Coahuila
Publicado el lunes, 28 de marzo del 2011 a las 15:00
Ramos Arizpe, Coah.- En cuclillas, alrededor de unas brasas y un comal, un hombre prepara su desayuno. Huele a gorditas de maíz.
–Don Pedro –le llamamos.
–¿Quién es? –pregunta mientras voltea para ubicar la voz, pues padece ceguera desde los 20 años.
–Somos del periódico, queremos platicar con usted.
–Ustedes dirán para qué soy bueno –dice, al tiempo que sale poco a poco de la improvisada cocina y se sienta bajo la sombra que forman las láminas y tarimas de su “casa”.
Al estar frente a frente, su semblante, sus manos y su tez morena delatan que es un hombre que ha trabajado arduamente en el campo, en la albañilería y en la tallandería, oficio que actualmente práctica para subsistir.
Pedro Méndez González, de 87 años, empieza a contar su historia, una muy singular, por cierto, pues, desde hace 29 años habita en una cueva que acondicionó hasta convertirla en lo que hoy es su hogar.
Lejos de considerarse un ermitaño, don Pedro confiesa que su estilo de vida se debió a una injusticia ya que, a base de engaños, fue despojado de una casa que habitaba junto con su madre, en la comunidad de Escalón, ubicada a unos ocho kilómetros de Ramos Arizpe.
Sin ayuda de ningún tipo, don Pedro es un ejemplo de vida y de autosuficiencia pues, a pesar de su ceguera, ha sido capaz de subsistir en condiciones que, para muchos, sería imposible pensar en llevar una vida normal.
Originario de Cañada Ancha, ejido de Ramos Arizpe, don Pedro nació en 1924. Sus padres, Julia González y Pedro Méndez, se dedicaban a la labor y vendían leña para obtener ingresos adicionales para sostener a la familia.
“Yo estudié hasta sexto de primaria y, después, me puse a trabajar de lo que me ofrecieran, que fue cuando empecé a trabajar como albañil, fui barretero, anduve en la carretera como a los 13 años. Me acuerdo que hasta ayudé a construir la escuela de Cañada Ancha”, narró.
“Después, como a los 15 años, me vine a trabajar con un señor que sembraba durazno en Escalón, que fue cuando me pasó el accidente”.
Don Pedro recuerda que lo ocurrido “en una noche de esas sin luna, era como el año 43, íbamos un amigo y yo caminando por el monte. Pasa él junto a una albarda, la estira, pero no me avisó y nomás sentí el golpe, no traía sombrero para cubrirme”.
Sin previo aviso, las ramas llenas de espinas golpearon los ojos de don Pedro, causándole una lesión que, a la postre, le ocasionaría ceguera total.
“Fui con el oculista a Saltillo, miraba yo las letras que tenía en su consultorio. El doctor me dio unas gotas muy fuertes, me eché en un ojo y en lugar de andar, gateé; me ardió mucho y ya no me las puse. Con un ojo no veo nada y con el otro nomás veo un poco la claridad. Después seguí yendo pero como que no le dio al clavo”, relata.
A partir de este suceso, don Pedro tuvo que confiar en sus cuatro sentidos restantes para realizar las labores diarias como la siembra y la talla de lechuguilla, puesto que aún tenía la obligación, junto con su hermano Ambrosio, de atender a su madre, quien falleció hace ya algunos años.
“Nosotros vivimos en una casita que teníamos aquí en Escalón, vivimos ahí hasta 1981, pero un día nos obligaron a salirnos, fue un atropello. Llegaron dos señores que nos pidieron 5 mil pesos para regularizar algo de los terrenos, pero la verdad fue que nos jugaron chueco y nos sacaron”.
A raíz de este hecho, los dos hermanos se quedaron sin un techo donde dormir. Fue su antiguo patrón quien les ofreció un terreno prestado para vivir en una loma, a unos 200 metros del poblado, que es donde actualmente residen.
Don Pedro y don Ambrosio viven en el mismo lugar y, con todo y que son hermanos, cada quien vive su vida, separados. Don Ambrosio, de 92 años y de oficio pastor, habita en unas tapias que acondicionó para instalar su cama y su estufa de leña.
Por otro lado, don Pedro decidió hacer su morada en un hueco en la tierra, de dos metros de frente, por tres de fondo, con techo de lámina y puerta de tarimas que, hasta la fecha, ha cumplido la función de un hogar, aunque la idea difiera de las concepciones acostumbradas. Ahora, los días de don Pedro trascurren casi a la intemperie. Lo primero que sienten sus manos, agrietadas ya por el arduo trabajo, es la tierra, las piedras que se meten debajo de sus uñas largas y astilladas, porque sus dedos son como la guía para conducirse por el laberinto que representa la oscuridad.
Con la práctica, y a base de uno que otro golpe y quemadura, don Pedro aprendió a cocinar su propia comida, ya sean gorditas de maíz, huevos con chile y salsa o algún otro guiso que le llevan.
Los alrededores de su terreno, grabados ya en su mente, los recorre con pasos firmes y seguros, aunque apoyando ocasionalmente su mano en alguna pared, por si las dudas, “a veces me caigo, pero me enderezo”.
Después del alimento más importante del día, don Pedro se levanta lentamente. Se dirige al exterior y comienza a recorrer la zona en busca de las plantas de lechuguilla, que pesar de su condición, recolecta en su canasta, para llevarlas a su estación de tallado.
“Pues a veces hago estropajos, pero últimamente casi no he tallado. Cuando hago los vendo a 10 pesos, hago unos cinco o siete, pero me voy de uno en uno”.
Con este dinero, y con los apoyos que en ocasiones traen el DIF municipal o sus sobrinos –ya que nunca se casó ni tuvo pareja o hijos–, es como don Pedro subsiste día con día, pasando calor y frío, incluso, sobreviviendo a los 15 grados bajo cero que se registraron a principios de enero.
“No, si ya me andaba, ya estaba, como quien dice más allá que para acá, estaba todo entumido, me puse unas cobijitas, pero como estaban descompuestas las láminas, todas desbaratadas, se metía el frío, estaba viendo si algún familiar venía para arreglarlas”.
–Don Pedro, si le digo que en Ramos hay una casa de reposo donde lo pueden atender y dar de comer muy bien, ¿se iría?.
–A mí me gusta sufrir aquí, y más vale aquí que en ninguna parte. Yo creo no me iría, para qué los engaño, yo estoy aquí y de aquí me llevan a donde sea cuando no pueda, ¿Entendieron? Yo estoy impuesto a estar aquí con mis animales, por eso no me salgo.
Gozando de buena salud en lo general y con mucha fuerza en su interior, don Pedro, de carácter amable, alegre y platicador, nos despide no sin antes decir que la gente debe ser buena con su prójimo, a pesar de lo que pase en la vida, pues nunca se sabe cuándo se necesitará de otro para ayudarse.
“Yo la hice con mucho sacrificio, junté la maderita, los pedacitos de lámina y alambre. Mi hermano me ayudó y algunos sobrinos, pero ya se anda cayendo, hay mucha piedras adentro y por eso ya no paso tanto tiempo ahí, ahora paso más tiempo aquí en la cocina”.
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