Querida amiga, querido amigo:
Cuando pensamos en la violencia, generalmente imaginamos gritos, insultos, amenazas, ofensas o comportamientos agresivos. Pueden ser palabras que lastiman y discriminan, acciones que humillan y hieren, o gestos que intimidan. Normalmente, asociamos la violencia con algo que se hace o se dice, algo que se manifiesta de manera explícita.
Sin embargo, la violencia también puede encontrarse en aquello que no se dice. En las respuestas que nunca damos, en las preguntas que dejamos sin contestar, en las explicaciones que negamos o, incluso, en una justicia que se hace esperar de manera indefinida.
Hay silencios que también lastiman y algunos de ellos pueden ser incluso profundamente violentos. Por supuesto, hay silencios que son necesarios: nos permiten reflexionar, recuperar nuestra tranquilidad, evitar una discusión quizás innecesaria y establecer límites saludables. También, hay silencios que expresan respeto, comprensión y apoyo.
Pero hay ciertos silencios que se utilizan para castigar, para demostrar indiferencia, para evadir responsabilidades o, en el peor de los casos, para hacer sentir que la otra persona ha dejado de existir. En esos casos, el silencio no es simplemente la ausencia de palabras: puede transmitir el mensaje de que la otra persona no merece nuestra atención, consideración ni explicación alguna.
Es una manera de desconocer su existencia, de invisibilizarla, de actuar como si sus sentimientos, necesidades o preguntas no tuvieran importancia.
Por supuesto que todas las personas tenemos derecho a establecer límites, a tomar distancia y a decidir con quién y cómo queremos relacionarnos. Pero creo que existe una diferencia fundamental entre establecer un límite y utilizar el silencio para lastimar: se puede tomar distancia con respeto, sin convertir la indiferencia en una forma de castigo.
Tenemos el derecho a alejarnos de situaciones o personas con las que ya no queremos relacionarnos y a guardar silencio cuando lo consideremos necesario. Sin embargo, ese derecho no debería confundirse con un supuesto derecho a utilizar silencio para humillar, castigar o desconocer la dignidad de alguien más.
Traslademos estas reflexiones al terreno de los derechos humanos y pensemos en todas las personas que han sufrido una injusticia o una violación grave de sus derechos humanos. En las víctimas y sus familiares que buscan conocer la verdad sobre lo sucedido, que esperan justicia y que, muchas veces encuentran puertas cerradas, explicaciones insuficientes, omisiones institucionales o simplemente silencio.
En estos casos, el silencio institucional no solamente puede prolongar el sufrimiento de las víctimas, sino también perpetuar la violencia y constituir una nueva vulneración de derechos cuando implica el incumplimiento de las obligaciones estatales de investigar, esclarecer los hechos y garantizar el acceso a la justicia y a la verdad.
Por supuesto, no podemos equiparar las consecuencias jurídicas de una violación grave de derechos humanos con los conflictos que experimentamos en nuestras relaciones personales: son situaciones profundamente distintas, con responsabilidades y consecuencias diferentes.
Pero creo que entre estos dos escenarios hay un elemento en común que puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿qué sucede cuando dejamos de reconocer que la otra persona merece ser escuchada, considerada y tratada con dignidad?
Y quizás sea en la respuesta a esta pregunta donde podamos encontrar una de las claves para entender la violencia del silencio. Porque la violencia no siempre necesita palabras ofensivas ni comportamientos abiertamente agresivos. También puede manifestarse a través de la indiferencia frente al sufrimiento de las otras personas, de la decisión deliberada de no escuchar o de la comodidad de no responder cuando hacerlo implicaría reconocer nuestra responsabilidad.
Quizás por eso deberíamos prestar más atención a nuestros silencios y preguntarnos qué estamos comunicando a través de ellos. Porque guardar silencio puede ser una manera legítima de protegernos, de establecer límites o de respetar los tiempos y espacios de otras personas. Pero también puede convertirse en una forma de ejercer poder, de negar respuestas o de hacer sentir a alguien que su existencia ha dejado de importar.
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