Ante la ola de violencia que se vive en nuestro país -en algunas ciudades más que en otras- recordé aquellos años donde se podía vivir con tranquilidad.
Las diferencias siempre han existido y existirán, pero todo podía solucionarse o al menos eso creo. Existía cierto grado de confianza entre las personas y esa confianza se sustentaba en un valor que no sé en que momento se fue perdiendo. Me refiero al RESPETO.
Mucha tristeza da conocer actos de violencia en todas sus manifestaciones; ya sea hacia la mujer dentro en el hogar; hacia los niños; en las calles a los ciudadanos; a las instituciones; hacia las fuerzas del orden a las que humillan, desarman, golpean y “atan de manos” porque tienen la consigna de no responder a la agresión.
¿Hasta cuándo habrá de tolerarse tanta agresividad?
Tal vez cuando se tomen las decisiones correctas para ir poniendo orden donde hoy, existe desorden.
Se dejó crecer de una manera absurda un problema -el de la violencia- que bien pudo tener solución en sus inicios. No se hizo por diversas razones; una, quizás la principal, los derechos de las personas.
Se olvidó de algo importante: que todos tenemos derechos, pero también deberes que cumplir. Aquí es donde se ha fallado por parte de las autoridades que han protegido al agresor y no a las víctimas. No se ha puesto en una balanza, la de la justicia, a las dos partes para darle a cada una lo que le corresponde.
No alcanzo a comprender qué es lo que sucede en el corazón de las personas, de los seres humanos. Ese órgano que es considerado símbolo de amor y de ternura pero que en algunos está anidando un sentimiento adverso: el de la maldad.
Nadie debería mirar hacia otro lado y pretender no darse cuenta de lo que sucede. Al ignorar una agresión se propicia, sin pretenderlo, que se incrementen peligrosamente los actos violentos.
Con la actitud de complacencia por parte de las autoridades que no han puesto orden cuando debieron hacerlo, han puesto en riesgo a los ciudadanos y permitido que las agresiones se incrementen de manera peligrosa.
Todos, en algún momento y circunstancia podríamos ser víctimas de la maldad de quienes ejercen violencia y de la traición de quienes la solapan.
Los ciudadanos estamos ante una situación de indefensión. No pocas ciudades de nuestro querido país están padeciendo la ola de inseguridad que prevalece en sus comunidades, donde bandas criminales se han ido posesionado del territorio.
Los ciudadanos no sólo han perdido la tranquilidad sino su derecho a decidir libremente y sin presiones; como sucedió recientemente en algunos estados.
Nadie debería sentirse obligado a votar por individuos que no merecen la confianza de los ciudadanos, por una sencilla razón: el voto es libre y secreto. Un derecho que nos hemos ganado todos. El derecho a decidir.
Resulta inaceptable que se esté permitiendo que la delincuencia actúe arbitrariamente en todo o en casi todo.
La masacre reciente en Reynosa, Tamaulipas, es una muestra del grado de penetración del narco en territorio mexicano y el grado de peligrosidad que representa para las ciudades de nuestro México.
El 19 fue en Reynosa; el 21 en Salvatierra, Guanajuato y el 23 en Fresnillo, Zacatecas; asesinatos ocurridos en este mes de junio 2021.
No se trata ya de enfrentamientos entre bandas criminales, que por supuesto no es bien visto, tampoco sólo de perseguir a quienes están delinquiendo con protección de las autoridades, o al menos así parece.
Aquí se trata ya de actuar, de modificar las estrategias y enfrentar a la delincuencia con todo. Los delincuentes, han puesto en riesgo desde hace mucho tiempo a los ciudadanos, ya nadie está exento de sufrir un atentado.
¿Qué mensaje envían cuando disparan en contra de personas inocentes? Sencillamente que no les importa la vida de los demás, sean adultos, jóvenes o niños. Al actuar de esa manera van sembrando el terror, ese sentimiento que invade lo mismo a hombres que a mujeres.
Jamás deberían de ocurrir los actos violentos que estamos padeciendo en nuestro país. La delincuencia ha crecido porque se ha permitido. El gobierno tiene el deber de velar por la seguridad de los ciudadanos, no de andar pactando con bandas de criminales para que lo ayuden a mantenerse en el poder.
Eso es traicionar a la patria, a la que, quien gobierna, debe lealtad. Es vergonzoso e inaceptable que se humille a nuestras fuerzas armadas en vez de permitirles poner orden y hacer lo correcto: Velar por el bien y la seguridad de la nación.
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