Llegó la temporada de los informes de los gobiernos municipales en los que puntualmente se presumen grandes obras que nos pintan que vivimos en el país de las maravillas, que nos dicen que ahora como nunca antes tenemos la fortuna de contar con maravillosos alcaldes que nunca se equivocan y que están a punto de conducirnos al paraíso. Y junto con esos informes se deja venir la andanada de halagos, ya sea comprados o de los incondicionales de siempre.
Son informes que dicen que la inseguridad es cosa del pasado aunque los robos sigan, que las fuerzas del orden son una maravilla aunque continúen las redadas, abusos y las policías tengan el primer lugar de quejas ante Derechos Humanos. También se dice que los baches, la basura permanente y la falta de alumbrado pasaron a la historia. Afirman que las finanzas están más sanas que nunca aunque en pocos años se sabrá del escandaloso endeudamiento y turbios desvíos. Todo esto avalado y cacareado por los halagadores de siempre.
Adular, halagar y lambisconear al poderoso, al de arriba, es una costumbre arraigada en la que se dice lo que el otro quiere escuchar sin importar que no sea verdad. Obviamente se barbea con la intención de conseguir algún beneficio.
Es sumamente común ver personas que cuando se suben a un simple ladrillo se marean, pierden piso y se vuelven insufribles. Lo vemos claramente con alcaldes y gobernadores a quienes se les dice todo tipo de halagos, adulándolos y haciéndolos creer que son casi perfectos y que lo que dicen y hacen es irrebatible y casi sagrado. Y cuando alguno de ellos mete la pata de inmediato aparecen los lambiscones justificándolo y haciéndole creer que él nunca se equivoca y quienes están mal son los demás que no entienden.
Resulta claro que el adulador debe expresar sus lisonjas públicamente para poder obtener algún beneficio a cambio, porque hacerlo discreta o anónimamente no funciona, aunque en privado vocifere todo lo contrario y sea un detractor. Para estos barberos el gobernante en turno es una especie de semidiós al que se le ofrendan todos los halagos habidos y por haber hasta que llega a perder piso, pero al terminar su mandato todo ese humo de incienso que lo rodeó se disipa para volver a ser un simple mortal aunque se resigne a serlo. Y todas aquellas lisonjas con las que fue adulado durante su mandato -junto con sus “magníficos” discursos y sus obras “trascendentales”- van a parar al basurero del olvido, así, una y otra vez, administración tras administración. Y cuando dejan el cargo solo son recordados por sus pillerías mientras que sus “virtudes” halagadas también se desvanecen.
Decir lo que el otro quiere escuchar es fácil ya que mentir no tiene ciencia, pero el problema es que para tapar una mentira se debe decir otra mentira, y así, como si se tratara de una historia interminable, hasta que ya no se puede distinguir entre la mentira y la verdad. Existe una línea muy delgada, casi imperceptible, entre halagar y engañar, y aunque halagar suele ser decir algo agradable y amable que endulce los oídos del otro, pocas veces es verdad.
Los halagos y las adulaciones son un riesgo que lleva a perder piso, a dejar de escuchar y caer en arbitrariedades debido principalmente a que la autocrítica es una práctica prácticamente inexistente entre la clase política, porque es más fácil ser barbero que plantear e intercambiar argumentos sólidos de frente, dando la cara. Mal por quien miente, pero peor quien recibe los halagos, lisonjas y falsedades a sabiendas que no son ciertas y que con el tiempo se confunden completamente con la realidad.
En esta temporada de informes de gobierno vale la pena preguntarse dónde quedaron los maravillosos informes de las administraciones pasadas, dónde están esas obras que presumieron como el parteaguas que cambiarían el destino de la población, dónde están esos alcaldes que se hicieron pasar como redentores y que ahora solo son recordados por sus pillerías. Por lo pronto habrá que fumarse los informes de esta temporada a sabiendas que lo único que dejarán es el despilfarro en incienso, ofrendas, alabanzas y las porras de los lambiscones de siempre.
Más sobre esta sección Más en Uncategorized