo de los cañones en Europa y Asia, cobra una relevancia casi profética: “¿Qué es lo que realmente busca usted con más poder?”.

El silencio que siguió no fue de modestia, sino de un vacío intelectual revelador; no supo responder. Hoy, ese vacío se proyecta en la economía global. Resulta surrealista observar las postales de turistas paseando en las playas del Caribe mientras, en tiempo real, las pantallas muestran la agonía de pueblos enteros bajo el fuego de la guerra. Esta disonancia cognitiva no es sólo moral, es profundamente económica.

En este marzo de 2026, la escasez de medicamentos y alimentos ha dejado de ser un titular lejano para convertirse en una realidad que golpea el bolsillo del trabajador en Saltillo, recordándonos que el poder, sin una base de suministro segura, es una ilusión óptica.

La tesis central que propongo es que México atraviesa una crisis de dependencia de insumos críticos que la retórica oficial ha ignorado. Aunque el país presume una industria farmacéutica robusta, la realidad técnica es alarmante: dependemos casi en su totalidad de las “sales” y principios activos importados de mercados hoy en conflicto o bloqueados por aranceles punitivos.

 

Impacto social y el impuesto a la vida

Hablaba recientemente con un cardiólogo local sobre el costo de la supervivencia. Un medicamento estándar para la hipertensión ha escalado hasta los mil 600 pesos por caja.

Para un obrero de la Región Sureste de Coahuila, esto no es un ajuste inflacionario, es una sentencia de descapitalización. Si a esto sumamos la inminente escasez de petróleo que encarece la logística de distribución, nos enfrentamos a una “tormenta perfecta” donde la salud se vuelve un lujo aristocrático en una nación con enfermedades crónicas galopantes.

El dinamismo económico de Coahuila, particulamente de Saltillo, y Ramos Arizpe, ha sido históricamente un motivo de orgullo basado en la integración de la cadena de suministro. Sin embargo, el modelo actual de “integración” está revelando sus grietas más profundas ante el proteccionismo bélico de 2026.

La industria manufacturera estatal, que aporta una tajada significativa al PIB nacional, depende de una estabilidad energética y de insumos que la guerra ha pulverizado. No podemos hablar de nearshoring exitoso cuando el costo de mantener sana a la fuerza laboral se dispara por la escasez de sales básicas que provienen del otro lado del mundo.

La comparación histórica con la crisis petrolera de los años 70 es inevitable, aunque hoy el factor agravante es la tecnología médica. En aquel entonces, la preocupación era el combustible para las máquinas; hoy, es el “combustible” para los seres humanos.

La escasez de petróleo no sólo afecta la movilidad, sino que impacta directamente en la producción de los polímeros y derivados esenciales para el empaque y la síntesis de fármacos. Cuando el precio del barril se utiliza como arma geopolítica, el paciente con diabetes en la colonia República de Saltillo paga el costo de una guerra que no comprende, pero que consume su salario íntegro en una sola visita a la farmacia.

Desde una perspectiva macroeconómica, México enfrenta una “brecha de productividad” (la diferencia entre lo que el trabajador produce y el costo de su bienestar) que se ensancha peligrosamente.

Si un operario gasta 20% de su ingreso mensual en una sola caja de pastillas para la presión, el consumo interno se desploma, afectando la demanda agregada y frenando el crecimiento regional.

Coahuila, como bastión industrial, es el primer estado en sentir ese enfriamiento. La inversión extranjera busca estabilidad, pero la estabilidad no es sólo fiscal, es la capacidad de un sistema para proveer alimentos y medicinas a costos razonables.

El fenómeno de los aranceles, utilizados ahora como represalias en tiempo de guerra, ha encarecido la importación de reactivos químicos básicos. Esto genera una inflación estructural que el Banco de México (Banxico) difícilmente puede contener sólo con tasas de interés. Es una inflación de oferta, no de demanda.

Estamos ante un escenario donde la escasez de petróleo proyectada para el próximo trimestre podría elevar el costo político de la última milla en 15%, lo que terminará por asfixiar a las farmacias locales y a las familias con enfermos crónicos.

Resulta imperativo analizar la escasez de alimentos que ya vemos en las transmisiones televisivas de las zonas en conflicto. Aunque México es productor, la dependencia de fertilizantes importados -cuyos precios están ligados al gas natural y al petróleo- amenaza con replicar esos estantes vacíos en nuestros propios supermercados.

La seguridad nacional en 2026 no se mide en tanques, sino en la capacidad de sintetizar una molécula de amlodipino o de producir una tonelada de grano sin depender de suministros que cruzan océanos en guerra.

Comparado con el caso internacional de la India, que ha logrado una verticalización de su producción química, México se ha quedado como un ensamblador de fórmulas ajenas.

En Saltillo, el impacto regional es palpable: las farmacias reportan desabasto intermitente y los precios fluctúan semanalmente. La proyección para el cierre del trimestre sugiere que, de no establecerse corredores logísticos estratégicos o subsidios directos a la producción de insumos básicos, la salud pública se convertirá en el principal freno para la competitividad industrial de Coahuila.

El poder político y económico debe dejar de ser una acumulación ciega para transformarse en una estrategia de supervivencia colectiva ante una globalización que, lejos de unírsenos, nos ha dejado expuestos.

Considero que estamos ante el fin de la era de la complacencia. El poder, ese que mi interlocutor rico no supo definir, es inútil si no puede garantizar el acceso a un medicamento de mil 600 pesos para el ciudadano común.

La guerra nos ha desnudado, mostrando que nuestras vacaciones y lujos son frágiles frente a la interrupción de un barril de crudo o una sal química. Como bien escribió Calderón de la Barca, “la vida es un sueño”, pero el despertar de 2026 es amargo y costoso.

¿Para qué tanta ansiedad por acumular si la vida es nacer y morir bajo las mismas leyes de la finitud? La urgencia hoy es transitar de una economía de consumo volátil a una de resiliencia estratégica. Si no garantizamos la salud y el alimento hoy, mañana el sueño simplemente se acabará para todos.

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