El deceso del senador por Coahuila, Armando Guadiana Tijerina, generará consecuencias a corto plazo para la franquicia de Morena en la entidad.
La inmediata: orfandad. Y la próxima: canibalizarse.
El comportamiento humano es medible y predecible. Cualquier vacío de poder se llena. Todo lugar en el espacio es ocupado por materia.
Pero no es lo mismo liderar en tiempos de vacas flacas que hacerlo a río revuelto.
En 2017 nadie quería ser candidato del emblema guinda, inicialmente constituido como un partido político unipersonal (que nunca ha dejado de significar lo mismo, justo es decirlo) para postular a López Obrador sin obstáculos a la Presidencia de la República.
(Comentario al margen: cuando el juego democrático de pesos y contrapesos es entendido como un ‘obstáculo’ para la materialización del poder, ahí mismo se incuba el germen de la autocracia).
Mucho menos alguien quería en aquel momento ser algo que representase a Morena en el norte del país: una geografía poco compatible por idiosincrasia con las ideas acomodaticias que recicla el Movimiento (y que ya una vez en el poder han sido cambiadas por otras completamente opuestas).
Entonces Guadiana, aspirante a candidato independiente a Gobernador, adoptó a Morena -y no al revés- en 2016, luego de un activismo político que inició en 2012.
Ninguno le disputó la posición, a sabiendas que la hipotética ganancia sería mínima o nula. Y desde ahí se apalancó del partido en los siguientes años, usufructuando su registro y ejerciendo el derecho de pernada en cada nueva elección que se presentó en el horizonte: todas las relevantes para él; el resto a dividir según su criterio.
En 2022, cuando todo indicaba sería desplazado, y hasta parecía haberse roto la interlocución privada con Palacio Nacional (al publicar un desplegado de una plana en periódicos de circulación nacional, dirigido al Presidente de la República, para quejarse púbicamente de Mejía Berdeja), Guadiana fue ungido nuevamente por el Comité Directivo Nacional, sin importar que padeciese una enfermedad incapacitante que ya era del dominio público en Coahuila.
Su fallecimiento, acaecido en plena etapa de definición de candidaturas para 2024, deja sin elemento aglutinador al partido y recrudece la separación en dos bandos: los morenistas fundadores, fundamentalistas que apelan a su antigüedad y fidelidad a la marca en ese tiempo como méritos, y los neomorenistas, pragmáticos y oportunistas, tránsfugas del PRI o del PAN, con experiencias electorales previas, que aprovecharon las circunstancias y cambiaron de corriente ideológica, integrándose con su capital político como aportación a un colectivo disperso.
Acaso lo más importante: a falta de administraciones locales desde donde proyectarse, Morena necesita un mecenas. Otro. Cualquiera dispuesto a donar desinteresadamente (ajá) parte de sus ingresos (bien habidos o no, es lo de menos) para poner al “Movimiento” (¿cuál?) en posición de competir.
No obstante al mecenazgo político se le concibe como una situación donde sólo puede participar quien le “sobra” (¿cuánto es suficiente para que sobre?), circunstancia que reduce casi exclusivamente a los millonarios el círculo de probables interesados.
En este caso los nuevos ricos del sexenio federal en el estado son Los Flores de la Carbonífera. Nadie ha sido más favorecido que ellos con dinero de CFE. Aunque no se descarta que algún externo pueda también comprar la franquicia vacante.
Sin embargo las circunstancias apuntan a lo inevitable: a pesar del dinero eventualmente invertido, será muy difícil que se geste un nuevo liderazgo unificador. La tendencia es, más bien, atomizarse. Atrincherarse en grupos reducidos, ninguno más relevante que otro, dispersos por región, velando cada quien por sus intereses. Sin espacio para figuras emergentes. Y asomarse previo a cada proceso electoral estatal para la rebatinga y rivalizar.
Ni siquiera las directrices emitidas desde la capital del país (desde donde se toman las decisiones a distancia con emisarios generalmente de allá que desconocen el contexto local) podrían encauzar ni unificar lo desunido, como ha sucedido en el pasado. No está en su ADN.
Nada nuevo bajo el sol, por lo demás. No es un asunto de horizontalidad, ese modelo donde nadie sobresale por encima de los demás y por tanto las decisiones no provienen de una punta de la pirámide, como en el clásico sistema vertical, sino un tema de naturaleza.
La vida después de Guadiana pinta para eso.
Cortita y al pie
Con la reciente designación directa de Cecilia en la fórmula de Morena para el Senado por Coahuila, la familia Guadiana acumula cinco elecciones consecutivas: 2017, 2018, 2021, 2023 y 2024. No dejó pasar una sola en los últimos siete años.
Aunque no es un sindicato que se pueda heredar de padres a hijos (ponga usted aquí el ejemplo de su preferencia).
La última y nos vamos
Tiempo de semblanzas necrológicas, por un lado, y de urdir planes para apoderarse del partido en Coahuila.
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